En el lejano oeste, un pistolero trovador se pasea por Monument Valley vestido de blanco, tan impoluto como sus modales… hasta que desenfunda la pistola. En el lejano oeste, un atracador que ha sido abatido por el viejecillo de la recepción de un banco destartalado protegido por una armadura de sartenes se ve, para su sorpresa y resignación, libre de la soga cuando un grupo de indios asesina a sus captores… pero el destino es ineludible. La violencia irrumpe seca, brutal y salvaje en las dos primeras historias de La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs, 2018), a menudo por la espalda, con ribetes cómicos y la habilidad, la autoconciencia y la gracia de un slapstick o unos dibujos animados que se hubiesen hecho realidad. Es el cine de los hermanos Coen.

El educado forajido se llama Buster Scruggs, canta baladas entre disparos y mira a cámara para apelar al espectador. La autoconciencia es divertida y distanciadora sin llegar a interrumpir la acción, jugando con las expectativas y las convenciones del género, con gags y sinsentidos. Pero el pistolero tendrá un final trágico y absurdo, como lo tiene el malhadado atracador de bancos, porque este es un mundo incoherente aunque como canta el letal trovador: «Tiene que haber un lugar ahí arriba donde los hombres no sean rastreros y jueguen al póker sin hacer trampas. Si no lo hay, ¿qué sentido tienen estas canciones? Os veo allí a todos. Y podremos cantar juntos y asentir con las cabezas sobre lo malo que solía ser todo».

Si algo ha caracterizado el cine de los hermanos Coen desde el principio es su capacidad de crear universos paralelos habitados por caricaturas, entre la fábula y la parodia y sin perder nunca la empatía por el camino. Sus personajes pueden parecer patéticos, pero les dignifica un deseo inalienable por encontrar algún calor humano y la templanza o resignación con que, a menudo y tras infructuosas rebeliones, afrontan su destino: la única manera de vivir en un mundo absurdo. A medida que se suceden las historias de su última película y la autoconciencia lúdica (The Ballad of Buster Scruggs y Near Algodones) va cediendo paso al clasicismo, esto va quedando más y más claro; como en un viaje que fuera de Arizona Baby (1987) a Valor de ley (True Grit, 2010). No en vano Joel y Ethan Coel empezaron a escribir sus historias hace 20 años, de manera que el orden final, cronológico, refleja la propia evolución de su cine.

La balada de Buster Scruggs es una colección de relatos. Y digo bien, antes que una película de episodios, porque aunque el imaginario de los Coen lo deba todo al cine -y no han perdido ocasión de demostrarlo- sus tramas y el tono de sus películas beben de la tradición literaria. Especialmente aquí, que cada historia surge desde un libro y una ilustración. Estamos en un homenaje a los baratos seriales pulp de quiosco pero, sobre todo, en la mejor tradición americana del relato breve: con la sencillez en la escritura, las sutiles epifanías, la raigambre popular y la predilección por aquellos perdedores corrientes, algo excéntricos e incluso cómicos, que fundó el grandísimo Mark Twain. En total son seis cuentos en los que sin necesidad de engrandecer el género o distanciarse de su origen pulp el western se despoja de la épica de los pioneros y de la redención de sus pistoleros. Seis cuentos que funcionan como pequeñas y melancólicas fábulas invertidas sobre la bondad, la prudencia, el destino, la avaricia, la templanza o la misericordia, todas ellas precedidas por un antetítulo: Meal Ticket, por ejemplo, una parábola silenciosa y comprensiva sobre la misericordia, que no se puede forzar, llega precedida por un bello «la cualidad de la misericordia no es forzada, desciende como la suave lluvia desde el cielo».

© Annapurna Television / Mike Zoss Productions

Este formato, que originalmente iba a ser una serie de Netflix aunque afortunadamente acabó imponiéndose la unidad de la película, permite que cada historia resuene en las demás, que se sienta la progresión dramática y afectiva de las historias al tiempo que permite a los Coen aunar tonos, paisajes y referentes diversos: desde el western clásico de la primera historia y el spaghetti western de la segunda hasta The Mortal Remains, un western en el interior de una diligencia-purgatorio que añade una coda sobrenatural a los demás relatos, pasando por historias de colonos, buscadores de oro y caravanas. Así, viajamos de Monument Valley y el clásico saloon al árido desierto, a los bosques nevados y llanuras y vergeles inexplorados; y avanzamos, a través de historias progresivamente más elípticas y silenciosas, del inteligente y parlanchín ejercicio lúdico de Buster Scruggs hacia el corazón de la película: el relato The Gal Who Got Rattled, donde se condensan las virtudes de Valor de ley en 20 minutos: un precioso cuento sobre el fracaso, las ilusiones y la inocencia en un mundo inmisericorde que, como no podía ser de otro modo, gira en torno a un perrito.

Por Alberto Hernando