El amor, ese sentimiento poliédrico e ingrediente básico para uno de los géneros clave del cine, el romántico, ha adoptado formas diferentes a lo largo de los más de 100 años de este arte, el séptimo. Tonos, tendencias, colores, grados… características, todas, que se han ido alterando mientras se componían historias de naturalezas muy dispares y distintos niveles de originalidad. Como en cualquier temática cinematográfica, el riesgo de transitar por lugares comunes es alto, por lo que aquellos relatos que han intentado alejarse de los más trillados argumentos son, casi siempre, trabajos a los que hay mucho que agradecer.

A continuación, hablamos de cinco películas que, por unas razones u otras, supusieron un pequeño hito dentro de la oceánica temática del amor.

Declaración de guerra (La guerre est déclarée, Valérie Donzelli, Francia, 2011)

La propia experiencia de la directora y protagonista Valérie Donzelli sirvió para dar forma a este drama familiar cuya andadura comienza con un amor a primera vista. La decisión de la pareja de aumentar el compromiso y posteriormente tener un hijo se relata con humor y un ritmo de lo más genuino, pero todo cambia cuando al niño se le diagnostica una grave enfermedad. Aunque las decisiones formales no se alteran, la película se sumerge sin concesiones en el abismo de la desesperación de sus personajes y ahí es, precisamente, donde Donzelli disecciona la debilidad de los pilares sobre los que se construye el amor de una forma que marca la diferencia. La directora jamás renunciará a la frescura del montaje y al sentido del humor como vía de escape, tampoco a encarar con valentía su trasfondo de drama insondable. Este equilibrio casi perfecto entre ambos tonos aleja la película de cualquier riesgo de resultar frívola, situando su manejo de los conflictos de pareja surgidos antes, durante y después de la crisis, en un lugar de privilegio entre las historias de amor más duras y a la vez más bellas.

Un lugar donde quedarse (Away We Go, Sam Mendes, EE.UU, 2009)

Antes de sumergirse en el mundo del espionaje británico, Sam Mendes había iniciado una particular aproximación al estilo de vida americano al asomarse a los entresijos de matrimonios que se desmoronaban por frustraciones personales (American Beauty, 1999), o por la exigencia de estándares sociales convencionales (Revolutionary Road, 2008). Diametralmente opuesta resulta Un lugar donde quedarse, una road movie que, despojada de cualquier convencionalismo del género romántico (sobre todo en términos de estructura argumental), convierte la inminente paternidad de sus protagonistas en el pretexto idóneo para buscar su lugar en el mundo. La búsqueda de vínculos afectivos por toda la geografía americana les confronta con distintos modelos de pareja que sacan a relucir miedos e inseguridades ante lo que se avecina. Mendes es capaz de situar en el centro del relato el amor de la joven pareja: un sentimiento tan sólido y mágico que llena de luz la incertidumbre y de complicidad el porvenir.

Una cuestión de tiempo (About time, Richard Curtis, Reino Unido, 2013)

En el año 2013 el director y guionista Richard Curtis volvió a demostrarnos su talento para el género romántico, creando un original relato que iba mucho más allá de una historia de amor al uso. Un filme íntimo y personal que conseguía combinar de manera magistral las relaciones de pareja, la figura paterna y los viajes en el tiempo. Las magnificas interpretaciones de los protagonistas (Domhnall Gleeson y Rachel McAdams) y su emotivo guión, lograron tocar la fibra sensible de los espectadores, haciéndoles ver que la clave de la felicidad es vivir cada día como si fuera un regalo.

Harold y Maude (Harold and Maude, Hal Ashby, EE.UU, 1971)

La indispensable Harold y Maude no sólo es una ingeniosa sátira social, sino que además es una oda a la vida a través del amor, y viceversa. El film narra la historia de un amor poco habitual pero de gran pureza entre Harold (Bud Cort), un joven de 20 años de familia adinerada que sufre una depresión y tiene tendencias suicidas, y Maude (Ruth Gordon), excéntrica condesa octogenaria que vive la vida al máximo. A pesar de ser dos polos opuestos, estos dos enternecedores personajes se complementan de una manera tan admirable como original, aspecto que hace de la película un trabajo de lo más atípico. Resultaría un complemento perfecto para “el día de los enamorados” pero es tan buena que destacaría cualquier día del año. Además, todo el largometraje está mecido por las mágicas canciones del gran Cat Stevens, que incluso se permite hacer un curioso cameo.

Solo tú (Only You, Norman Jewison, EE.UU, 1994)

Faith Corvatch (Marisa Tomei) encarna la imagen de mujer romántica perpetuada por  las chick flicks que entre suspiro y suspiro, anhela y fantasea con la pasión y la magia que acompaña al amor verdadero. La autoconsciencia juega un papel determinante en Solo tú, film dirigido por Norman Jewison en 1994, que disecciona el mito de la media naranja y el impacto que dicha creencia produce en quienes lo adoptan como verdad universal y modelo único de amor. Desde los códigos clásicos de la comedia romántica, Jewison construye un relato acerca del destino donde el equívoco y la casualidad constituyen los elementos fundamentales. La búsqueda de su otra mitad (predestinada) termina convirtiéndose en un viaje de autodescubrimiento y ruptura con anticuadas ideologías (románticas), donde la liberación de convenciones sociales deja la puerta abierta para que el amor haga su entrada.  Destacan los ecos de películas románticas (Vacaciones en Roma a la cabeza), toda una declaración de intenciones del realizador: incluso el estereotipo (cinematográfico) puede destilar amor en pantalla.

Por Cristina Aparicio, Javier G. Godoy, David Areces e Ibtissem Chikhaoui.