Poco tiene de casual que la imagen promocional de la 48ª edición del Festival de cine de Alcalá de Henares centre la atención en un teléfono móvil. En ella, una joven sujeta un smartphone que emplea como cámara para grabarse a sí misma. El diseño no podía ser más certero al plasmar una realidad más generacional que específica del festival: por un lado, los nuevos modos de hacer cine, donde el formato se adapta a la realidad en la que se inscribe; por otro, las narrativas de alto componente autobiográfico donde la presencia del creador es eje vertebrador de la obra. Así, queda patente la capacidad del festival para mantener su mirada en la actualidad del panorama cinematográfico, un rasgo del que también da buena cuenta la selección de cortometrajes que compone la Sección Nacional de este año.

Algunos de los títulos más sugerentes del festival se enmarcan en ese cine que explora el ‘yo’ usando distintas posibilidades expresivas, con los autores interviniendo en la narración para contar una historia desde la intimidad sin que su presencia sea un elemento intrusivo. Distancias de Pablo Carpal, Mi madre no me entiende de Álvaro de Miguel o Mudanza Contemporánea de Teo Guillem son algunos de estos ensayos documentales y de autoficción, que comparten como herramienta clave el teléfono móvil. Destacan sobre todo los dos últimos: el de Guillem es una ácida, anómala y divertida propuesta que muestra el acto de mudarse y las consecuencias de una separación mientras combina texturas frente a la pantalla, coreografiando el espacio escénico y fílmico; mientras que el de Álvaro de Miguel conjuga las imágenes tomadas con el celular con varias conversaciones con su madre, en un mordaz cuestionamiento sobre la naturaleza de lo artístico con altas dosis de humor noble. Otro de los trabajos más contundentes dentro de este grupo es la cinta de María Elorza Ancora Lucciole, que parte de un ensayo de Pasolini para reflexionar sobre la memoria y las metáforas visuales como sustitutos irremediables del paso del tiempo, operación que consigue al equiparar las luces de los móviles en la oscuridad de un teatro con las desaparecidas luciérnagas.

Son las historias de jóvenes las que ocupan la mayor parte de títulos de ficción, y también las más conservadoras de la muestra: Jauría de Gemma BlascoLos inocentes de Guillermo Benet, Caín de Santiago Samaniego y Ropa Sucia de Iván Blanco Fernández y Daniel Jorán Pompa, dos cineastas que consiguen plasmar en pantalla la convivencia tan difícilmente visualizable de la división del mundo (real y virtual) de la era digital actual. De entre este tipo de relatos, es la cinta de Irene Moray Bad Lesbian de una calidad notable, la que más se desvía del resto de propuestas al servirse del humor desinhibido y descarado y mostrar con mirada irónica, cínica y despreocupada una posición vital absurda y desamparada.

La cuota de animación se cubre con La noche de Martín Romero, Simbiosis Carnal de Rocío Álvarez y Patchwork de María Manero, tres cintas muy dispares en cuanto a la técnica empleada, siempre acorde al relato que cuentan: desde la fábula de Romero, que opta por una animación clásica, a las manchas de acuarela que se entremezclan en la metafórica cinta con la que Álvarez aborda el deseo sexual femenino, pasando por la ingeniosa animación de Manero, que rompe los moldes de la narrativa tradicional para contar una historia de superación femenina.

No faltan los trabajos de corte social que se acercan a problemáticas actuales como la precariedad laboral (destaca el documental Kafenio Kastello, de Miguel Ángel Jiménez que abre una ventana a una pequeña esquina en Atenas con una cálida y nocturna puesta en escena con más ilusiones que desesperanzas); o la situación de los inmigrantes (Tahrib de Gerard Vidal Cortés, quien pretende encontrar una nueva perspectiva al situarse en el lugar de las mafias ilegales). El nuevo trabajo de María Cañas, La cosa vuestra, podría incluirse entre estos que proponen reflexionar sobre cuestiones de actualidad y lo hace repitiendo la fórmula que ya empleó en Expo Lio 92′. A partir de la apropiación de imágenes virales, televisivas o de Internet la realizadora pone en juego una evidente manipulación discursiva: el montaje le permite conducir un alegato edulcorado por piezas de comedia que inserta liviana y conscientemente.

Son las cintas que tienen como centro el romance las que sobresalen formalmente al encontrar una coherencia narrativa a partir del estilo visual de cada una. Mientras De L’amitié, de Pablo García Canga, se sirve de los parámetros de la nueva ola del cine francés de los 50 para contar una historia de amistad a tres bandas, Roberto Martín Maiztegui apuesta por la sencillez y el estatismo en Sushi al componer la narración en un único plano lateral que muestra la conversación de una pareja y la aparición gradual de un conflicto soterrado. La cinta de Toni Bestard Background es la más arriesgada en sus formas: en una pieza en blanco y negro y sin diálogos, surge el romance entre dos personas forzadas a compartir plano, pasando del anonimato forzoso al protagonismo, según la óptica desde la que se observe la cinta.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa