¿Qué demonios estoy viendo? Es lo primero que pensé cuando aparece en escena la familia Van Peteghem, burgueses acaudaladísimos que se dirigen a su majestuosa mansión (de estilo egipcio) frente a la bahía Slack, en el verano de 1910. El histrionismo y la exageración caricaturesca de sus personajes es de tal calibre que cuesta acostumbrarse, pero casi sin darte cuenta, sus rocambolescas maneras  te van sumergiendo en esta fábula con toques surrealistas que pone de manifiesto las desigualdades entre clases sociales.

De entre estos ricachones descerebrados, que observan a los humildes trabajadores como si de exóticas mascotas se tratase, cabe destacar el carisma de Fabrice Luchini (André Van Peteghem), al que al principio vemos como un personaje bobo y desmedido pero con el que aprendemos a disfrutar a medida que nos relajamos tras el choque inicial que produce la película y la sorprendente habilidad para la comedia más absurda de Juliette Binoche (Aude Van Peteghem).

Y es que La alta sociedad (Ma Loute, 2016), dirigida por Bruno Dumont, debe verse desprovisto de prejuicios y entendimiento, nos desconcierta y nos parece ininteligible por momentos, pero es cierto que nos envuelve y nos sumerge en un universo que se va volviendo cada vez más agradable y fascinante. Ayuda mucho el impecable trabajo de fotografía de Guillaume Deffontaines y las hipnóticas localizaciones.

¿Pero de qué trata exactamente La alta sociedad? Incluso escribir sobre ella induce a divagar irremediablemente, pero vamos a intentarlo. En el verano de 1910, los inspectores Machin (Didier Despres) y Malfoy (Ciryl Rigaux), al más puro estilo de el Gordo y el Flaco, investigan la desaparición de varios turistas en la bahía Slack. En esa zona viven los pescadores y demás trabajadores, gente humilde como la familia Bréfort. El padre, apodado El Eterno (Thierry Lavieville) y su hijo mayor Ma Loute (Brandon Lavieville) son los encargados de ayudar a los ricos visitantes a atravesar la bahía. Así se conocerán y enamorarán el joven y Billie (Raph), la misteriosa hija de Aude Van Peteghem.

Y entre el histrionismo, la exageración, la comedia absurda y el surrealismo van despuntando temas profundos y trascendentes que de pronto nos incomodan, nos hacen darnos cuenta que tras ese halo fantástico y despreocupado como de sainete o comedia coral, se esconden, como en la propia vida, las rarezas y oscuridades del ser humano, los miedos y los prejuicios, las envidias y la crueldad, el odio y el miedo a lo desconocido. Por eso, no hay que desmerecer a esta extraña y arriesgada apuesta, galardonada con el Giraldillo de Oro a la mejor película en el Festival de Sevilla y premio a la mejor actriz para Raph y mención especial en Cannes.

Lo mejor: la mezcla entre el absurdo y el abordaje de temas profundos e incómodos resulta extrañamente estimulante.

Lo peor: precisamente tanta exageración puede despistarnos o incluso alejarnos de la película.

Por Adriana Diaz