La vida es un reto, un enfrentamiento constante a nuevos obstáculos y con nosotros mismos. Nada deja de cambiar, todo fluye irremediablemente, el tiempo no cesa en su carrera particular, y en medio de toda esa vorágine estamos nosotros, siendo examinados constantemente por el implacable Crono. Vista así, la vida parece una película de acción, pero, ¿es que acaso hemos mentido en algo de lo anterior?. Entonces, ¿por qué la reproducción de nuestro día a día no podría ser una película de acción?, ¡o de superhéroes!

La industria cinematográfica estadounidense siempre ha mostrado un interés especial por los disparos, las persecuciones y la espectacularidad, sin embargo, en Europa nunca ha sido así, y el mejor ejemplo de ello es el cine francés, famoso por su costumbrismo tragicómico y por el peso de unos diálogos tan ingeniosos como reales que, a través del naturalismo, retrata a la perfección las incidencias a las que tenemos que hacer frente por el simple hecho de vivir. Como representante de este cine que se enfrenta al drama de la vida con una sonrisa y alguna que otra carcajada, llega a nuestras salas 50 primaveras (Aurore, 2017), la entrañable historia de Aurore Tabort (Agnès Jaoui), una mujer que a sus cincuenta años comienza a enfrentarse a la implacable menopausia en unas circunstancias un tanto hostiles: acaba de ser despedida, recibe la noticia de que va a ser abuela y el reencuentro con un amor del pasado tambalea los cimientos de un presente que tal vez deba ser derribado para poder empezar de cero.

Todo son novedades en la vida de Aurore, novedades que la ponen a prueba y que exigen de ella valor, decisión y entereza… como sucede en cualquier película de superhéroes norteamericana. Y como cualquier superheroína que se precie, ella también tiene su superpoder particular: puede adivinar el número de letras de cualquier palabra en menos de un segundo (vale, no goza del glamur ni la espectacularidad de los superhéroes de los cómics, pero es que el poder de los superhéroes de a pie es así, más “de andar por casa”). El villano que nuca falta en este tipo de películas está claro: la aterradora menopausia, un archienemigo que se introduce en el cuerpo de nuestra heroína y la hace sudar, cansarse y, lo peor de todo, manipular su estado de ánimo sin ningún tipo de escrúpulo. Pero este humilde superpoder y este despiadado némesis se quedan en nada al lado de la voluntad de nuestras heroínas del día a día, que es la que las hace luchar por la felicidad de sus seres queridos y por mantenerlos cerca de ellas.

Volviendo a la condición de neófita de la protagonista, el planteamiento del proyecto no podía ser más acertado: una Agnès Jaoui que había trabajado varias veces detrás de las cámaras pero nunca delante, encarna a una mujer que se enfrenta a toda una horda de nuevos retos. La directora de la película, Blandine Lenoir (Zouzou), tampoco se libra de esa condición de novicia, ya que con esta completa la segunda realización de largometraje de su carrera. Así, el resultado es una película de superheroínas de a pie que va dirigida a cualquier superhéroe del día a día –como usted o como yo, seamos hombres o mujeres- pero que se oculta tras la tupida máscara de cotidianidad de la vida misma.

Lo mejor: lo accesible y cercana que se muestra a pesar de tratar temas que se centran en un sector muy específico del público.

Lo peor: dentro del género al que pertenece, no innova ni arriesga demasiado.

Por Martín Escolar-Sanz