Berlín, 1989. El comunismo se desploma y el Telón de acero está a punto de caer. La ciudad es un hervidero de espías que se entrecruzan con los habitantes de la cuidad en plena explosión de alegría por poner fin al descontento social. La agente del MI6 Lorraine Broughton (Charlize Theron) ha sido enviada para investigar el asesinato de otro agente británico además de intentar recuperar una importantísima lista con los nombres de los espías destacados allí.

Esto es Atómica (Atomic Blonde, 2017), la historia que ha elegido la actriz sudafricana, también productora del film, para unir su talento al del director David Leitch, uno de los artífices (junto a Chad Stahelski) de la película de acción (ya convertido en un film de culto) John Wick (2014), con la que comparte algunas similitudes. Y digo ha elegido, porque además de actuar, se juega el sueldo en la búsqueda de nuevos personajes para su carrera con los que pueda desempeñar diferentes roles y dejar claro que ellas tienen mucho que decir. Sin ningún tipo de dudas, la actriz lo consigue. El personaje de Lorraine es un compendio de virtudes de los “action héroes” complementadas por una personalidad moderna a pesar de que el relato transcurra en 1989, una capacidad de decisión sin límites y una fiereza inesperada. Es una autentica profesional, autónoma e independiente, que comprende que su misión está por encima de cualquier otra consideración, y hará lo que sea para llevarla a cabo. Se revela pues, que estos personajes femeninos son absolutamente necesarios en la sociedad actual, a menudo disfrazada de falsa equidad. Tan necesarios como Cersei Lannister, Daenerys Targaryen o el personaje de Laura Linney (que ya fue una magnifica Lady Macbeth en Mistic River) en la recién aparecida serie Ozark (2017). Mujeres estas de armas tomar, dueñas de su albedrío y de la potestad total de sus propias decisiones que, como en el caso de Lorraine Broughton, viven su sexualidad libremente y desarrollan sus posibilidades profesionales al máximo nivel.

El film une la estética postmoderna, de la saga Bourne a Kingsman, pasando por la ya comentada John Wick, con lo más clásico del género, porque aunque su historia sea convencional y ligeramente manida, el film exprime el argumento, saca buen provecho, y juega al engaño. Tiene agentes dobles (en la línea de la primera Misión: Imposible), tensión y huidas desesperadas, como homenajeando Marathon Man (1976). Teniendo en cuenta que la película carece de un guion con peso y mayor desarrollo de personajes, esta suple las carencias con acción a raudales, persecuciones impactantes y peleas que harían palidecer a los Jason Stratham o Gerard Butler de las películas de acción contemporáneas. Y sí, tiene “esa” escena. Una, por la que merece pagar una entrada de cine. En este sentido, se nota la ambición como productora de Theron, que pone toda la carne en el asador (pasó meses preparando su cuerpo para dar vida a la agente y realizar ella misma este tipo de escenas) para llevar a cabo ese falso plano secuencia con un presupuesto “modesto” (30 millones de dólares) y lograr un resultado sencillamente admirable. Posiblemente, la mejor secuencia de acción del año.

Otro de los rasgos que definen al film es una banda sonora superlativa, un recopilatorio musical reflejo de la época, de tal magnitud y calidad en los temas, que nos coloca ante la paradoja de que en ciertos momentos del film, la música reste y no sume, estando más presente de lo que debiera dentro del desarrollo de la trama. Sin embargo, puede servir para afrontar uno de los desafíos del film: captar a ese sector del público joven, menos familiarizado con el contexto histórico en el que se desarrolla (hace casi treinta años) donde no existían los móviles, las tablets, o la actual sobredosis de información.  Estoy seguro de que si eligen ver las aventuras de esta “James Bond rubia” no saldrán decepcionados.

Lo mejor: Charlize Theron, ¡brutal!.

Lo peor: los prejuicios con el cine de acción y sus posibilidades de sorpresa.

Por Javier Gadea
@javiergadea74