A mí es que Boogie Nights (1997) me pone mucho, que queréis que os diga. Looks y temazos setenteros, la siempre entretenida industria del porno, pool parties llenas de glamour, margaritas e incluso sobredosis y un brillante elenco de actores que creo no se dejan nada en el tintero, dándolo todo de sí. Cada uno en su rol y papel están en el punto justo de histrionismo, dulzura, comicidad, locura, decadencia o patetismo.

Y en medio de este repartazo, un más expresivo que nunca Mark Wahlberg -en la película Dirk Diggler, seudónimo que decide él mismo, segurísimo de lo lejos que quiere llegar. Antes era simplemente Eddie Adams, un chico sin estudios que brincaba de trabajo en trabajo esperando su oportunidad de oro- con una especie de obra de arte entre las piernas. Se convertirá en la estrella más grande del cine para adultos cuando Jack Horner (Burt Reynolds) lo descubra y, con ello, con todos los premios y reconocimientos correspondientes y su posterior y necesario descenso a los infiernos. Su personaje, al igual que el resto, no tiene desperdicio: una mezcla del John Travolta más pintón en Fiebre del sábado noche (Saturday Night Fever, 1977) y un Bruce Lee de lo más bizarro, su ídolo y referente indiscutible. Impagable el sermón que ofrece a cámara con tintes filosóficos, ataviado con gafas de sol, por supuesto, en una clara parodia al gran maestro de las artes marciales.

Quien le graba no es otra que Julianne Moore (Amber Waves), a la que nadie consigue eclipsar en la película. Exquisita en cualquier escena, es la cocainómana más tierna y maternal que pueda existir. Imposible no caer rendido a sus encantos interpretativos (y a todo su vestuario y maquillaje, todo hay que decirlo). Pero no hay que menospreciar a ninguno de los personajes de esta joyita. Todos aportan, ni uno sobra:

© New Line Cinema / Lawrence Gordon Productions / Ghoulardi Film Company

© New Line Cinema / Lawrence Gordon Productions / Ghoulardi Film Company

Roller Girl (una jovencísima Heather Graham), irresistible y dispuesta a todo por fuera, frágil e insegura adolescente por dentro; Jack Horner (mítico Burt Reynolds), al que el papel de director de cine X le queda que ni pintado. Pero él no quiere ser mediocre, él quiere realizar una obra que pase a la posteridad, cine en mayúsculas. Dirige y observa cada escena como si de un tal Hitchcock se tratara. Su mayor éxito llegará con la serie protagonizada, como no, por Dirk Diggler, con una intro memorable al más puro estilo Stursky y Hutch; Reed Rothchild (John C. Reilly), el inseparable, divertidísimo e indispensable compañero de fatigas, batallas y todo lo que venga de Dirk. Incluso cuando éste decida convertirse en una más que dudosa estrella del pop rock; Buck Swope (Don Cheadle), eterno secundario en infinidad de películas y gran actor del que nadie consigue comprender sus looks countries; Scotty J. (el malogrado Philip Seymour Hoffman), enamoradísimo del irresistible protagonista híper dotado. Todas sus apariciones, aunque breves, son brillantes, como lo fueron siempre a lo largo de toda su carrera; Little Bill (William H. Macy), con una mujer un tanto desinhibida, que protagonizará uno de los múltiples planos  secuencia del film, sin duda el más potente. Convertirá una espectacular fiesta de fin de año en toda una tragedia griega.

Y es que la fuerza de Boogie Nights no recae solamente en este abanico de seres pintorescos sino también en su fuerza narrativa, en un guión plagado de diálogos hilarantes, disparatados, desternillantes y decadentes. ¿Dónde si no encontraríamos a unos actores porno hablando sobre puestas de sol y pinturas al óleo?. Además, pantallas partidas, planos secuencia, muchísimo color y ritmo y una banda sonora de aúpa sobre todo para los amantes del funky (The Emotions, Commodores, Marvin Gaye…, casi nada), para que no perdamos entretenimiento ni tensión en ningún momento.

Pero que nadie se confunda, Boogie Nights no es una comedia facilona, tiene infinidad de tintes dramáticos que le confieren el perfecto equilibrio. Y como todo lo que sube tiende a bajar, dicen, cabe destacar tres escenas que se entrelazan para mostrarnos la cara más sórdida y el descenso más profundo de alguno de los personajes: Roller Girl en una limusina practicando sexo con un desconocido (que seguro se arrepiente por cómo se desarrollan los acontecimientos), Dirk ejerciendo de chapero tras verse apartado de su increíble mundo de éxito y fama y Buck Swope, que presenciará probablemente el incidente más impactante y desagradable de su vida.

Y como en el universo de Paul Thomas Anderson todo es posible, tras estas gráficas secuencias conoceremos al camello más kitsch y hortera del planeta, Rahad Jackson (Alfred Molina), un personaje que le pega a todo, ataviado con batín, escuchando sus “canciones maravillosas” y acompañado por su amigo Cosmo, el chino tira-petardos. Dirk comprenderá rápido que su futuro no está en el narcotráfico tras el fatal tiroteo a ritmo de 99 Red Balloons. Y así, como un niño desvalido, volverá a los brazos de Horner, realmente el padre de todos. Asistiremos a un restablecimiento del orden en el que vemos como cada uno de los personajes va cumpliendo sus sueños con Beach Boys sonando de fondo, que siempre aportan dulzura y alegría.

¿Muy naif? ¿Demasiado fácil? No, si está bien plasmado y narrado. Y bajo las órdenes de Thomas Anderson, la cosa funciona. Y hablando de cosas, nos despedimos de la “obra de arte” del protagonista en la escena final, que seguro volverá a ser “una estrella grande y brillante”. De esta forma, el director convierte Boogie Nights en una historia sobre ascensos meteóricos y caídas fatales y sobre los dramas que se esconden bajo el brillo, el glamour y el maquillaje. Parte de la magia del film está en mantener ese tono cómico y disparatado, sin duda lo más complicado, y que nos ayuda a digerir más fácilmente todo su trasfondo.

No en vano, este caramelo obtuvo tres nominaciones en los premios Oscar, dos nominaciones a los Globos de Oro, consiguiendo uno como mejor actor de reparto para Burt Reynolds, dos nominaciones a los BAFTA, premio en el Festival de Toronto para Thomas Anderson…, por nombrar solo algunos de sus reconocimientos.

Y es que hablar de Thomas Anderson son palabras mayores. Director, guionista y productor, ha estado nominado hasta en seis ocasiones a los premios Oscar en diferentes categorías gracias a Pozos de ambición (There will be blood, 2007), Puro vicio (Inherent Vice, 2015) o Magnolia (1999), además de nuestra homenajeada y querida chuchería. De hecho, tras estas dos últimas películas fue catalogado como niño prodigio y, a día de hoy, está considerado como uno de los “maestros modernos del cine estadounidense” según el American Film Institute.

Viendo Boogie Nights, no podemos negar un universo propio y único, una narrativa especial que consigue transformar las tragedias y los trasfondos más oscuros en digeribles, disfrutables y estéticos paisajes. Y un hilarante sentido del humor, totalmente necesario para quitarle a la vida la máxima tonalidad de gris.

Por Adriana Díaz