Woody Allen no se ponía a las órdenes de otro realizador desde el año 2000. El aprensivo neoyorkino actúa en esta ocasión bajo el mando de otro comediante a la par que cineasta, uno de los rostros más queridos y talentosos dentro de la estela independiente: el señor John Turturro.

En tal ocasión, parece que el italoamericano –también de Brooklyn- ha pedido prestado a Allen todos los componentes de su cine y él los ha removido y mezclado a su gusto: desde el jazz que aparece por su metraje, sus rifirrafes con el judaísmo, o las relaciones con el sexo opuesto. 

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Al director de Annie Hall” le ofrece el papel de mentor y él se queda con el de alumno en un nuevo oficio donde deciden inmiscuirse: las artes amatorias. Efectivamente, como señala el título, Turturro se mete a gigoló. Y de alto standing. Por eso es inaudito verle labrándose una carrera en la profesión más antigua del mundo. Y mucho más ver a Sofía Vergara y a Sharon Stone solicitando sus servicios. Claro… todo encaja y es muy normal. Igual que Allen en el papel de “chulo” de su colega: no habrá proxeneta igual, porque una vez más, ante la pantalla el gran Woody interpreta al personaje que lleva haciendo en toda su filmografía, aunque los pequeños detalles de su vida personal varíen dentro de su trayectoria. Aquí está casado con una mujer de color y es padre de una díscola prole. 
Una vez más el celuloide aporta una visión permisiva sobre la prostitución masculina. Dado que es bajo el toldo de la comedia, no chirría tanto a los ojos del espectador, acostumbrado a lo contrario. Igual que ciertos toques del humor utilizado, que en momentos se pierde en chistes tontorrones y en el Allen de hace unas décadas, donde se acentuaban más sus relaciones de pareja.
La pieza fetiche de los Coen se atreve con todo, hasta chapurrear unas frases en castellano. Lo habla muy mal, pero lo intenta, ya que para su nuevo oficio las lenguas latinas tienen más tirón.
La cinta acerca más el mundo hebreo al resto del mundo, aunque sea en una versión más hiperbolizada, y por ello muchos guiños tienen su efecto si se conoce la cultura. Como en el caso del agente policial, compuesto por un correcto Liev Schreiber que llega a la exageración pura con su rol. De primeras choca ver a Vanessa Paradis caracterizada de ortodoxa judía, sin embargo a medida que el metraje avanza, uno se habitúa a verla con esos sombríos atuendos, peluca y con tan riguroso protocolo. La francesa hace un trabajo perfecto llegando a conmover, como lo consigue con Fioravante (Turturro), en el que aflora su faceta romántica mientras que él le saca del cerrado contexto que la viudedad le ha provocado.

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No hay que ser Einstein para ver a qué fuentes ha ido Turturro a inspirarse. Pero sabe entretejer conversaciones con ritmo y retratar la diversidad de Nueva York. Compone personajes rocambolescos (Schreiber) y con trasfondo (Paradis), aunque en otros se queda corto, como el suyo propio que queda muy plano, o el de Vergara, un estereotipo ya visto. En ocasiones se excede a veces en lo fácil: en chascarrillos picantes ya manidos y que quedan un poco obsoletos. 
No obstante, el ya cinco veces director de cine confecciona una sátira que no se hace pesada y que se hace grata con la mezcla entre lo jocoso y lo tierno.
Lo mejor: Algunas frases y situaciones, propias de la cosecha de Allen.
Lo peor: Algunas frases y situaciones, que son clichés.
Por María Aller