Al igual que ocurre en Halloween o en el periodo navideño, durante los meses estivales llegan a las pantallas producciones con un marcado perfil “de temporada” que intentan rellenar el hueco que dejan las grandes películas de los estudios o las apuestas “premiables” que copan durante el año la mayor cantidad de salas. Estos trabajos, que nacen con una vocación veraniega por su género o su temática, dependen, en su faceta comercial, del periodo donde mayor número de personas disfrutan de vacaciones  y tiempo libre.

Los terrores acuáticos o los relacionados con el mar, son ya un clásico de estos meses del año desde que Spielberg decidió amargar los chapuzones a los bañistas en el verano del 75 con Tiburón (Jaws), film fundador de este subgénero y autentico rompetaquillas que dio pie a varias secuelas e infinidad de imitaciones. De pirañas a cocodrilos, las pantallas llenaban las aguas de criaturas sedientas de sangre, aunque aun así, el auténtico rey del horror submarino sigue siendo el temible escualo. El año pasado, Infierno azul (The Shallows, 2016) fue una grata sorpresa que, además, funcionó bastante bien en taquilla, así que este año es el turno de A 47 metros (47 Meters Down, 2017), cinta británica dirigida por Johannes Roberts, realizador curtido en el terror de Serie B.

El film se ajusta fielmente al modelo: dos hermanas  (Mandy Moore y Claire Holt) de vacaciones en México, deciden hacer una excursión y sumergirse en una jaula para contemplar de cerca los tiburones, la cadena se romperá y quedarán atrapadas con una hora de oxígeno y rodeadas de escualos.

A pesar de lo convencional (un par de malas decisiones llevan a un par de imprudencias, que derivan en varios errores y un sinfín de accidentes que provocan un desastre), la película funciona, la tensión se mantiene, va en aumento, y se suceden los giros de guión sin parecer metidos con calzador (particularmente uno, que no mencionaré pues logra sorprender). Y el film funciona, también, porque sus creadores son conscientes de lo que se narra y no tienen mayor pretensión que entretener, asustar y mantener al público con la mosca detrás de la oreja. Ser humildes y responsables con ese concepto es, precisamente, lo que mejora el conjunto. Las situaciones se suceden sin producirse vacíos argumentales, lo que da como resultado algo que se agradece: no se estira la historia ni la duración de la cinta. Además, los efectos especiales pasan la prueba y son efectivos gracias a que no se exceden al mostrar a los agresivos animales, un error muy común en este tipo de producciones.

A 47 metros es una buena opción para los amantes del subgénero y aquel espectador al que le apetezca pasárselo bien imaginando que eso mismo le podría suceder cuando, este verano, meta un pie en el agua al salir de la sala de cine. Una alternativa, que dada su humildad y falta de pretensiones, entretiene y logra hacer pasar el rato mejor que otras que derrochan cantidades ingentes de dinero.

Lo mejor: la sencillez y falta de ambición, juega a su favor.

Lo peor: resulta algo previsible y, por momentos, ligeramente inverosímil.

Por Javier Gadea
@javiergadea74