Lee Chang-Dong ha manifestado en diversas ocasiones su preocupación por la crisis que vive la imagen cinematográfica entendida como espacio abierto a reflexiones profundas y a experiencias personales íntimas. Una crisis abierta por un descentramiento de la mirada provocado a partir de la intrusión en el mundo audiovisual de la imagen digital doméstica, con la que se ha abierto la puerta a un tipo de consumo de contenidos rápido y en muchos casos irreflexivo.

Aunque en la película tales imágenes solamente aparecen puntualmente como telón de fondo, Burning (2018) trabaja sobre la cultura que se ha desarrollado en estrecha relación a ellas y con la que ha crecido toda una generación. Una generación enajenada de su pasado, el cual le resulta exótico, y también sin propósitos o motivaciones trascendentes, viviendo en un vacío en el que lo banal y lo desconocido se vuelve significativo e incluso abrumador, como los invernaderos quemados por Ben (Steven Yeun), o como el paradero de Hae-mi (Jong-seo Yun), la búsqueda de los cuales promueve el drama psicológico que conducirá a Jong-su (Ah-In Yoo) a la paranoia.

Por desgracia, de ese proceso de perturbación dramática que se inicia hacia la segunda mitad de la película no consigue salir indemne la mirada de Chang-Dong, que abrumada como el propio protagonista se entrega a su delirio y lo mimetiza con sus movimientos y composiciones. Aunque exquisitamente trabajadas, las imágenes parecen precipitarse hacia el estado dramático de Jong-su, en algunos momentos deseando adelantarlo en su intenso y natural viaje, y en esa cercanía la intención de sublimar la psicología del protagonista difumina la perspectiva de la vacua insignificancia del mundo urbano que le rodea, la cual ha adquirido forma y consistencia en la primera mitad de la película y ha conseguido ofrecer una sensible y memorable secuencia al son de Miles Davis en la casa de campo de Jong-su.

La posibilidad de la coherencia (y también de la ética, e incluso de la epifanía) en una película como Burning no se da de manera aislada en la construcción de una estructura y una forma, sino que requiere una ubicación donde fundamentarse. La cámara debe situarse en una posición equilibrada y espaciada desde la que se aprecien los vínculos dialogantes entre los elementos significativos del relato. No solamente los estrictamente dramáticos, sino todos aquellos que conforman el universo del protagonista, como los espacios que lo envuelven, las múltiples personas de su entorno, pero también el propio estar de él en relación a ellos. El sentido de la distancia y de la atención del narrador, entre otras cosas, se basa en permitir que dichos elementos se interconecten de una manera concreta para hacer emerger naturalmente las sensaciones, emociones e ideas que plantea la obra. Por ejemplo, en Poesía (Shi, 2010) el respeto con el que Lee dejaba fluir al personaje de Yang Mi-ja permitía que confluyeran en ella las pesadumbres de su mundo. En Burning, la estetización del drama obstruye al personaje mismo y nos impide relacionarlo con la cosmología en la que su crisis no solo se justifica, sino que se despliega profunda y trascendentemente.

Puede que una gran distancia parezca exigir engañosamente una mayor velocidad en el viaje, y parece que a Lee Chang-Dong le pasa factura el espacio generacional que lo separa de los millenials. Su preocupación por ese universo sin sentido lo lleva desbocadamente a saturar y bloquear el fluir del mismo, y en su deseo de acercarse a sus personajes hasta entregarse a ellos la propia película acaba siendo víctima de su vacío y sinsentido.

Lo mejor: La profundidad con la que Lee consigue puntualmente esencializar el estado de ánimo de una generación.

Lo peor: La imposición estética de una narrativa a un mundo que manifestaría sus oscuridades y aflicciones si se le dejase el espacio suficiente para hacerlo.

Por Marc Pedrós