El 20 de julio del año 2001 (el 22 de octubre de 2002 en España), el genio japonés de la animación, Hayao Miyazaki, le regalaba al mundo su joya más preciada, su película más aplaudida y laureada: El viaje de Chihiro. Con este largometraje, su séptima obra y decimotercera producción del Studio Ghibli hasta la fecha, el realizador alcanzaba el cenit de una carrera llena de éxitos antes y después de fascinarnos con la fantástica épica de la joven Chihiro; la brillante mente del director japonés es la responsable de genialidades como La princesa Mononoke (1997), Porco Rosso (1992), El castillo ambulante, (2004), o su última y emotiva película, El viento se levanta (2013).

Si bien la filmografía de Miyazaki resulta espectacular desde su primer trabajo (la serie de TV Lupin, 1971) hasta la última película, no fue hasta El viaje de Chihiro cuando el gran público reparó en la grandeza de un autor mayúsculo, preocupado y comprometido con temas como el pacifismo, el feminismo o el medio ambiente. Por otro lado, la crítica internacional sí conocía ya gran parte de su obra, y en 1993 le fue reconocido un talento que ya había demostrado en El castillo de Cagliostro (1979) o Nausicaä del valle del viento (1984). Aquel año, el prestigioso Festival de Cine de Annecy, premió al director japonés por Porco Rosso, una divertidísima, original y emocionante película sobre un piloto de aviones convertido en cerdo tras sufrir una maldición.

Paradójicamente, a Chihiro (se escogió a Paula Ribó para su doblar al personaje en castellano) le ocurre algo parecido. La niña, que viaja con sus padres en coche, se ve abandonada en un mundo fantástico, donde, entre muchos otros, van y vienen dioses de diferentes clases. Los padres de Chihiro son ahora dos humanos malditos convertidos en cerdos hambrientos, por lo que la pequeña deberá salvarlos y sobrevivir en las ajetreadas estancias de una casa de baños, mágico lugar en el que encontrará enemigos y aliados.

EL DESTINO DEL FILM

Una de las virtudes más importantes de la obra cumbre de Miyazaki es su pluralidad. El viaje de Chihiro no está dirigida a ningún público, sino a todo. La disfrutarán los niños, pero aún más los adultos, y es que el realizador japonés no dudó en hacer de su película un relato inquietante y perturbador en algunos tramos, aunque también hipnótico y arrebatadoramente bello. Es en ese sentido, precisamente, donde se encuentra la grandeza del film; en la capacidad para transmitir sensaciones diferentes durante sus dos horas. Sin perder nunca el sentido, ni correr el riesgo de haberse convertido en una fábula densa y abstracta, la película fascina a pequeños y mayores por su manejo de los infinitos recursos de la animación enfrentando fantasía y realidad. Miyazaki demostró, gracias a la solidez de un guión asombroso, su madurez como realizador además de sus inagotables recursos como creador de personajes y escenas para el recuerdo.

Como en casi toda su filmografía, el director, nacido en Tokio en 1941, recurre al protagonismo femenino y a la reivindicación de la protección del medio ambiente y la tolerancia entre las diferentes razas que pueblan la tierra. En El viaje de Chihiro encontramos todas las señas de identidad de Miyazaki que aquí, lejos de la realidad más mundana, moldea con su desbordante creatividad, transformando los pilares básicos de su filosofía como cineasta en una ficción que rebosa personajes y situaciones inundados de inventiva, mística y cierta espiritualidad. La casa de baños y su estructura jerárquica es, por tanto, la principal metáfora, y es en lo que acontece allí dentro de donde deben extraerse todas las lecturas posibles del film, además del ADN más auténtico y puro del director.

LA RIQUEZA Y SIGNIFICADO DE SUS PERSONAJES

Por otra parte, resulta absolutamente necesario tratar de analizar los personajes desarrollados por Miyazaki para la película, justamente otra de las virtudes del realizador, que ha conseguido que los protagonistas (y no tanto) de todos sus largometrajes sean iconos de la animación mundial: Lupin, Chihiro, Howl, Ponyo o Totoro, son carismáticos e inolvidables y, por qué no decirlo, carne de marketing multitudinario.

Chihiro en una secuencia de la película, junto a Zeniba, Yubaba y Haku, entre otros. @Studio Ghibli

Chihiro en una secuencia de la película, junto a Zeniba, Yubaba y Haku, entre otros. @Studio Ghibli

En El viaje de Chihiro, no sólo es la niña, físicamente inspirada en la hija de unos amigos de Miyazaki, la que conquista nuestros corazones. La colección de personajes que desfilan ante nuestros ojos es inagotable; desde los padres de Chihiro, que poco tiempo después de comenzar el filme nos perturban con su repentina desaparición para volver a escena como dos enormes y ansiosos cerdos, hasta Yubaba y Zeniba, las dos brujas gemelas que se odian entre sí. Yubaba es la malévola dueña de la casa de baños donde trabajará Chihiro, mientras que la bondadosa y humilde Zeniba vive en el campo.

También Haku (blanco en japonés) ese misterioso niño que se transforma en un imponente dragón y que se ha propuesto proteger a Chihiro desde su llegada al amenazante mundo alternativo. Tampoco podemos olvidar a Kamaji, un extraño y callado viejo con multitud de brazos que mantiene las aguas termales de la casa de baños y que, a regañadientes dará empleo a Chihiro. Con él trabajan los Susuwatari, una especie de bolas de pelo con ojos que son exprimidos por Kamaji en su afán y entrega incondicionales al trabajo del carbón (estos “animales” aparecieron anteriormente en Mi vecino Totoro). También conoceremos al famoso e icónico Sin Cara, enigmático personaje que protagoniza una de las postales más emotivas y bellas del film. A todo esto, cuando ya hemos asistido a tan fantástico desfile de creaciones, seguiremos sorprendiéndonos con la enorme variedad de muchos otros que no hemos nombrado, pero que sin duda enriquecen la ya sorprendente y nada gratuita nómina de invenciones del genio tokiota.

Años después, el propio autor reconocía que muchos de los diseños y comportamientos de personajes de la película obedecían a su percepción de parte de la sociedad japonesa; los cerdos en los que se convierten los padres de Chihiro simbolizan la avaricia implícita en la burbuja económica que el país vivió en los ochenta, al igual que el Sin cara, creación que resultaba un reflejo de la desidia y la falta de personalidad de cierto sector de la juventud nipona.

AMIGO HISAISHI

El baile que nos regala Miyazaki no sería lo mismo sin la música del gran compositor japonés Joe Hisaishi, artífice de la épica o el intimismo de muchas de las escenas diseñadas por Miyazaki no solo para el film que nos ocupa, sino para gran parte de los trabajos del laureado Studio Ghibli. Especialmente inspirado para El viaje de Chihiro, Hisaishi intercala con gran acierto temas construidos por y para piano con la grandilocuencia de otras composiciones enfocadas a enfatizar los momentos de más acción de la película. Tal es el caso del precioso tema The Sixth Station, una melódica y emotiva composición en contraste con The Dragon Boy, partitura que goza de mayor número de instrumentos encabezados por trompetas y trombones asociada a las escenas más trepidantes. Todo encaja a la perfección en el trabajo de Joe Hisaishi, que además no pierde ni un ápice de la brillante senda de su extensa carrera y aquí engrandece un guión necesitado de las referencias musicales más hollywoodienses por un lado, y aquellas que se apoyan en los sonidos más tradicionales del folclore japonés, por otro.

REPERCUSIÓN

Tras su presentación y estreno, El viaje de Chihiro comenzó a acumular premios no solo a nivel nacional, donde se convirtió en el largometraje de animación más taquillero de todos los tiempos, sino en todo el mundo, recaudando casi 265 millones de dólares alrededor del planeta. El nivel demostrado por Miyazaki, que convirtió la película en la joya de la corona del Studio Ghibli (fundado por él mismo e Isao Takahata), hizo inevitable la lluvia de galardones como reconocimiento a un trabajo personal y complejo, fascinante y conmovedor. Entre otros, el Festival Internacional de Cine de Berlín le otorgó ex aequo con Bloody Sunday (2002) el Oso de Oro, convirtiéndose en la única película de animación en conseguirlo hasta la fecha. Fiel a sus férreos principios, el director japonés optó por dejar plantados a los académicos de Hollywood como protesta por la invasión de Irak por parte de Estados Unidos; Miyazaki renunció a asistir a la gala de los Oscar del año 2002, ceremonia en la que El viaje de Chihiro sería premiada en la categoría de Mejor película de animación.

Ahora, con la supuesta despedida del director tras El viento se levanta (The Wind Rises, 2013) y quince años después, no podemos hacer otra cosa que recordar con nostalgia todas las sensaciones que nos produjo El viaje de Chihiro, porque su primer visionado resulta algo único y, obviamente, irrepetible. Lo mejor de todo es insistir e insistir, no parar de encontrar detalles y matices dentro de su inacabable genialidad y, además, no perder la esperanza de que algún día el maestro de la animación mundial, que sí recogió en 2014 el Oscar honorífico, decida volver a embrujarnos.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum