Comenzamos con este primer repaso el periplo de Redrum por el Atlàntida Film Fest, primer festival de cine online en nuestro país con ocho años de edad, cuyos contenidos no sólo abarcan cine, sino también música y conferencias. En esta primera entrega, los redactores encargados de su cobertura, hemos elegido para empezar nueve películas de las que os hablamos a continuación:

Holiday, de Isabella Eklöf (Dinamarca, 2018)

Etiquetada como una de las películas más controvertidas del festival, el debut de Isabella Eklöf tiene fuerza, una puesta en escena interesante y mucho, mucho atrevimiento. Sin embargo, a su propuesta se le acaban por ver descaradamente las costuras, pues resulta un sofrito ligeramente anodino del cine de Haneke, Lanthimos y, por qué no, Winding Refn. Sin duda, la directora arriesga con algunas de las decisiones que refleja el film, pero su trabajo se resiente cuanto más evidentes son sus referencias. Además, la secuencia polémica por excelencia, comparada -con discutible criterio- con la violación de Irreversible (Irréversible, 2002), resulta innecesaria, no por explícita, sino por su irritante y obvio objetivo de herir sensibilidades. Por Javier G. Godoy

El caso Kurt Waldheim, de Ruth Beckermann (Waldheims Walzer, Austria, 2018)

Ruth Beckermann estuvo allí. Con su cámara fue registrando, en el lejano 1986, la creciente tensión entre defensores y detractores del candidato a la jefatura del Estado Austríaco, Kurt Waldheim: el diplomático que fuera dos veces Secretario General de la ONU; el nazi que -como se demostraba a pocas semanas de las elecciones- había ocultado su oscuro pasado al mundo entero. A través de imágenes propias y de otras de archivo, a las que añade su comentario en off, Beckermann se sirve de aquel episodio para realizar un valiente ejercicio de purificación de la memoria histórica del pueblo austriaco, aquejado hasta hoy -asustan los paralelismos entre Waldheim y Strache- por el cáncer del nazismo. Por Rubén de la Prida

The Great European Cigarette Mystery, de Jeppe Rønde (Dinamarca, 2017)

A falta de ver la versión íntegra de The Great European Cigarette Mystery, aparentemente condenada al ostracismo por diversos pleitos legales y amenazas, podemos decir que la obra de Jeppe Ronde en su versión de 57 minutos se merece una reprobación en cuanto a ética documentalista y ejemplo de investigación periodística. La película narra uno de los casos más controvertidos de lobby ocurridos en la Unión Europea por parte de la industria tabacalera, que acabaron afectando al comisario europeo John Dalli y al presidente de la comisión José Manuel Barroso. En su conjunto todo el proceso se percibe como una pseudoinvestigación periodística canalizada a través de una pareja de pintorescos periodistas, cuyo único interés parece ser complicar la trama de forma estúpida con decisiones de pirómano y, en definitiva, añadir una vacuidad conspiranoica a una realidad que ya de por sí la contiene. Por Martí Soler Arce

© Sonntag Pictures / Against Gravity / British Broadcasting Corporation (BBC) / Danmarks Radio (DR)

Sami Blood, de Amanda Kernell (Sameblod, Suecia, 2016)

La escena, hacia el final del metraje, en la que Elle-Marja (espléndida Lene C. Sparrok) intenta someter a un reno, resume bien el fondo de la premiada ópera prima de Amanda Kernell: no es posible alcanzar el propio destino sin oponerse con violencia a las fuerzas que intentan aniquilarlo. La xenofobia y el machismo tratan de derrotar a Elle-Marja con la misma vehemencia que el animal. La joven lapona, sin embargo, decide hacerles frente y ser artífice de su propia existencia. La dura lucha de una mujer en pos de su libertad queda suavizada por la delicada puesta en escena de Kernell y por la difusa luz nórdica que todo lo invade, resultando así una obra interesante, equilibrada, serena. Por Rubén de la Prida

The Wild Boys, de Bertrand Mandico (Les garçons sauvages, Francia, 2017)

Después de dedicarse por años a la creación de cortometrajes resbaladizos a la etiqueta y la categoría, debido a su insistencia en la permanente búsqueda, Bertrand Mandico se crece y prueba con el largometraje al dirigir Les garçons sauvages, obra a partir de la cual este año todo ya es margen. Es en este sentido que esa capacidad de detenerse en la exploración por la exploración se extiende hasta filtrarse en varios niveles y desde diferentes sentidos. Así, mientras el director de Toulouse hace crecer todo a partir de un juego según el cual una serie de actrices encarnan el sexo opuesto para volver a retomarlo después de un proceso de deconstrucción sometido a los caprichos narrativos, será el propio relato el que toma la batida de nuevos territorios y placeres como principal objetivo. Pero son estos dos elementos y sentidos del término los que quedan relegados a un segundo plano si atendemos a la verdadera exploración que supone la búsqueda formal descontrolada y loca que Bertrand Mandico aquí lleva a cabo. Un coqueteo con la forma que, refiriendo a obras del pasado, termina por lanzarse hacia múltiples direcciones. Todo un dolor de cabeza para aquel ala crítica enquistada en nuestra cultura que, iluminada por no sé qué aliento divino, sigue manteniendo como dogma único y absoluto que la estética debe estar al servicio de la historia (y que fuera de esto ya hablamos de provocación), sin comprender todavía que son muchas las veces en las que el gesto, e incluso el regodeo estético en sí mismo, pueden convertirse en la más bella y completa expresión del Cine. Por Pablo Castellano

Quiero lo eterno, de Miguel Ángel Blanca (España, 2017)

Película que pretende ser el reflejo de una generación criada en la exposición pública de su intimidad, a la que han contribuido el asentamiento de las Redes Sociales. A través de las reflexiones y acciones de los jóvenes protagonistas, con un pie en el estribo de la marginalidad, se muestra una sociedad amoral y banal, dada al ocio fácil, y en permanente conexión móvil. Esta trama se intercala con la irrupción de una trama paralela, en lo que parece ser un thriller con tintes espirituales y metafóricos. Con unos diálogos y situaciones forzadas y carentes de interés, podría tener su punto fuerte en la forma rabiosa y un tanto amateur en la que rueda su director, sin embargo esto tampoco ayuda a que se pueda empatizar con sus intenciones. Por Javier Martín Corral

Federal, de Albert Solé (España, 2017)

Del director de Bucarest, la memoria perdida (Bucarest, la memòria perduda, 2008) encontramos en el festival Federal (2017), un decepcionante largometraje de una hora de duración, que no deja de ser un reportaje interesante y de imperante actualidad sobre el modelo de construcción europeo pero que no debería calificarse como documental ya que cinematográficamente no propone nada y tiene una clara vocación de obra puramente periodística. Aun así clama el cielo el pobre montaje sonoro de toda la pieza, que se construye casi únicamente a partir de entrevistas y de una voz en off excesivamente radiofónica. Complementando la imagen de las entrevistas, se incluyen de forma constante imágenes de archivo (algunas muy poco trabajadas en su selección) y diversos timelapse de paisajes urbanos de ciudades europeas. La obra de Albert Solé peca en general de un exceso de autocomplacencia respecto a la ideología política que defiende, y por otro lado le falta desarrollar un análisis más específico de las dificultades que propone el modelo federal. Por Martí Soler Arce

I’m A Killer, de Maciej Pieprzyca (Jestem morderca, Polonia, 2016)

Ambientada en la década de los 70 en la Polonia satélite de los soviéticos, narra en forma de thriller clásico el caso del mayor asesino en serie del país. Una trama que sigue de cerca en una trepidante acción al policía al mando de la investigación, su trabajo, sus frustraciones, sus éxitos, y su descenso a los infiernos burocráticos, familiares y personales. Maravilloso montaje y una música bebop que recuerda a los clásicos.  Sigue la estela de éxitos como Zodiac (2007), Memories of murder (Salinui chueok, 2003), o el maravilloso telefilm Citizen X (1995) protagonizado por Stephen Rea. No aporta nada nuevo al género, pero no hace perder el interés en sus casi dos horas de metraje. Por Javier Martín Corral

El venerable W., de Barbet Schroeder (Le vénérable W., Francia, 2017)

El director de origen suizo cierra su trilogía sobre el mal con este duro monográfico acerca de la figura de Ashin Wirathu, monje budista y antimusulman cuya influencia sobre miles de personas provocó la limpieza étnica de ciudadanos rohingyas en Birmania. Aún con la actualidad manchada de sangre, Schroeder da la oportunidad al monje de explayarse en sus ideas poco antes de que el espectador repare en las contradicciones del representante de una religión abanderada por el pacifismo con su filosofía reaccionaria y supremacista. Así, el trabajo de Schroeder supone una interesantísima disección, no sólo de un peligroso líder manipulador, sino del estado de una sociedad vulnerable ante los estímulos que proponen la violencia desmedida como acción revolucionaria. Por Javier G. Godoy