Dentro del  vasto despliegue de intensidad narrativa y emocional que rige el universo de la nueva obra de Julio Medem co-existen, como en su anterior filme Ma ma (2015), unas formas sutiles, una elegancia asombrosa y una poética cargada de simbolismo provocador, pero sobretodo un exceso de sentimentalismo, una escritura enfática y una superficialidad actoral que finalmente acaban por ganarle la batalla a ese otro Medem que reviste todo de seda y que resulta difícil no admirar, aquel que dirigió La Ardilla Roja (1993) o Tierra (1996).

¿Cómo de fina es la línea que separa una apuesta extrema por lo sentimental al borde de la taquicardia argumental con el coqueteo cercano al culebrón? Tal vez el problema no radique tanto en esta sombría historia reconstruida por una joven pareja en un antiguo caserón familiar, sino en cómo el autor de Habitación en Roma (2010) fuerza la máquina desde el inicio de la película; donde un plano aéreo introduce los créditos mientras un piano suena vigorosamente de fondo hasta bien entrada la primera escena y una vez aparecidos los personajes. Más que establecer el tono melodramático de la obra, la puesta en escena del autor vasco provoca cierto rechazo instintivo y serias dificultades para que el espectador se vincule de forma más orgánica con el desarrollo de una obra que cada vez se ramifica más y más y que no deja de incorporar elementos narrativos (¡cuántos giros y saltos temporales y espaciales!) en vez de desarrollar una aproximación formal; aquí reducida a cierto virtuosismo ocasional, y siempre subordinada a aquello que está escrito, literalmente.

La rigidez del propio relato acaba definiendo siempre el registro actoral del conjunto, que en este caso no fluye en ningún momento, tensionado por las apasionadas circunstancias que rodean a sus protagonistas y a dos familias llenas de secretos, traiciones y mentiras. En toda su autoimpuesta coralidad, El árbol de la sangre no deja espacio al desarrollo pausado del personaje como garante de la potencial profundidad de toda obra orientada a una narración convencional. Rebeca (Úrsula Corberó) y Marc (Álvaro Cervantes) no consiguen llevar el peso de una película que, tal vez a causa de su continua divergencia narrativo-temporal, deja mucho que desear en cuanto a caracterización de personajes se refiere; bastante descafeinada por momentos, no logrando trascender la barrera del personaje que prevalece al actor que lo interpreta, muy característica de cierto cine comercial.

Resulta paradójico entonces que sea el propio Medem el que no pueda sacar a relucir toda su maestría visual, que no pueda articularla en pos de controlar su propio guión, y que no haga suya esa feminidad; esa inteligencia emocional que él mismo retrata tan elegantemente en sus obras, y que al fin y al cabo, le pueda la visceralidad de un relato dominado por una masculinidad anfetamínica.

Lo mejor: Ciertas sutilezas simbólicas (no potenciadas).

Lo peor: Su exceso de ímpetu dramático.

Por Martí Soler Arce
@msoler_96