Llega a nuestros cines Ballerina (2016), película de animación francesa codirigida por Éric Warin y Éric Summer (ópera prima del primero y primer trabajo para la gran pantalla del segundo). Antes de entrar a desarrollar qué convierte a Ballerina en un film poco destacable, debemos subrayar que el principal problema no es la cinta en sí, sino el extraordinario momento que atraviesa el cine de animación (no hay más que echar un vistazo a las nominaciones de esta categoría en la inminente entrega de los Óscar), tanto por parte de los grandes estudios internacionales (Disney, Pixar y DreamWorks) como por parte de otros más modestos como Aardman o Laika. Parece ser que la importancia y la seriedad que se ha dado siempre a este tipo de cine en Oriente (especialmente en Japón) por fin se ha contagiado a Occidente, con lo que, gracias al peso de estudios nipones como Ghibli o Madhouse, el cine animado estadounidense y europeo lleva años aportando un tratamiento mucho más maduro, profundo y rico aun cuando se dirige al público infantil. Y esto es algo a lo que Ballerina no parece aspirar.

Ballerina cuenta con un diseño de producción formidable y una construcción de espacios delicadísima, pero no sorprende en absoluto a los conocedores del cine de animación, resultando incluso torpe en lo que a la presentación de un arte tan delicado como la danza se refiere. Y es que los intentos de la cinematografía europea de calcar el estilo de Hollywood suelen quedarse en el clásico “quiero-y-no-puedo”: ¿es Ballerina visualmente espléndida por sí sola? Por supuesto. ¿Lo es en relación a la evolución del cine animado? En absoluto. Y es que para competir con Hollywood, el cine de animación europeo no tiene más remedio que recurrir, bien a un tratamiento visual apartado de los cánones (como es el caso de Ernest & Célestine (2012), pequeña joyita francesa que logró incluso ser nominada al Óscar), bien a un guion completamente alejado de los tópicos americanos. Tristemente, tampoco logra Ballerina triunfar con respecto a este segundo punto, ya que adolece de un tratamiento narrativo simpático pero excesivamente infantil.

Nos encontramos ante una película sobre y para niños, algo perfectamente lícito y loable que, sin embargo, sabe a poco al recordar todos esos éxitos animados capaces de maravillar a niños y adultos por igual. Sin dobles lecturas ni búsqueda de trascendencia, Ballerina se desarrolla en base a una estructura simple y bastante predecible, separando el bien y el mal de manera clara y mostrando una lucha por los sueños excesivamente irreal: ¿en serio tenía que contar la protagonista sólo con unos días para ser la mejor bailarina joven de París? Que una película sea infantil nunca debería ser una excusa para prescindir de la imaginación, más bien todo lo contrario. Esta falta de innovación se aprecia también en el desarrollo de los personajes secundarios, que se encuentran a años luz de la riqueza de los popularizados por la factoría Disney.

Aun así, Ballerina cumple su función con solvencia. La obra es altamente divertida para los más pequeños, que indudablemente se identificarán tanto con la soñadora protagonista como con su alocado mejor amigo. Además, aun olvidándola pronto, los adultos también sabrán disfrutarla en compañía de sus hijos. De hecho, Ballerina es una película entretenida a la que, desde el punto de vista infantil, puede achacársele poco más allá de transmitir una idea harto simplona sobre la (im)posibilidad de hacer realidad los sueños. Confiemos  sencillamente en que Éric Warin y Éric Summer sean más ambiciosos en el futuro.

Lo mejor: su trabajado aspecto visual.

Lo peor: el matiz infantil está demasiado acentuado.

Por Martín Escolar-Sanz