Hay películas que independientemente de su calidad o de su éxito, trascienden como iconos culturales, o como descubridores de nuevos personajes, que se incorporan al imaginario común, y ya no hay goma Milán que pueda con ellos. ¿Ejemplos? Para dar y tomar:

Ahora alguien que demuestra sus pocas luces no es idiota, es un Forrest Gump. El puerta de una discoteca ya no es un gorila o un armario, es un Terminator. Ahí está Darth Vader, cuyo “yo soy tu padre” ha inspirado a generaciones y generaciones de friquis que utilizan los sables laser como prolongación de su hombría. Y no hablemos de Spock, o del landismo. Vamos, que el cine se instala, y no hay quien lo eche del sofá nuestro de cada día.

Un momento. Terminator, Darth Vader, Spock. . .¿qué tiene la ciencia ficción que cambia la reglas? Aquí es cuando entra en escena nuestro querido Ridley Scott.

Corría el año 1979, cuando Susan Alexandra Weaver (Sigourney para los amigos) llego al piso que compartía con una colega:

¿De dónde vienes, Susie?

Nah, de hacer una peliculilla en Londres… La quieren llamar Star Beast, pero aquí la “star” soy yo… y no me hace mucha gracia.

Esa “peliculilla” instaló un nuevo personaje con el que comparar a amigos cabezones, y regaló a los nenes yanquis un nuevo disfraz para Halloween. Creó un ser inmortal en la sociedad, como Vito Corleone, o Espinete. Alien, el Octavo Pasajero, que cambió para siempre la forma de rodar ciencia ficción, y sobre todo, terror. Porque lejos de esa imagen futuristaespacialmilitarrobotica, la peli acojona. Acojona mucho. Scott nos hace pasajeros de una claustrofobia nave Nostromo, en la que habitan dos mundos: el llano de la tripulación, y otro oscuro e inaccesible que está recorriendo un ser desconocido, cuya presentación digamos no era para hacer amigos. Ante ustedes, una de las escenas míticas, y por lo tanto, más parodiadas de la historia del cine:

Ese chiquitín que decide salir por donde no hay puertas (con la de agujeros que hay en un cuerpo humano) es Alien. Y ya no hay que decir más. Es Alien, el bicho más aterrador, asesino, feo y atractivo del terror futurista. Atrás quedaron los ladrones de cuerpos, los invasores de ojos saltones, los alienígenas arrastrados y babosos. Aquí hay un organismo con cierta apariencia humana que no quiere poseer tu cuerpo: lo quiere destrozar. Como dice el no menos oscuro y viscoso Ash, interpretado por Ian Holm aka Bilbo Bolsón:

Aún no habéis comprendido a qué os enfrentáis. Un perfecto organismo. Su perfección estructural sólo está igualada por su hostilidad. Yo admiro su pureza.

De esto hace casi 40 años. Después llegaron tres secuelas, rodadas todas por directores de prestigio (James Cameron, David Fincher, Jean Pierre Jeunet), que lanzaron su carrera en Hollywood gracias a la cada vez más endogámica relación de Ripley y el Alien.

Mientras, Scott tocó techo con la magnífica Blade Runner (1981) y sus lágrimas en la lluvia. Y ahí comienza una carrera con más altibajos que la de Novak Djokovic. Algunas buenas películas (Thelma y Louise, Gladiator, Black Hawk down), y chistes a los que sus productores no le pillaron la gracia (Legend, 1492, El Reino de los Cielos).

Y con muchas más canas, y seguramente, ante una falta de ideas evidente, retomó su mayor éxito con Prometheus, donde nos presentaba el comienzo de todo. Con un halo menos independiente que El octavo pasajero, el director volvería a poner a nuestro hoy homenajeado monstruo en la gran pantalla en Alien: Covenant (2017), y no se descarta que en un futuro próximo lo vuelva a hacer. A ver si de una vez alguien puede oír los gritos en el espacio.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader