El cometido (o uno de los cometidos) de los festivales de cine es dar visibilidad, promoción y posibilidad de exhibición a determinadas cintas que, de otra forma, tendrían gran dificultad para ser estrenadas en la gran pantalla de muchos países. Este es el caso de Alanis (2017), de la realizadora argentina Anahí Berneri, film por cuya temática y presupuesto, hubiese tenido muy difícil hacerse con un hueco en la cartelera española. La película fue la que más premios cosechó en el pasado Festival de San Sebastián: Premio a la cooperación española, Concha de plata a la mejor actriz para su magnífica protagonista –Sofía Gala Castiglione– y la Concha a la mejor dirección para Berneri; convirtiéndose de este modo en la primera realizadora de habla hispana y segunda en la historia en conseguir tan codiciado premio. Esto nos ha facilitado poder apreciar este directo, veraz y duro retrato social.

Alanis (Sofía Gala) es una prostituta que ejerce en Buenos Aires, comparte piso con su amiga Gisela (Dana Basso), lugar donde recibe a sus clientes. Tras una redada, el piso queda precintado y Alanis se verá en la calle con su hijo de año y medio. A partir de aquí la protagonista debe afrontar la situación, manejar su futuro y decidir dónde está su lugar en la sociedad en la que vive.

Berneri nos ofrece una visión sin prejuicios que nunca pretende aleccionar o imponer un estado de opinión, defecto de gran parte del cine con temática social. Alanis muestra la realidad de una joven que busca su dignidad sin enfatizar el lado negativo de lo que hace la protagonista para salir adelante junto a su hijo; renuncia a los sentimentalismos y las narrativas melodramáticas. Coloca la cámara de forma neutra, mostrando la dureza de la realidad del personaje, tanto como ese Buenos Aires alejado del glamour de Puerto Madero o el encanto de San Telmo, con una inflación por las nubes, donde la gente hace lo que puede para comer o pagar un sitio donde estar. La mano firme de la realizadora no victimiza a la joven, no persigue que el espectador tenga una imagen preconcebida, será éste el que saque sus propias conclusiones. Expone una realidad social y una lacra, pero sobre todo propone evitar un juicio sesgado; no tiene las soluciones o la verdad absoluta sobre un problema que la doble moral del Estado aumenta arrebatando la dignidad de las prostitutas a las que, en realidad, no ofrece auténticas salidas.

El buen hacer de la directora también se deja ver, por supuesto, en la dirección de actores, sobre todo en la interpretación de Sofía Gala Castiglione en el papel de Alanis. La actriz se convierte en una prolongación de Berneri a partir de un trabajo lleno de verdad y nada de artificio, comprende perfectamente la idea de la directora y ambas reman en la misma dirección. Castiglione transmite toda la violencia que sufren estas mujeres sin que haga falta enfrentarlas a un maltratador o un cliente de impulsos psicópatas; a través de la lucha por su dignidad apreciamos como la realidad de las meretrices está marcada por la dureza, la agresividad y el rechazo, el de los consumidores, la sociedad y, en muchas ocasiones, el de las propias leyes. La de la actriz es, sin duda, una actuación brillante cargada de compromiso.

Alanis resulta, indiscutiblemente, una película necesaria por su valor cinematográfico y social que nos sitúa de frente a una situación triste y patética en las que se encuentran muchas mujeres, no sólo en América Latina, sino en muchas partes del mundo; como mal endémico, puede que pretendiéndolo, los diferentes Sistemas las envían al abismo de la desesperanza. Pero es  esta Alanis otra muestra más de que el presente del cine se escribe en femenino.

Lo mejor: Sofía Gala, alma y pilar del film.

Lo peor: El propio hecho que relata, una catastrófica situación que parece no tener fin.

Por Javier Gadea
@javiergadea74