A la hora de abordar la adaptación a la gran pantalla de una serie de televisión que, un par de décadas atrás, se convirtió en un icono de la cultura pop, se han podido ver de manera más o menos reciente dos aproximaciones opuestas, pero igualmente efectivas. Si en El equipo A (The A-Team, 2010), Joe Carnahan elegía un tono de comedia autoconsciente capaz de jugar con todo aquello que ya en los ochenta tenía de risible la obra original, más recientemente Dean Israelite tomaba en su Power Rangers (2017) la vía del respeto reverencial y la actualización de lo pulp. Posiblemente el pecado original de Baywatch: los vigilantes de la playa (Baywatch, 2017) sea tratar de hacer ambas cosas a la vez para acabar no siendo ninguna de ellas: al final, inevitablemente, la cinta de Seth Gordon acaba por convertirse en aquello que pretende parodiar.

Para colmo de males, ni siquiera funcionan esas dos vertientes por separado, por culpa de un guion que no parece tener en alta estima ni a sus espectadores ni a la serie. Al fin y al cabo, si algo rezumaban los filmes de Carnahan e Israelite, por distintas que fueran sus aproximaciones, era cariño por la obra que adaptaban. Como comedia, el humor soez y ramplón de estos nuevos guardacostas alcanza cotas de sonrojo, haciendo que los gags de ‘La ostra azul’ de Loca academia de policía parezcan, por comparación, una película de Billy Wilder. Especialmente sangrantes resultan unos diálogos que, a la vista de las tomas falsas incluidas en los créditos finales (su mera inclusión es quizá lo más noventero del film), parecen haber sido improvisados íntegramente por sus actores, y poseen más genitalidad que corrección gramatical. Tampoco se redime por un presunto carácter transgresor: las bromas con la anatomía femenina caen, una vez más, en la cosificación, mientras los que se refieren a la masculina (chistes de pollas, para entendernos: no es que la propia película utilice otro lenguaje más sofisticado) se basan en la ridiculización, por lo que no sirven para equilibrar la balanza de la zafiedad machista. El apunte autoparódico de la cámara lenta (que ya lo hicieron mejor Pat Proft y Leslie Nielsen en Vaya un fugitivo) pierde su potencial cómico al ser empleado simultáneamente de manera nada irónica de forma habitual durante todo el metraje.

En esta búsqueda infructuosa de su propia identidad, su fracaso como comedia esconde otro similar como película de acción. La ¿trama? se desarrolla a trompicones, con deducciones improbables y sobreexplicadas, y el macguffin apenas se reduce a unas bolsitas de droga cuyo mayor peligro social parece ser el ensuciar insistentemente la arena de la playa (todo un alegato medioambiental, cabe suponer). Si la esencia de una obra se encuentra en los pequeños detalles, la construcción de una injustificable hoguera solo para que los vigilantes puedan conversar a su alrededor delata la condición de mero escaparate de la propuesta.

La apuesta nostálgica corre una suerte aún peor. Los cameos (elevados engañosamente a coprotagonistas por los créditos iniciales) están fuera de lugar, ¡incluso diegéticamente! La anunciada aparición de David Hasselhoff plantea un juego de dobles identidades (¿o de personalidades esquizoides? ¿o realidades alternativas? ¡¡¿viajes en el tiempo?!!) que no se llega a explorar, quizá por la falta de confianza de los guionistas en la inteligencia de su público potencial. Un proceso de idiotización al que también someten a los personajes, que en la serie no caían en una simpleza de tal calibre y estaban considerablemente más perfilados. Una comparación que, si se piensa, ya es grave. Al fin y al cabo, hasta en la otra Los vigilantes de la playa (1989-2001), Pamela Anderson tenía líneas de diálogo.

Lo mejor: que sirva, por comparación, para revalorizar la serie original.

Lo peor: que incluso quienes disfrutaron de la serie no encontrarán rastro de su veraniego atractivo.

Por Cristina Aparicio / Juanma Ruiz
@Crisstiapa / @JuanmaRuizP