“Da igual las veces que hayas visto El Padrino, sentenciaba mi hermano cuando alguno osaba quejarse de que podríamos poner otra película, en lugar de la obra de Coppola, en un ritual navideño que se repetía año tras año. “Siempre descubres algo nuevo“, añadía muy serio.

Yo descubrí a John Cazale (Boston 1935- Nueva York 1978) demasiado tarde, estoy segura. Las presencias de Brando y Pacino, especialmente, copaban toda mi atención en mis primeras incursiones en la saga de El Padrino. También Duvall y Caan. Pero el actor que interpretaba a Fredo, ese actor de mirada profunda y triste, me pasó desapercibido. Estaba ahí, y ya.

Una noche en la que me encontraba sola, años después, volví a ver El Padrino II (The Godfather. Part II, 1974). No era la película “ritual” de mi casa familiar, y aunque la había visto un par de veces me resultaba compleja. Y pasó. Justo la misma noche que descubrí lo colosal que es esa segunda parte, desde entonces mi favorita, descubrí a Fredo. Descubrí a John Cazale.

La interpretación de Cazale en El Padrino II es digna de estudio. Una interpretación en la que los gestos, la mirada huidiza, la forma de sentarse (casi como pidiendo permiso, tal cual era su personaje), la forma de tumbarse en la hamaca (en la mítica escena con Pacino en la casa de Long Island) y hasta su forma de hablar, con esos tartamudeos que formaban parte de una actuación sublime que, a pesar de su delicadeza y cuidado por ir al detalle, quedaba oscurecida por los monstruos como Brando o Pacino, en la piel de personajes completamente opuestos al de Fredo.

El documental Descubriendo a John Cazale (I Knew It Was You: Rediscovering John Cazale, 2009), dirigido por Richard Shepard (1962, Nueva York) repasa la corta vida de Cazale (murió con apenas 42 años, de un cáncer de pulmón) y su pasión por actuar, de la mano de compañeros y amigos de esa época, como Pacino, De Niro, Coppola, Lumet o la que fue su pareja, Meryl Streep. Además, se incluyen los comentarios de actores de reconocido prestigio, como el tristemente fallecido Philip Seymour-Hoffman o Steve Buscemi, entre otros. El trabajo, de cuarenta minutos de duración, resulta un documental de factura sencilla, pero supone un bello y muy emotivo ejercicio de “redescubrir” a un genio de la interpretación cuya participación, a pesar de su temprana muerte, fue esencial en una época dorada, la de los setenta, un redescubrimiento, curiosamente también, del cine norteamericano.

El documental, que fue estrenado en el Festival de Sundance del 2009, pone la lupa, por primera vez y quizá a pesar de lo que hubiera querido él, en su propia persona; en su actuación; en cómo interpretaba; en lo que significó para los actores que compartían escena con él, especialmente en lo que ha significado para los actores de generaciones siguientes. Descubriendo a John Cazale (han omitido en el título español, y es una pena, el antetítulo I knew it was you, basado en la mítica y shakesperiana escena de El Padrino II, entre Fredo y Michael, donde éste, al saberse traicionado por su hermano, le besa y pronuncia la mítica frase que ya anuncia su destino: I know it was you, Fredo. You broke my heart. You broke my heart!“)

Cazale era un actor que amaba el teatro, como su colega Pacino. Su llegada a El Padrino fue una sugerencia del productor Fred Ross a Coppola, tras verle en una obra de teatro. Había ido a ver a Richard Dreyfuss pero se quedó prendado de Cazale. Al ver su apellido italoamericano, supo que habían encontrado a Fredo. Tras finalizar el rodaje, Coppola quedó tan satisfecho con la actuación de Cazale, que fue al único de los actores que volvió a fichar para su siguiente proyecto, La Conversación (The Conversation, 1974), película en la que interpreta al compañero de Gene Hackman, en una nueva muestra de cómo Cazale cogía al más mediocre y corriente de los personajes y lo elevaba a otro nivel.

Luego vendría El Padrino II, donde el personaje de Fredo crece exponencialmente con respecto a la primera y Cazale, más intenso que nunca, lo borda. Su interpretación consigue acercarnos a un personaje tan poco atractivo como el de la primera parte, pero incluso más odioso (y complejo) en esta segunda. Un hombre derrotado que traiciona a su propio hermano, por envidia, por ser incapaz de crear su propio destino. Cazale le otorga esa fragilidad y vulnerabilidad y consigue que un personaje que pasaba voluntariamente desapercibido adquiera unos tintes épicos y le acompañemos, con compasión final, hasta su destino. Sin duda, esa habilidad para dotar de aristas al mismo personaje en diferentes situaciones sólo está al alcance de los más grandes. Y Cazale lo era.

Fotograma de El Padrino II © Paramount Pictures

Fotograma de El Padrino II © Paramount Pictures

Cuando Pacino recomendó a Sidney Lumet que hiciera una prueba a Cazale para interpretar al personaje de Sonny en Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), Lumet era reacio. Quería a alguien más joven y no quería al Fredo de El Padrino. Sin embargo, le hizo una prueba; y no, no daba el tipo en absoluto. Era otra cosa, sin duda, mucho mejor. La química entre Pacino y Cazale es tan impresionante en esta película que actúan casi de oído, con escenas memorables y algunas improvisadas, como la famosa escena en la que Pacino le pregunta a qué país quiere ir y Cazale responde: Wyoming. En ese momento, deseas reír, pero su fragilidad inspira pena. Lo que vuelve a ser obra de Cazale es que esa fragilidad no sólo inspire un aire de tristeza, sino también un matiz inquietante de una profundidad sobrecogedora.

Una de las cosas que me fascinó de John Cazale fue que había una tremenda tristeza en él. No sé de dónde venía; no me gusta invadir la privacidad de los actores con los que trabajo, o meterme en sus asuntos. Pero… dios mío, esa tristeza estaba allí, en cada toma de él. – Sidney Lumet

La última película que rodó Cazale fue El Cazador (The Deer Hunter, 1978), de Michael Cimino. El documental cuenta (especialmente con la intervención de una muy emotiva Streep, pareja de Cazale hasta su muerte) los terribles esfuerzos que el propio Cazale hizo, a pesar de lo avanzado de su enfermedad, para poder regalarnos un quinto personaje lleno de humanidad, y cómo sólo la generosidad y el poder de De Niro, asumiendo toda la responsabilidad ante la productora de la película, consiguió que Cazale formara parte de otra película icónica de los setenta.

Descubriendo a John Cazale deja sensaciones agridulces. Hay anécdotas personales, aunque mínimas, algunas bastante graciosas, como su obsesión por el detalle, pero todo, hasta lo personal, gira en torno a esa pasión del actor por la intepretación, y cómo nunca le interesó convertirse en una estrella (acudía al teatro tras los estrenos de El Padrino, de nuevo, como si tal cosa, pues todo lo que quería era seguir actuando).

Me quedo con un detalle que sobrevuela por todo el metraje del documental, algo en boca de muchos de sus compañeros, los que trabajaron con él y los que no, pero todos admiradores; y es que, igual que no fue casual que todas las películas en las que intervino resultasen relevantes, no lo fue tampoco que el resto de sus compañeros de reparto destacaran de forma asombrosa en su actuación. Él los hacía grandes. Como dice un conmovido Pacino: “todo lo que quería era trabajar con John el resto de mi vida. Era mi compañero de actuación. O lo que añade otro actor genial, fallecido de una forma temprana como Cazale, Philip Seymour-Hoffman: “apostaría lo que fuera a que todos los actores que trabajaron con él se inspiraron en él para llevar sus papeles más lejos, para ser más creativos, personales o arriesgados“.

Y es que esa tristeza, fragilidad y vulnerabilidad conseguían llenar las costuras de unos personajes en principio de poco atractivo en su superficie, personajes corrientes. Sin embargo, todos y cada uno de ellos logran conmovernos y permanecer en nuestra retina porque iluminan la película de la que formaron parte.

Por Vienna Guitar
@Viennalua