El festival de Cine de Berlín es uno de los eventos cinematográficos más relevantes del año. De su Sección oficial y resto de secciones paralelas han surgido largometrajes de toda temática y nacionalidad, un batiburrillo anual de gran cine del que harían falta muchos recopilatorios como este para repasar con exhaustividad. Sin embargo, de entre tantas imprescindibles, hemos seleccionado cinco películas que consideramos tan necesarias como todas aquellas que nos dejamos en el tintero. Y es que 71 años de Berlinale dan para cinco trabajos… y muchos más.

El prestamista (The Pawnbroker, Sidney Lumet, EE.UU, 1964)

El Festival de Berlín de 1964 premió con el Oso de Plata una de las grandes interpretaciones de aquella década. Rod Steiger se transformaba en Sol Nazerman, un prestamista judío en Harlem, para construir un personaje complejo y desgarrador, un hombre sin fe convertido en una figura vacía y un alma en pena. Así, a través de esta víctima del Holocausto, Sidney Lumet rodó una película poderosa en lo emocional con las disruptivas formas del Nuevo Hollywood y la música del mítico Quincy Jones. Un film marca de la casa -qué imponente aquella encrucijada de Doce hombres sin piedad– sobre miradas perdidas, sociedades heridas y los ecos infames de los campos de concentración. J.G.

Bloody Sunday (Paul Greengrass, Reino Unido, 2002)

Nunca una cámara en mano había expresado con tanta fuerza el dolor, la rabia, las consecuencias de la intolerancia y la violencia desmedida. Paul Greengrass se sumergió en el conflicto irlandés relatando los hechos ocurridos el infame 30 de enero de 1972 en Derry, cuando soldados británicos dispararon contra manifestantes en la ciudad norirlandesa. El realizador de United 93 (2006) o Capitán Phillips (Captain Phillips, 2013), le daba a la película un impactante formato documental, por lo que el resultado fue una narración meticulosa e hiperrealista que en ningún tramo perdía su esencia de crónica histórica, detalle crucial para evitar caer en el panfleto político. La Berlinale le concedió al film el ansiado Oso de Oro ex aequo con El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi , 2002), otra de las grandes joyas que han pasado por el certamen alemán. J.G.

Nader y Simin, una separación (Jodaeiye Nader az Simin, Asghar Farhadi, Irán, 2011)

El encuadre como ventana al mundo es el primer elemento de la puesta en escena que esgrime el realizador Asghar Farhadi, un arranque con el que sienta las bases del resto del film. El trabajo del iraní en Nader y Simin, una separación, Oso de Oro a la Mejor Película, alcanzó altas cuotas de depuración de un estilo personal aséptico ya presente en el resto de su filmografía. Puesto el foco en las desavenencias de un matrimonio, el largometraje inspecciona las relaciones, las tensiones sociales e ideológicas desde la óptica del realismo. La cinta comparte con otros títulos del director como El viajante (Forushande, 2016) o A propósito de Elly (Darbareye Elly, 2009) la introducción de un elemento que desestabiliza la narración, siendo la reacción a dichos acontecimientos lo que ocupe el centro del relato. La película resulta una amalgama de géneros cuya atmósfera transpira de los elementos del thriller judicial, el drama social y el melodrama: una condensación que responde al objetivo último del film, la realidad como punto de partida con todas sus aristas. C.A.

En el nombre del padre (In the name of the father, Jim Sheridan, Irlanda, 1993)

El Oso de Oro de 1993 era una dura historia basada en hechos reales que criticaba de manera airada y directa las revueltas, el sistema de prisiones y las corrupciones policiales que vivió la sociedad británica de los años 70.  Apoyado en un excelente guión del propio Sheridan y Terry George, la película hacía hincapié en uno de los errores judiciales más vergonzosos del sistema, realizando a su vez un alegato a favor de la justicia y contra la necesidad de crear falsos culpables en la lucha contra el terrorismo. La cinta fue todo un éxito de crítica y público gracias, en gran parte, a la sublime interpretación de un joven Daniel Day Lewis. Para meterse en el piel de este gamberro acusado de colaborar con el IRA, el actor ganador de tres Premios Oscar, decidió adelgazar trece kilos, pasar un largo periodo de tiempo en aislamiento y exigirle al equipo técnico que le insultasen y tirasen cubos de agua fría. D.A.

Taxi Teherán (Taxi, Jafar Panahi, Irán, 2015)

El último trabajo del iraní Jafar Panahi, Oso de Oro al Mejor Película en 2015, viene a ser todo un compendio de elementos presentes en el resto de su filmografía: un recorrido (en taxi) por aquellos lugares que su cine ha transitado, radiografiando una sociedad opaca y de dificultosa representación. Y es que la libertad de expresión colisiona frontalmente con la censura de un país donde el cine es parte esencial de identidad. En este clima de represión, Panahi, inhabilitado como cineasta por una sentencia del Tribunal Supremo de Irán, encuentra los mecanismos para sortear dicha censura y poder seguir realizando lo que es vocación. Junto con Esto no es una película (In Film Nist, 2011) y Pardé (Closed Curtain, 2013), el iraní compone un tríptico de resistencia cinematográfica donde, no solo se sirve de las herramientas del audiovisual en su lucha y resistencia para realizar una película sino que lo emplea para plantear una reflexión acerca del propio cine. La realidad, materia prima del cine del iraní, se convierte en el elemento más importante en Taxi Teherán: la cámara colocada en el salpicadero del coche registra los momentos entre el conductor (el propio Panahi) y los distintos pasajeros que entran en el coche. De esta manera, la cámara se convierte en testigo de lo cotidiano, una posición que ostenta el propio realizador al servirse de distintos elementos de su contexto inmediato (cámaras de móvil o webcam), convirtiendo su mirada en espejo. Porque, en definitiva, para Jafar Panahi, el cine viene a ser el arte de lo real. C.A.

 

Selección realizada por: Javier G. Godoy (@blogredrum), Cristina Aparicio (@Crisstiapa), y David Areces.