Hablar o morir. Esa es la disyuntiva del protagonista de una novela romántica del siglo XVI que el adolescente Elio, de 17 años, lee con sus padres en los momentos en que se quedan sin electricidad en la villa donde se residen. Así, sin el control tecnológico que sufre en la actualidad el tiempo de ocio (o de espera, de descanso y, posiblemente, cualquier momento), entre libros, música y charlas nada triviales (y también), las emociones y pensamientos afloran con la libertad con la que debieran hacerlo y se instauran en el ambiente con total naturalidad. El último largometraje de Luca Guadagnino, Call Me by Your Name (2017), adapta la novela homónima de André Aciman regresando, una vez más, al seno de una familia de clase alta italiana para deconstruir con su cine la imagen frívola y epidérmica que se atribuye a determinados estratos sociales.

Luca Guadagnino se mueve en el plano emocional. Su mirada se convierte en un narrador omnisciente de lo que bulle bajo sus personajes, inmiscuyendo la cámara por las distintas dependencias y parajes con autonomía, dejándola pasear por el espacio con un único impulso: el que responde a la pasión. Liberada la cámara de cualquier exigencia formal, la sencillez y la franqueza con que filma este viaje iniciático se encuentra en perfecta consonancia con las marcas de estilo del italiano: una calibrada puesta en escena que armoniza con la esencia del film.

Así, frente al exaltado y frenético ritmo de excesos locos (e hipnóticos) que plagaban Cegados por el sol (A Bigger Splash, 2015), la serenidad y el sosiego son aquí la forma de abordar ese proceso que convierte la duda de hablar o morir en una desasosegada existencia. Tras la identificación que siente Elio con el personaje de la novela, en un mismo plano el foco abandona su rostro para centrarse en el de Oliver, el ayudante de su padre, que veranea en la casa. Sin cambiar el encuadre, la imagen evidencia lo que las palabras bordean y las miradas esquivan: una declaración silenciosa de amor correspondido. Es aquí cuando la complicidad entre los actores Timothée Chalamet y Armie Hammer se convierte en el elemento clave de la cinta: sutiles y matizadísimas interpretaciones que son, a fin de cuentas, el vehículo perfecto con que trasladar a las imágenes la sencilla (y a la vez complicada) historia de amor que comparten.

Con la misma sutileza, un plano secuencia le sirve al realizador para ilustrar la llegada al punto de no retorno del relato. Sin prisa, la cámara sigue el movimiento de estos jóvenes, que al llegar al pueblo conversan alrededor de un monumento conmemorativo de la Primera Guerra Mundial. Sorprende el modo en que un momento aparentemente trivial se carga de significado por las palabras que desvelan un deseo (íntimo y profundo), convirtiendo en firmeza el paso taciturno del adolescente. No hay impulsividad sino determinación, y así lo muestra el delicado -e ininterrumpido- movimiento de cámara con que termina de filmarse la escena. Con él, Guadagnino sitúa a dos amantes (que aún no lo son) en el epicentro de la realidad en la que viven -histórica, política y religiosa, según los elementos por los que se desliza la imagen-, cargando así sobre los hombros de Elio el peso de todo el contexto que le rodea.

Limpia es la mirada y limpio es el retrato del amor que propone la cinta. Una propuesta donde la identificación se realiza con aquello que normativamente se expone como diferencia. Sin más pretensión que la de elevar dicho sentimiento por encima de restricciones sociales (e imposiciones morales), Call Me by Your Name universaliza el romance y lo pone al alcance de todos.

Lo mejor: Una delicada puesta en escena capaz de hacer visible el invisible proceso-sentimiento de enamorarse.

Lo peor: Que haya un par de elementos que, por evidentes, rompan (muy mínimamente) la sutileza que respira el conjunto.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa