Disfrazado y con unas cuantas capas de maquillaje y cabello falso, John Hurt nos visitaba desde el sillón de una casa oscura pero visiblemente acogedora. Junto a él, la chimenea y un perro que escuchaba paciente y sosegado todas las historias que su dueño narraba con aire tranquilo pero apasionado, pues sabía que tras el tubo catódico se encontraba un público entregado a sus relatos. Aquel pasatiempo televisivo era El Cuentacuentos (The Storyteller, 1987), otro encantador trabajo del artesano Jim Henson.

Alejado de aquella fantasía pero con una clara inquietud por dar a luz relatos que tienen mucho de apólogo y folclore, encontramos a Pablo Berger, en el que podríamos decir que tenemos nuestro particular “cuentacuentos” moderno. Tras esas crónicas de marcada idiosincrasia española que fueron Torremolinos 73 (2003) y Blancanieves (2012), el director bilbaíno se adentra ahora en los barrios periféricos de Madrid para hablarnos de magos y prestidigitadores, de bodas horteras y chandal con zapatos, de partidos de fútbol, forofos de bar y un “¿hace cuánto que no me tocas, Carlos?” de lo más revelador. Todo esto, agitado con el talento del realizador y la salsa de un fabuloso trío protagonista, convierte Abracadabra (2017) en la fábula del verano, una película berlanguiana con el espíritu del Rafael Azcona más embriagador.

Como el maquillaje de Hurt, el trabajo de Berger tiene varias capas, pues su apariencia de comedia urbana y caricatura social es una excusa para hablar de algo mucho más importante: el vacío a través de la ilusión perdida. Su particular universo, por el que desfilan variopintos personajes deformados para que el estereotipo funcione como tal, da lugar a varias secuencias llenas de humor y sorpresa, como si los protagonistas y sus circunstancias se mirasen al espejo y el reflejo llevase la firma esperpéntica de Valle Inclán. Pero su forma, que tiene el aspecto mágico de El bosque animado (1987) aunque en las entrañas del barrio de Carabanchel, revela una fondo mucho menos cómico y banal que enfrenta al público con su conclusión casi al final, cuando el mensaje, que llega por vía sobrenatural, habla a las claras sobre usar el pasado (aunque no sea el nuestro) como ruptura con el presente y solución para el futuro.

Vestidos por el nominado al Oscar Paco Delgado, los personajes de Abracadabra son parte crucial de la personalidad de la película. El carácter del film, amable y juguetón, se apoya en el feeling del trío protagonista, capitaneado por la experiencia de Maribel Verdú, el carisma de Antonio de la Torre y la comicidad de un José Mota cada vez más cómodo en las lides de la cinematografía. Los tres, junto a las apariciones de Josep Maria Pou como un médium delirante y más preocupado por los euros que por comunicarse con los muertos, y las de Priscila Delgado, la niña de Los protegidos que en la película, ya con 15 años, es la hija preadolescente y testigo atónita de la transformación de Carlos, su padre, conforman una nómina de personajes que, tras sus exagerados trazos, esconden gran parte de autenticidad. Es, precisamente, ese vestigio de realidad lo que imprime al film un dramatismo “controlado” que hace las funciones de motor emocional, necesario empuje para que la película funcione no sólo como un divertido truco de magia, sino como invitación personal a la reflexión sobre los peligros de la inercia y el conformismo.

No hay duda de que, haciendo la lectura adecuada del largometraje de Berger, los espectadores podrán exprimir su verdadero potencial; lo encontrarán en las aptitudes humorísticas y en las situaciones más surrealistas; también en su matiz trágico, el que habla de las consecuencias de un matrimonio aburrido, estancado en su propia monotonía y que tiene en los goles de un equipo de fútbol un grito de rabia oculto para despertar del letargo y romper el hostil contexto de infelicidad.

Y ahora, cuando oigan abracadabra, volverán a abrir los ojos.

Lo mejor: es una tragicomedia con muchas capas, de aspecto mágico y mensaje esperanzador.

Lo peor: si sólo deja poso por su vertiente cómica, perderá personalidad.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum