En uno de los mejores fragmentos de Caras y lugares ​(Visages Villages, 2017), la nueva película documental de la veterana cineasta Agnès Varda y el artista callejero JR, los directores visitan una enorme granja de la Francia rural donde se produce leche y queso a gran escala, con cabras a las que han quitado los cuernos y que son ordeñadas mecánicamente. En el plano siguiente, y por pura contraposición, vemos una cabra con cuernos en otra granja más modesta, donde los animales campan a sus anchas por el prado y son ordeñados de forma manual, mientras la propietaria muestra su desacuerdo con el modo de producción industrializado que justo antes hemos presenciado. Agnès le pregunta y, por supuesto, se identifica con ella. Lo siguiente que vemos, en la tónica de lo que viene siendo la colaboración documentalista-fotógrafo de todo el filme, es una fotografía de gran formato de una cabra con cuernos, recortada y estampada en la fachada de la granja, regalo de JR a Agnès y de Agnès a la señora del caserío. En definitiva, un regalo al modo de producción artesanal.

Y es que Caras y lugares se podría leer claramente en forma de pieza artesanal que se revela como una obra libre de colaboración entre dos artistas que trabajan con la materia prima de lo ordinario y de lo anónimo. Un pequeño milagro en lo que a la colaboración se refiere, curiosa y reveladora a más no poder, pero que es mucho más que un simple trabajo sobre el rostro de lo común. Al igual que la obra de Agnès Varda y de su amigo JR, el documental es una búsqueda continua de la autenticidad y de lo que ésta tiene de invisible en su apariencia, plasmándose en todo sujeto anónimo que pasa por delante de la cámara pero también en los mismos directores, que pasan por delante del objetivo. Ganaderos, paseantes, carteros, artistas libertarios, mineros o estibadores y sus mujeres, forman parte del gran collage, nunca mejor dicho, que se compone a lo largo de todo el largometraje y que sabría a poco si no fuera por lo que la película tiene de doble autorretrato y lo bien que esto conecta con la naturaleza de los demás personajes.

Por todo ello, el documental no deja de ser un diario fílmico entre dos personas que dialogan y que entienden su obra de una forma muy similar. En consecuencia, el collage que realizan a lo largo de todo su viaje por la Francia rural, tiene mucho de político y de actual en su propio país, como se puede palpar en las enormes fotografías de JR y en los perfiles y seguimientos de los diferentes personajes que se hacen en la película. Por otro lado la pérdida de visión que sufre Agnès Varda y la obsesión de JR por llevar gafas de sol constantemente, sirve de elemento metafórico recurrente sobre lo que el ojo ve y sobre lo que la mirada de cualquier persona esconde. Por dentro y por fuera.

Por si fuera poco, hacia el final de la película asistimos a un viaje aún más particular; un visita a la casa de un viejo conocido, o “amigo de toda la vida” como prefiere decir Agnès. Ni más ni menos que a la residencia de Jean-Luc Godard en Suiza. Como no, con una enigmática sorpresa godarniana final, que le viene a las mil maravillas a Varda para rebuscar en su memoria y cerrar con gran sencillez y gracia su obra, esta vez creada junto al talentoso JR. Dos grandes artesanos.

Lo mejor: La inspiración y vitalidad que transmite la película y en especial Agnès Varda.

Lo peor: Que su tono liviano se entienda como una falta de profundización.

Por Martí Soler Arce