Algunos la detestan porque no contiene suficiente sangre, no esperéis otra Reservoir Dogs (1992) u otra Pulp Fiction, (1994). Otros la aborrecen por su deslucida estética (fijémonos por ejemplo en la riqueza cromática de Kill Bill Vol. 1 y 2 (2003 y 2004) o en el despliegue, incluso glamour, de Malditos Bastardos (Inglourious Basterds, 2009). De hecho, su filtro roza a veces el telefilm; me atrevería a decir que es perfecta para disfrutarla durante la sobremesa (obviamente olvidándonos de siesta, su guion no nos lo permite, recordad que es “a film by Quentin Tarantino”).

Pero yo sí tengo sólidos motivos para felicitar a Jackie Brown (1997). 20 años han pasado desde que la potentísima Pam Grier nos cautivara con su fuerza y presencia. Felicitamos a Tarantino por muchísimas cosas y entre ellas, por haber dibujado un personaje que es al mismo tiempo mujer autentica (con miedo a perder el trabajo, a empezar de nuevo, a envejecer, a que se le ensanche el trasero: no quiero parecer grosera, ella misma se lo confiesa a Max (Robert Forster) en un ataque de cómplice sinceridad) y superheroína: fuerte, decidida, valiente, bellísima, capaz de burlar tanto a policías como a traficantes de armas. Solo verla aparecer en la primera escena, con Across 110th Street (Bobby Womack) sonando, sabemos que nos encontramos ante un portento de mujer. Por cierto, si no se os eriza la piel con esa canción, siento comunicaros que estáis muertos.

Tarantino, en un claro esfuerzo por empoderar al máximo al personaje de Jackie, dibuja un universo masculino cargado de mediocres, torpes, criminales de poca monta y cobardes (nadie más cobarde que Max, que tras conseguir llevar a cabo un robo histórico gracias al talento de Brown, decide rechazar una nueva vida junto a ella, quedándose con su trabajo y su existencia gris, mientras la ve partir en esa escena final).

Por cierto, hablando de Jackie y Max, es realmente placentero ver a dos actores de considerable edad, compartiendo escena y primeros planos. Podemos disfrutar de sus rostros, curtido el de él y cargado de personalidad y experiencia el de ella. Agradecemos no ver a un joven imberbe de sonrisa perfecta o a una jovencita de cara lánguida y amelocotonada piel. La complicidad que se crea entre los dos personajes es maravillosa, llena de calma y reflexión. Ninguno de los dos va a dar el paso de dejarse llevar por los impulsos a estas alturas, aunque Max actúe como un verdadero adolescente cuando acude a la tienda de discos a comprar la cinta de The Delfonics. Queda totalmente subyugado cuando Jackie los pone en vinilo ataviada únicamente con un albornoz blanco. Ella siempre se siente cómoda cuando está con él.

Pero si buscáis el verdadero toque tarantiniano, lo encontramos sin duda en esa extraña y efectiva pareja formada por Ordell Robbie (Samuel L. Jackson) y Louis Gara (Robert de Niro). L. Jackson, que interpreta a un dudoso traficante de armas, es fuerza pura en cada una de las escenas, con ese desternillante acento, y el maestro De Niro, un criminal recién salido de la cárcel, consigue sorprendernos. Lejos de interpretar a un mafioso poderoso, con impecables trajes y orquestando todos los planes (pensemos en Casino (1995) o Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990), ambas joyas de Martin Scorsese), en Jackie Brown se muestra cauteloso, en segundo plano, incluso bobalicón a veces. Incluso su vestuario es es lamentable,tanto que el propio Ordell se lo lleva de compras para renovar su armario. Tras verlo en la gran pantalla con mujerones como Sharon Stone, resulta chocante verlo disfrutar de los “encantos” de una prostituta de avanzada edad con ese vestido de lentejuelas verde (¿hay algo más decadente que las lentejuelas?). Por eso, cuando la cosa se pone intensa con el intercambio de bolsas en el probador, agradecemos que pierda los papeles y deje tiesa a Mel de dos balazos (Bridget Fonda), la repelente fumeta californiana, en un párquing público a plena luz del día (gracias Quentin, ¡te estábamos esperando!).

Tras esta escenaza, disfrutamos de otra de aún más nivel: la discusión de Ordell y Louis en la furgoneta con desenlace fatal. Aunque por el tipo de plano hay momentos en que ni siquiera vemos la cara de De Niro, ambos nos ofrecen una clase maestra de interpretación. Podríamos verlos discutir durante horas sin cansarnos, seguro.

Otro motivo por el que felicitar a Jackie Brown, es que Tarantino vuelve a demostrar que es un maestro en esto de las historias cruzadas. Desde el asesinato de Beaumont (Chris Tucker) a manos de Ordell, la existencia de los personajes se entrelaza inevitablemente. Quentin siempre consigue que todo fluya de manera sorprendente pero jamás caprichosa. Para el espectador, lo que sucede ante sus ojos es justamente lo que tiene que pasar: jamás se sentirá estafado. Y así es como un maestro en cruzar historias, también lo es en ofrecernos la misma escena desde todos los puntos de vista posibles: hablamos de ese mítico intercambio de bolsas en los probadores del centro comercial.

Pero volvamos a Jackie, al fin y al cabo ella es la auténtica protagonista, la que orquesta el peligroso pero infalible plan sin ayuda de absolutamente nadie. Bueno, sí, de Max. En él descubrirá al único hombre en el que confiar. El resto son solo peones que moverá a su antojo para conseguir sus objetivos (creo que estamos de acuerdo si afirmo que el más ridículo es sin duda el agente Ray Nicolette, interpretado por Michael Keaton). Jamás le temblará el pulso ni se mostrará sumisa o asustada. El único momento en el que vemos un atisbo de miedo en su mirada es frente al espejo del probador, antes de realizar el intercambio, pero está sola. Frente al mundo, nunca mostrará esa cara. A medida que transcurre la película, la encontramos más y más atractiva, es pura fuerza (lo rompe con el vestido rojo, con manicura a juego, cuando se presenta en casa de Ordell hecha una furia).

Michael Keaton comparte plano con Pam Grier durante la película

Michael Keaton comparte plano con Pam Grier durante la película

Pero pese a su belleza y carisma, lo que más me gusta de la señorita Brown, es su realidad. Ella no se mueve por venganza como otros personajes femeninos de Tarantino, ni por despecho amoroso o por un odio irrefrenable. Se mueve íntegramente por supervivencia. Lo único que quiere es vivir tranquila y en paz, sin preocupaciones económicas. Si resuelve eso, no tiene ningún problema en empezar una nueva vida sola.

Y felicito al director por regalarnos de nuevo una banda sonora impecable, cargada de buen soul y funky. ¿Os habéis fijado que los robos, hurtos, trapicheos, chanchullos, extorsiones, atracos e incluso asesinatos, se vuelven elegantes si los acompaña una buena música funk? No me digáis que no os venís arriba cuando Ordell lleva a Beaumont en el maletero escuchando Strawberry Letter 23 (The Brothers Johnson), o que Jackie no está absolutamente maravillosa conduciendo a ritmo de Street Life (Randy Crawford),  aunque ella está radiante incluso cuando entra en prisión (en ese momento suena Long Time Woman, interpretada precisamente por una jovencísima Pam Grier).

Y felicito a Tarantino sobre todo por esa escena final en la que tiene el gusto de volver a obsequiarnos con Across 110th Street, con ese primer plano de Jackie conduciendo, tarareando la canción, con una mezcla bellísima en su rostro de melancolía, ilusión y tranquilidad.

Aunque algunos ingratos no la valoren lo suficiente, el palmarés de Jackie Brown demuestra lo contrario: nominaciones a los Oscar y a los Globo de Oro, Oso de Plata para L. Jackson en el Festival de Berlín, incluida como una de las 10 mejores películas del año por el National Board of Review, entre otros.

Pues lo dicho: felices 20, hermosa Jackie. Está usted maravillosa.

Por Adriana Díaz