Agosto de 1967. Lejos quedan aquellas míticas películas de gangsters de los años 30 cuyo único fin era mostrar a la sociedad el desenlace trágico al que estaban abocados todos aquellos que se dedicaban al fraude, la extorsión, el robo y el asesinato. Ya no existe esa preocupación por dejar claro desde el principio que entre las intenciones del film jamás se encontrará la de ensalzar las acciones del gangster representado (aunque supuestamente fuera ficticio), por lo tanto ya no es necesario dedicar los primeros segundos de metraje a rótulos como “el que vive por la espada, muere por la espada” –Hampa dorada (Little Caesar, Mervyn LeRoy, 1931)– o a otros más directos como “el deseo de los autores de esta película es reflejar con honradez el ambiente reinante en ciertos estratos de la vida americana, y no glorificar a maleantes y criminales. Aunque esta historia es real, todos los nombres y personajes que aparecen aquí son pura ficción” –El enemigo público (The public enemy, William A. Wellman, 1931)–.

Eran otros tiempos, tiempos en los que los rescoldos de la mafia aún estaban candentes en unos Estados Unidos en los que el equipo de una película que trataba este tema podía estar en peligro si no tenía cuidado con lo que hacía y con cómo lo hacía (si, por ejemplo, no escondía el nombre del protagonista que acabará con el cuerpo lleno de plomo). Atrás quedó, en definitiva, la época del control de las mafias en Estados Unidos… pero otra época llegó. Corren los años 60, nos encontramos en plena década contracultural tanto en el gigante americano como en todo el mundo: los gritos de “paz y amor” y “haz el amor, no la guerra” cimentaron un movimiento hippie que nació como oposición a la Guerra de Vietnam y que vivirá su máximo apogeo en el conocido como Verano del Amor –el de 1967, exactamente el mismo en el que se estrenó Bonnie & Clyde–, la lucha por los derechos civiles y en pro de la comunidad afroamericana se convirtió en una constante en la sociedad estadounidense, diferentes movimientos estudiantiles tanto en Estados Unidos como en gran parte de Europa y de Latinoamérica abogaban por una mayor libertad de expresión y atacaban a la asentada sociedad de consumo; el ambientalismo, el feminismo, la revolución sexual, la liberación gay, la drogadicción recreativa… Todo, apoyado principalmente por una floreciente Nueva Izquierda Estadounidense, evidenciaba una desunión casi sin precedentes entre el gobierno y una sociedad norteamericana que decidió plantarse frente a sus políticas belicistas y nucleares y que se propuso quitarle las telarañas al rancio sistema establecido. Los ciudadanos de todo el mundo estaban hartos, el mundo entero clamaba por la paz: tras las dos guerras más devastadoras de la historia, se temía que las tensas relaciones internacionales desembocaran en algo más que la Guerra Fría que trataban de excusar los gobiernos. En este contexto de renovación y disidencia se estrena Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967), una película ambientada en los primeros años 30 que nos cuenta las vicisitudes de los fugitivos reales Bonnie Parker y Clyde Barrow. Ellos se hicieron famosos por asaltar bancos y burlar a las autoridades durante años, la película por ser considerada una de las primeras obras del cine moderno y precursora del Nuevo Hollywood junto con Easy Rider (Dennis Hopper, 1969). Pero, ¿qué es lo que la hace tan importante?

Solo si tenemos claro todo lo anterior podremos entender la trascendencia cultural de esta cinta, ya que en ella se nos retrata a dos enemigos de la ley pero amigos de la gente. Sin llegar a los extremos altruistas del legendario Robin Hood y su famoso “robar a los ricos para dárselo a los pobres”, ellos hacen buenas migas con cualquiera que no lleve esposas ni se hinche las arcas con dinero ajeno. Aunque no quisiéramos mencionar escenas tan clarividentes como en la que Clyde no coge el dinero de un cliente del banco alegando que es suyo y no del banco, o aquella en la que un campamento chabolista y de caravanas socorre a los malogrados protagonistas, el tratamiento de los personajes habla por sí solo: nos encontramos ante una descabellada humanización de lo que hasta entonces siempre solía ser el retrato de un ser maléficamente perfecto, astuto e implacable; aquí, en cambio, los héroes resultan ser personas que se tropiezan y se equivocan y a los que todo esto les provoca ataques de risa… como nos puede pasar a cualquiera. Una predominancia de conversaciones del más absoluto costumbrismo –no por ello exentas de sentimiento– y una manifiesta faceta humana de los personajes principales dan como resultado una película de gangsters en la que los atracos y los golpes se quedan en meras anécdotas. Considerando todo esto, es fácil comprender la simpatía que sintió el público de la época por estos dos entrañables “enemigos públicos”. Esta admiración llegó a tal punto que los sombreros y las boinas, prendas típicas de la época de la Gran Depresión que los protagonistas de la cinta lucían con un estilo y un garbo inigualables, volvieron a cubrir las cabezas de hombres y mujeres. Los armarios se llenaros de pantalones anchos con vuelta, chaquetas cruzadas y corbatas anchas, y en las peluquerías ellas volvieron a pedir radicales cortes de pelo a lo garçon, apostando así por la rebeldía sin renunciar a la elegancia. Por si fuera poco, en las carreteras se volvían a ver algunos modelos de coche míticos como el Citroën “Pato”. El hecho de que un estilo vintage llegara principalmente de la mano de dos figuras del crimen era toda una declaración de intenciones por parte de una sociedad que entonces prefería a los “villanos” que se saltaban las leyes antes que a los políticos belicistas, al capitalismo de los bancos y a las opresoras autoridades.

Pero no solo por su repercusión cultural es importante Bonnie & Clyde, sino que Arthur Penn consigue realizar una película realmente formidable y muy innovadora en algunos aspectos cinematográficos (no debemos olvidar que este creador venía de estrenar La jauría humana (The chase, 1966), una obra capital que impactó fuertemente por su implacable análisis de la sociedad yanqui). Para entender esto hemos de echar la vista a las revoluciones cinematográficas que se dieron en los años 60 y que llevan por bandera un nombre propio: la Nouvelle Vague francesa. Las influencias de esta corriente europea en el film son evidentes, así se explican los movimientos de cámara al hombro, los sugerentes planos aberrantes y descentrados, el uso narrativo del plano detalle, las composiciones que fusionan a los personajes con los elementos del entorno, el austero empleo de la música, los silencios que empapan de realismo el metraje y uno de los elementos más característicos y maravillosos de la Nueva Ola Francesa: una faceta naif de los protagonistas que nos hace sentirlos más cercanos y humanos si cabe (el paradigma de esto es la escena de la carrera en el puente de la fantástica Jules y Jim (Jules et Jim, François Truffaut, 1961)). Todo esto conforma un valiosísimo “blockbuster de autor” cuyo mérito radica en la valentía de emplear una corriente formal innovadora y europea para desarrollar una base argumental propia del cine norteamericano más clásico, aunando así diferentes corrientes, espacios y tiempos en un mismo largometraje. Por eso hoy en día todo el mundo conoce Bonnie & Clyde mientras que no tantos recuerdan A quemarropa (Point blank, John Boorman, 1967), pieza considerada del mismo género pero con diferente ambientación, que se estrenó el mismo mes que la de Arthur Penn y que optó por un estilo más aséptico y convencional ya instaurado por las películas de James Bond.

Gene Hackman, Estelle Parson, Warren Beatty Faye Dunaway y Michael J Pollard.

Gene Hackman, Estelle Parson, Warren Beatty, Faye Dunaway y Michael J Pollard.

El tratamiento del personaje femenino y la sexualidad

Estos dos aspectos supusieron el impacto más rompedor del film en su momento, y le otorgan una vigencia y una actualidad soberbias. Desde el mismísimo Génesis de la Biblia (es decir, desde el principio de los principios) se muestra a la mujer como la culpable del mayor pecado de la humanidad: el Pecado Original. “Mentes arcaicas”, podrán pensar, pero si nos vamos a una fecha mucho más próxima en el tiempo, 1941, vemos que todas las desgracias y complicaciones a las que tiene que hacer frente el “bueno” de Humphrey Bogart en la película El último refugio (High Sierra, Raoul Walsh), vienen causadas por los sentimentalismos y debilidades de Ida Lupino. No es nada raro en este género cinematográfico –ni en ninguno, en realidad–: ya nueve años antes, en la extraordinaria Scarface, el terror del Hampa (Scarface, Howard Hawks, 1932), Paul Muni echaba a perder todo su imperio y su vida –literalmente– por culpa de un ambiguo sentimiento hacia Ann Dvorak. En 1949 se estrenan Al rojo vivo (White heat, Raoul Walsh) y El abrazo de la muerte (Criss cross, Robert Siodmak), films en los que los personajes principales femeninos son mujeres interesadas e infieles, pusilánime y quejica en el primero, manipuladora y fatal en el segundo. La cinta más parecida a Bonnie & Clyde en el aspecto argumental probablemente sea El demonio de las armas (Gun crazy, Joseph H. Lewis, 1950), por aquello de presentarnos una pareja de criminales que van haciendo de las suyas por los Estados Unidos sin dejarse cazar, en cambio el tratamiento de la coprotagonista no dista mucho de los descritos anteriormente: desde el principio se nos deja claro que él es “un angelito” y que no quiere utilizar las armas con ningún fin inmoral, sin embargo, ella se viste de demonio y se posa sobre su hombro para susurrarle al oído lo mucho que le amaría si fuera un atracador y las cosas tan bonitas que podrían hacer con el dinero robado… en definitiva: un chantaje sentimental llevará a ambos a la perdición (no en vano, el título alternativo con el que se estrenó en EEUU fue Deadly is the female, que literalmente significa “mortal es la hembra”).

Bonnie & Clyde también fue rompedora en su retrato del personaje protagonista femenino al presentarnos una Bonnie (Faye Dunaway) con personalidad e historia propia. Una Bonnie que aunque aprenda mucho de Clyde (Warren Beatty), también cuida muchísimo de él… y él de ella. Ambos empiezan a hacer pequeñas fechorías por separado, antes de conocerse y, al juntarse, el deseo de camaradería es mutuo, sin presión ni compromiso alguno por ninguno de los dos lados. Lo interesante es que se crea una relación de personajes que aunque sean muy distintos entre sí, ninguno está por encima del otro, por lo que la complicidad resultante es absolutamente real. En su relación sentimental cada uno está en un punto, pero entre risas, juegos, poemas y sueños la ayuda se convierte en protección, luego en cariño y finamente en amor, y esta progresión emocional es impagable para un público que se sienta frente a la pantalla pensando que va a encontrarse con una película de gangsters al uso.

En el apartado sexual, Clyde deja claro desde el principio que ninguna persona, ya sea mujer u hombre, despierta en él el más mínimo instinto básico. A pesar de la inocencia que hoy pueden aparentar estas palabras, lo cierto es que un acercamiento verbal y tan explícito no solo al acto del sexo, sino a la orientación sexual de un protagonista que contempla la homosexualidad de igual forma que la heterosexualidad, no es sino otra brutal patada de esta obra a los tabúes que habían cimentado (y encorsetado) el Hollywood de la Época Dorada. Por otro lado, y a pesar de las palabras de Clyde, la magistral puesta en escena de Penn y las influencias de una vanguardia cinematográfica que hacía muy bien eso de “contar sin hablar”, nos regalan una embriagadora y sobresaliente escena de altísimo contenido erótico cuyo pecado sensual consiste únicamente en miradas, silencios, tragos de Bonnie a una botella de refresco, vaivenes de una cerilla en la boca de Clyde y un tocamiento de pistola de lo más insinuante.

Por todo esto decíamos en los primeros compases del artículo que esta fue una de las películas que cambiaron el Hollywood clásico para siempre, junto con la emblemática Easy Rider. Pero, ¿por qué es tan significativa la road movie de Hopper? Para saberlo, pásense por Redrum en julio de 2019, será el 50 aniversario de esta cinta…

Por Martín Escolar-Sanz