Era 1988 cuando hizo su primera aparición el más famoso (¿y único?) bioexorcista del cinematógrafo, un descarado difunto cuya presentación rezaba lo siguiente: “Llámenme tres veces, ¡llamen ya! Y recuerden: comeré lo que quieran que coma, cagaré lo que quieran que cague… ¡Venga ya!, ¡me comeré un perro!”. Tan atónito ante el spot publicitario como los Maitland (el fallecido matrimonio interpretado por unos jovencísimos Alec Baldwin y Geena Davis), el público compartía con la pareja la inexplicable atracción por este ser fascinante y desagradable a partes iguales, al que, ¡por favor!, nadie quería ver comiéndose a un perro.

Han pasado treinta años y el impulso irrefrenable de decir “Bitelchús” tres veces es tan intenso que uno se cuestiona si la nostalgia es tan adictiva, o si se conjugaron los ingredientes correctos para dar con la fórmula del éxito. Aquí van cinco de esos elementos:

1. CUANDO TIM BURTON AÚN ERA TIM BURTON

Atmósfera crepuscular, atrezzo de las películas de horror de los años 20, escenarios apuntalados por esquinas desiguales… el universo burtoniano conquistó Hollywood y lo siguió haciendo mientras sus protagonistas fueron carismáticas figuras tenebrosas, desdichadas y caóticas en un entorno afín, donde ambos elementos se complementaban y nutrían ofreciendo un festín sombrío (y edulcorado, sí), de gótica fantasía costumbrista y humor negro. El segundo largometraje de Burton contiene esas señas de identidad que hicieron del estilo visual del californiano uno de lo más rápidamente reconocibles. Destaca el tono cómico de la cinta donde cobran fuerza los gags visuales (aquí la maqueta se vuelve esencial) y un guion mordaz que transita lo macabro con absoluta ligereza.

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2. BITELCHUS ANTES DE BATMAN

Anterior al tándem Burton-Depp, Michael Keaton fue el primero en dejarse atrezzar por el cineasta para encarnar dos de los personajes más carismáticos de su universo. Antes de convertirse en el hombre murciélago al que una y otra vez se vuelve para hacer la comparación de rigor entre los batmans sucesivos, Keaton se embutió en la piel de este exorcista de vivos que dejó su impronta, en parte, gracias a su labor interpretativa.

Soez, descarado e inestable, sus escasos minutos en pantalla no hicieron más que engrandecer la leyenda e incrementar el deseo de su llegada. Y  mientras se guardaba un lapo para luego en la solapa de su chaqueta, explicaba entusiastamente su curriculum vitae: “Estudié música, me gradué en la escuela comercial de Harvard, he viajado bastante, sobreviví a la peste negra, y lo pasé en grande mientras duró. He visto el exorcista 167 veces y cada vez que la veo la encuentro más graciosa. Aparte de que estáis hablando con un muerto, ¿qué os parece?, ¿tengo alguna posibilidad?”. Toda una carta de presentación que anticipaba las triquiñuelas torpes, chapuceras y pervertidas perversas que estaban a punto de aparecer.

3. ¡CALIPSO!

¡Con la música a otra parte!. O eso debieron pensar que sucedería cuando a ritmo del Banana Boat Song, Bárbara y David (los Maitland) intentan asustar a los nuevos huéspedes que ocuparon su casa tras su muerte. Un playback de ultratumba, una posesión rítmica infernal, una conexión psíquica caribeña que lejos de aterrar, dejó para la posteridad una de las escenas más divertidas dentro de la filmografía de Burton. La elección musical de Harry Belafonte fue el contrapunto perfecto, transformando una cena esnob, insustancial y elitista en una sesión de espiritismo musical, coreografiada (baile en grupo incluido) alrededor de una mesa.

4. MEZCOLANZA ANIMADA

Desde las rayas blancas y negras tan propias del imaginario de Burton a los ojos excesivamente grandes y sombríos, Bitelchús se encuentra plagada de anticipos de lo que está por venir: desde Jack Skellington a los pendientes de murciélago, la misma Bárbara termina convertida en una novia cadáver. El propio estilo visual de la cinta cuenta con las constantes formales de un cineasta capaz de incorporar la animación e integrarla para dar coherencia así a un universo muy singular. La grandiosa creatividad de Burton queda reflejada en el despliegue de técnicas empleadas en el film que van desde el stop motion al uso de prótesis y otros maquillajes estrafalarios. De gran calidad artesanal, el resultado pretende humanizar la parte más irreal de la historia, recreando a la vez la atmósfera propia de las películas de serie B en las que se inspira.

5. MANUAL PARA RECIÉN FALLECIDOS

Y si algo se puede encumbrar a la cima de todas las genialidades de las que goza la cinta, sería el mundo de los muertos ideado por Burton. Ni cielo, ni infierno: una delegación de hacienda. El humor negro le sirve al cineasta para reírse de la mismísima muerte. Y mientras la sala de espera se llena de lo que podría ser un catálogo de fallecimientos absurdos al más puro estilo Edward Gorey, el tiempo va haciéndose cada vez más denso, terminando por hacer evidente y palpable el concepto de eternidad.

Burocrática y aburrida, la vida que hay después de morir es una continuación de la anterior pero rellenando formularios y haciendo los trámites de rigor (de ahí que la defunción venga con manual de instrucciones). Ni apacible y tierno, ni cruel y aterrador; aquí el mundo de los muertos es un más de lo mismo, pero más tedioso y absurdo del que uno no puede escapar. Y visto así, ¿quién no estaría tentado de decir Bitelchús tres veces?.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa