Resulta difícil de entender por qué en época estival la cartelera se relaja de tal manera que, generalmente y por encima de todo, acoge franquicias, superhéroes, animación ligera (perfectas para los niños), y poco más. Hay vacaciones, jornadas intensivas en los trabajos… en definitiva, más tiempo para ver cine, pero menos opciones. Sólo excepciones como las programaciones alternativas y la proyecciones especiales de ciertos cines de las grandes ciudades, dan la alternativa a la corta lista de largometrajes que llegan a la cartelera durante los meses de verano.

Baby Driver (2017), título tomado de una canción de Simon and Garfunkel, podría haberse estrenado en cualquier momento de año, pero qué duda cabe de que le viene bien a este caluroso verano donde se agradece una aparición como esta. Porque, si bien la cinta es un puro entretenimiento, está escrita y dirigida por un director solvente, tiene un montaje trepidante, un guión agil y verosímil, contiene diálogos divertidos y una banda sonora de lo más emocionante.

Desde el primer plano de su metraje,  donde vemos una rueda que se detiene en el asfalto, Edgar Wright nos deja claro que el coche será un personaje importante. El realizador inglés, que posee una amplia carrera en la televisión y el cine de su país y ha ido haciéndose un nombre internacional gracias a la llamada “Trilogía del Cornetto”, domina el uso de la cámara, la planificación de las persecuciones, y el ritmo narrativo de estilo frenético; todo esto se encuentra bien mezclado en Baby Driver, que cuenta con una historia y personajes que logran despertar nuestro interés. Parece clara, por tanto, la influencia de la mítica Bullit (1968), detalle que Wright mismo reconoció en una entrevista a propósito del inminente estreno. Por otra parte, también pueden deducirse otras referencias más actuales, como por ejemplo Drive, dirigida por Nicolas Winding Refn en 2011.

El salto del realizador británico a Hollywood, se complicó cuando renunció a dirigir Ant-Man (2015) para Marvel: la factoría del cómic no aceptó su guion y el decidió que no dirigiría el de otro. Sin embargo, en esta ocasión ha sido diferente y, según sus propias declaraciones, ha tenido libertad total, pudiendo contar con actores de la talla de Kevin Spacey (que demuestra una vez más que es un todo terreno y que la comedia le sienta como un guante), Jamie Foxx o Jon Hamm (el protagonista de la aclamada serie Mad Men). Por su parte, un desconocido Ansel Elgort, que es el conductor apodado Baby, ha resultado un actor con presencia y carisma, capaz de soportar el duelo interpretativo. Los papeles femeninos, pequeños, están a cargo de Lily James (Downton Abbey) y Eiza González, actriz muy conocida en su México natal.

Edgar Wright ha cuidado todos los detalles de su obra. Es satisfactorio comprobar que, a pesar de ser un film con la etiqueta de “para pasar un buen rato”, tiene sello de autor, y no huele a simple encargo. Está rodada con mimo, y su tremenda banda sonora no está elegida por casualidad (también ha compuesto su parte instrumental el oscarizado Steven Price). Su canciones van encajando en la trama a la vez que relatan la historia al ritmo de clásicos inmortales del rock, el rhythm and blues, o el folk más pegadizo.

Lo mejor: el frenético ritmo musical marca el narrativo.

Lo peor: es posible que tenga más calado su banda sonora que la propia película.

Por Sandra Sedano
@ReggieHolly