Los madrileños y madrileñas han tenido la suerte de disfrutar de uno de los eventos cinematográficos más interesantes y enérgicos de las últimas semanas en la capital. Con su propuesta, el CinePOLSKA, la muestra de cine polaco contemporáneo organizada por el Instituto polaco de cultura, ha sido capaz de desafiar al espectador con todas sus alternativas. Además del efecto potenciador de su película inaugural, The Last Family, el evento ha contado con varios trabajos destacados aparte de una colección de cortometrajes (animación e imagen real) que han demostrado el gran estado de salud del cine de este país. A partir de ahora, las ciudades de Barcelona, Córdoba, Granada, Murcia, Pamplona, Sevilla, Tenerife, Valencia y Zaragoza, serán nuevos testigos de un festival imprescindible.

A continuación, nos ponemos manos a la obra para comentar en detalle lo que ha sido esta fenomenal muestra, organizada con rigor, seriedad y, sobre todo, mucha, mucha pasión por el cine.

Sábado inaugural: The Last Family (Ostatnia rodzina, 2016)

La primera declaración de intenciones de la muestra llegaba de la mano de The Last Family, dirigida por un jovencísimo Jan Matuszynski al que habrá que seguir muy de cerca. A través de la historia de una familia de artistas entre los que estaban Zdzislaw Beksinski -el tremendo pintor surrealista-, su esposa Zofia y su hijo Tomasz, el cineasta imprime una personalidad apabullante a lo que podría haber sido un biopic de corte convencional. Nada más lejos de la realidad, The Last Family es más una crónica a veces salvaje, a veces hipnótica, de lo que acontece dentro de un núcleo familiar al que comportamientos y caracteres bastante atípicos exponen a situaciones extremas. El film, pese a la anarquía que podría aventurarse, tiene un guion inteligente y equilibrado, rodado con la mano firme de un debutante que aparenta más experiencia de la que atesora y que arriesga en cada uno de sus planos, llenos de firmeza, lirismo y reforzados por las fantásticas interpretaciones de Andrzej Seweryn, Dawid Ogrodnik y Aleksandra Konieczna. Este es, sin lugar a dudas, un trabajo que evita automatismos y clichés y cuyo poso tras el visionado se consolida con las horas.

Domingo: El síndrome de Amok (Amok, 2017)

Para continuar el periplo el festival tenía reservada una de las películas más controvertidas del evento. El síndrome de Amok tiene su inspiración (quizá toda una realidad) en un perturbador hecho verídico. El escritor Krystian Bala publicó la novela Amok, cuyo parecido con un crimen auténtico llamó la atención de los investigadores… y hasta ahí podemos leer. Así, la directora Kasia Adamik construye un interesantísimo thriller en el que destaca el actor Łukasz Simlat, y donde nada es lo que parece. O sí.

La cineasta muestra poderío y control de lo académico, pues en sus impecables formas reside parte de la efectividad de este trabajo. Expone y dispone con soltura, consiguiendo el ritmo más adecuado en cada pasaje del apasionante relato, muy necesitado de una cadencia constante y poderosa que lo mantenga vigente. Hay interesantes maneras en los gestos e intenciones de la realizadora de Varsovia que hacen pensar en que, como Matuszynski, el futuro del cine polaco está en buenas manos.

Miércoles: The Sun, the Sun Blinded Me (Slonce, to slonce mnie oslepilo, 2016)

De sobra son conocidos el argumento y la intención de la obra de Albert Camus El extranjero, que para muchos es la cumbre de la literatura existencial nacida durante la Segunda Guerra Mundial, y desarrollada en la posguerra. La apatía y absurdo de la vida hacen que su protagonista, hastiado de que la sociedad y sus avances le den la espalda, decida un caluroso día de verano matar a un extranjero solo por aburrimiento. Porque nada hay más allá del propio yo, de la propia individualidad caníbal de uno mismo y esquiva con los demás. Los directores Anka y Wilhelm Sasnal dirigen The sun, the sun blinded me (Slonce, to slonce mnie oslepilo, 2016) una versión moderna de la novela ambientada en la nueva Polonia que tan peligrosamente se está acercando al nacionalismo fanático y xenófobo.

Con una estética hiperrealista, una cámara furiosa siempre en movimiento, con planos subjetivos que recuerdan en parte a la galardonada El hijo de Saul (Saul fia, 2015), los Sasnal ruedan una breve pero intensa adaptación, en la que podemos diferenciar dos partes: una primera en la que se exprime todo el jugo existencial que destila la novela de Camus, el desasosiego circunspecto, el absurdo de vivir, la rutina individual compartida por la comunidad (la esclavitud de las nuevas tecnologías, el culto al cuerpo, las relaciones vacías, el desapego familiar). Los directores dan un tiempo y estética naturalista, alejada de artificios, directo al ego del espectador, como retando al visionado con un amenazante “¿Te ves reflejado?, ¿acaso te crees diferente de nuestro protagonista?”.

Y entonces, hacia la mitad del breve metraje del film, el foco cambia y se centra en el reflejo de una sociedad podrida desde sus cimientos por el racismo y la xenofobia, desde los burgueses y acomodados amigos del protagonista (“por qué nosotros viajamos mucho, ¿sabe?”) hasta porteros de edificios viejos y cascarrabias, que igual defenestran a un  perro que insultan a un africano. En este contexto explota la rabia contenida, el asesinato del inmigrante convierte la pantalla en un poliedro en el que podemos ver todas las caras de la sociedad occidental, los márgenes del derecho para evitar el procesamiento por asesinato, los “era un buen vecino, siempre saludaba”, los “no soy racista, pero cada vez hay más inmigrantes”. El veredicto que se ejecuta sobre el aburrido protagonista se cierne sobre todos los espectadores, la cárcel es para todos los pares de ojos que observan la injusticia sin intervenir, cómplices de una situación límite de la que nos quejamos, en la que creemos que el enemigo es otro ser humano, sin poder advertir que el verdadero problema está en nosotros mismos. Que, como reza el existencialismo, es individual.

Viernes: Los últimos días del artista: Afterimage (Powidoki, 2016)

Con la premisa de que el arte solo puede realizarse de acuerdo a uno mismo, el artista Wladyslaw Strzeminski vivió los últimos años de su vida aislado y en la miseria ante la negativa de militar en otro bando (artístico) que no fuera el que dictaba su conciencia. El último largometraje de Andrzej Wajda, Los últimos años del artista: Afterimage, homenajea la vida y obra de este pintor polaco cuya actividad creativa se vio comprometida bajo el régimen de la URSS en 1948.

Al igual que Strzeminski, la obra de Wajda se ha convertido en una crónica de Polonia con un estilo propio, siempre fiel a su manera de entender el mundo. Y ese es el espíritu de su último largometraje: la plasmación artística de una realidad social no impuesta, y atravesada por el humanismo que ofrece el mundo de las emociones. Artista, padre, esposo y profesor, el retrato del pintor abarca todas aquellas facetas de un hombre anulado por el sistema, donde la falta de luz asfixia las ideas y la capacidad creativa en favor de un estado que impone sus colores. Destaca la capacidad del director por insertar en la narración elementos metafóricos (la lona que proyecta luz roja sobre el lienzo en blanco, los maniquíes desmembrados sobre los que él cae, o la niña con un abrigo rojo que recuerda a Ana Frank y remite a Spielberg). De esta forma, lo convencional se encuentra asediado por una enorme carga emocional, lo que convierte la historia de este famoso artista en un homenaje para todos aquellos que pierden su vida sin renunciar a sus principios, convirtiendo el mundo en algo más hermoso y auténtico tras su paso.

Domingo: Cortometrajes

La sección de cortometrajes de cualquier muestra o festival de cine suele ser uno de los espacios más interesantes al proyectar obras que difícilmente encuentran otros medios de difusión a pesar de saber anhelar de formas maravillosas la meta que un día estableció Shakespeare al afirmar que “la brevedad es el alma del ingenio”. Así, ingeniosos y sinceros, se han lanzado estos hidalgos polacos a contarnos sus historias enfrascadas en apenas unos minutos, como los 18 minutos que le bastan a Close Ties (Więzi, 2017) para contar la prolongada levedad de una vida en pareja, sorprendiendo al demostrar como su dirección cotidiana nos hace partícipes de la limitada trascendencia en la rutinaria vejez para reseñar cuán importante es la honestidad en una relación, cuente los lustros que cuente. Nueve en este caso.

Apreciamos poco a poco como la importancia del entorno familiar es reiterada en varias obras de este ciclo con diferentes matices. Parece, por ejemplo, que la castidad del cine Dogma influencia la evolución de Tres conversaciones sobre la vida (Trzy rozmowy o życiu, 2017) provocando el brutal choque maternal de dos visiones tectónicas sobre la ética en la fecundación in vitro, en cuyo resultado se descubre un relevante diálogo entre el pensamiento más liberal y los razonamientos afincados en la religión que abrirá brechas mientras trata de reforzar los pilares familiares. Fisuras que, en cambio, aún no son evidentes en las primeras fases de crecimiento donde el eje del siguiente cortometraje, Educación (Nauka), comienza a moldear personas. Es llamativo comprobar en dicho corto como no sólo los diálogos ahondan en la reflexión sobre el sistema educativo; su lenguaje audiovisual logra igualmente ilustrar a la razón y el pensamiento como vórtice indispensable de todo ágil e inquieto movimiento intelectual que nos lleva al aprendizaje, anteponiéndose a la estática estoicidad de una educación caduca y desalentadora. Una fantástica formal de llamar la atención y alzar la voz ante los viejos estándares educativos, reivindicando la tutela de la exploración.

La dirección más recatada y la fotografía más cuidada de la sección, pero quizás también la idea menos transcendental de todas, llegan con el trabajo Juega conmigo (Zagraj ze mną, 2017), donde el divertimento fraternal señala aspiraciones a Bertolucci que no logran fraguar y pasan de largo como su propio nombre indica; jugando, puede que por miedo a madurar. Algo que precisamente no asusta en Debut (Debiut, 2017); cortometraje de animación que representa un frenético descenso hacia el abismo imaginativo y la falta de concisión artística del ser en busca de un sentido, madurez, o al menos, una baliza a la que agarrarse. En un escaso –y para nada simple- metraje, el director diseña el boceto de un perfecto bloqueo creativo para desenmarañar los forzosos procesos de expresión que habitualmente caen en desazón mil y una veces antes de conseguir salir a flote. Esto nos lleva a destacar precisamente, que dichos procesos terminan siendo otras veces obras tan poliédricas como Levadura (Zaczyn), donde de una gota de sangre emana la pincelada en stop-motion sobre la que se desarrollarán armonía y caos, hasta construir su deliberado despunte antropocentrista perfilado por el imposible entendimiento y el afán de  autodestrucción del ser humano; perspectiva que despierta en el espectador más atento un innegable el recuerdo al complejo cortometraje Dimensiones del diálogo (Moznosti dialogu, 1982) del checoslovaco Jan Svankmajer.

Por Javier G. Godoy, Cristina Aparicio, Javier Martín Corral y Carlos Durango
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