Hay una fractura entre Wiktor y Zula que nada tiene que ver con la Europa dividida en la que se encuentran. Tampoco es fruto de una posguerra que hiere a todo un país, y al que deja sumido en el desamparo de una reconstrucción sin cimientos (visibles o de difícil acceso). El último largometraje de Pawel Pawlikowski no solo comparte con Ida (2013), su anterior trabajo, unas constantes estilísticas (el uso del blanco y negro, el formato académico o el gusto por situar a sus personajes en la parte inferior del plano), sino que hay un vínculo más potente entre ambas cintas y que conecta las realidades de todos sus personajes: el silencio.

Entendido como incomunicación (o incapacidad para verbalizar emociones), este mutismo del alma es el germen del romance inagotable que encierra Cold War (2018). No hay una renuncia al diálogo, pero sí una elocuencia visual en la cuidada puesta en escena de Pawlikowski: el entorno se postula como un personaje más, determinante en el destino de cada uno, relegando a los amantes a hacerse un hueco en la Historia (y en su historia), a luchar por protagonizar su propio romance. De tintes minimalistas, con elipsis que censuran narrativas externas al amor de Wiktor y Zula (imágenes que destilan sensualidad y pasión), una especie de visión túnel donde sus encuentros son los únicos encuadrados, quedando fuera de la pantalla los anexos, las desviaciones y desvaríos.

Pero no solo el espacio, también la música se erige como otro de los grandes protagonistas indiscutibles de la cinta. Desde el comienzo, las canciones se convierten en el patrimonio folclórico y herencia de una población cuyas raíces han quedado sepultadas por los escombros del olvido. Así, la fundación de la Escuela Oficial de Coros y Danzas del país es la responsable de adentrarse en las grietas más profundas de Polonia y rescatar sus señas de identidad. A través de las canciones populares cantadas por habitantes de todo tipo y condición, se dibuja el retrato colectivo de una sociedad en ruinas a la vez que entusiasta, tan necesitada de superar el pasado como de abrazarlo. Por medio de las canciones surge el amor imperecedero, esclavo del momento y del lugar.

En la otra Europa, más nocturna, desinhibida, acelerada y bohemia, el idilio queda más expuesto y libre, pero también desincronizado con el correr del tiempo. Una modernización que tiene su equivalente en la adaptación al jazz de algunos de esos cantos, forma en que Pawlikowski hace atemporal un legado cultural así como el amor que ensalzan las canciones. Todo lo no dicho (lo que encierran las miradas, los grandes sacrificios y las renuncias) queda sentenciado ante el micrófono. Porque a veces solo la música es capaz de dar voz a las verdaderas pasiones del alma.

Lo mejor: La elocuencia, belleza y sensualidad de sus imágenes.

Lo peor: Que la potente idea que sostiene el prólogo no tenga una película propia.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa