La represión institucional, el terrorismo de Estado, las acciones civiles amparadas en cuerpos paramilitares protegidas por el poder político no han sido exclusividad de épocas totalitarias o de siniestros personajes bajo la denominación de Señor X. En Argentina se sufrió una terrorífica dictadura militar durante más de 7 años. Pero los estertores de ese mandato de bigotes fachos y picanas se extendieron más allá de la victoria democrática de Raul Alfonsín. Los instrumentos de represión y sus protagonistas no se conformaron con las derrotas sociales y en el campo de batalla, en aquella absurda sangría en que se convirtió la Guerra de las Malvinas. El Clan visita ese margen de la ley para alumbrar un episodio desconocido fuera del país de la Plata, que envolvía dentro de una trama criminal y extorsiva a toda una familia, los Puccio.

¿Qué pasaría si descubres que los vecinos que siempre saludas, el compañero del equipo de rugby en el que juegas o los dependientes de la pastelería a la que encargas las tartas de cumpleaños, son en realidad una red de sociópatas que secuestran y matan por dinero?

El director Pablo Trapero, después de éxitos como Leonera o Carancho analiza con un ritmo de alto voltaje el sentir de una nación que trataba de dejar atrás el episodio más negro de su joven historia, y que trataba de volver a ser el referente de un continente azotado por el fanatismo populista y las dictaduras militares. Arquímedes Puccio, interpretado de nuevo brillantemente por el cada vez mejor Guillermo Francella, es un supuesto ex agente de la Inteligencia de Videla, que no acata los nuevos tiempos, y trata de prosperar a base de la extorsión y el chantaje de familias acaudaladas, después del secuestro de alguno de sus miembros.

Basada en hechos reales, El Clan nos lleva con sus miradas y sus silencios a un debate que Trapero no esconde, el de la complicidad de todos los miembros de este clan, desde el padre, hasta los hijos más pequeños, en la perpetración de estos crímenes. La sociopatía los absorbe hasta el punto de usar a los vástagos como carnaza a la hora de encontrar objetivos a los que secuestrar. El problema de los viejos modos es que no se olvidan, y los secuestrados, a pesar de que sus familias pagan sus negociadas mordidas, mueren a manos de sus captores. A sangre fría y a traición. Todo con la connivencia del núcleo familiar, en lo que sin duda es el eje conductor de la película. Las comidas familiares, los negocios levantados sobre las espaldas de un apellido, la justificación del todo por la supervivencia de la sangre.

Trapero no analiza las consecuencias de este hecho de cara a la sociedad, si no que todo se enreda en el ambiente más íntimo. La obsesión por el silencio, los oídos sordos a los lamentos y quejidos de los secuestrados en la vivienda familiar, los modernos métodos de derrota psicológicas y sobre todo, la preclaridad de Arquímedes en sus crímenes a través de los métodos de la Triple A, hacen de El Clan un thriller psicológico que no llega a cotas tan altas como El secreto de sus ojos o Nueve Reinas, pero que de nuevo demuestra que el pulso del cine latinoamericano en general, y del argentino en particular, se mantiene en lo más alto.

© K&S FILMS

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Mención aparte merece Guillermo Francella, un maravilloso actor surgido de la comedia más rancia, y que en apenas tres papeles ha devenido en uno de los rostros imprescindibles de la cinematografía en castellano del siglo XXI. Si bien el resto de secundarios no están a la altura, la película se mantiene gracias al perfecto ritmo impregnado por el director, en un montaje que juega con los saltos temporales al ritmo de The Kinks.

Lo mejor: Un Francella de 10, y una escena final que dejará a toda la platea sin respiración.

Lo peor: Los secundarios son más fríos que un Mikolápiz, y en ocasiones no queda clara la intención de sus acciones.

Por J.M.C.
@Jatovader