No sé concretar cuándo empecé a sentir la fascinación que siento ahora por Star Wars, pero sí soy consciente de que, desde que era muy pequeño, las aventuras de la familia Skywalker han ocupado gran parte de mi tiempo libre. Cuando no pilotaba un Ala-X en la Nintendo 64 con aquella maravilla llamada Rogue Squadron (Star Wars: Rogue Squadron, 1999) o intentaba superar algún circuito de Star Wars Episodio I: Racer (Star Wars Episode I: Racer, 1999), modificaba el diseño de mi Halcón Milenario construido a base de piezas de Lego o reproducía una y otra vez el VHS de El Retorno del Jedi (Star Wars Episode VI: Return of the Jedi, 1983) retorciéndome de risa con los ahora muy discutidos ewoks o repitiendo al unísono el «Stay wanna wanga» de Bib Fortuna con una similitud pasmosa. Invertía tanto tiempo sumergido en el universo creado por George Lucas, que pasé a concebirlo como un pasatiempo innato a la infancia de todo crío nacido a finales de los años ochenta (o principios de los noventa), en lugar de una afición, como otra cualquiera, transmitida de padres a hijos.

En este contexto, y con unos cuantos años más a mis espaldas, al escuchar la noticia de que Lucasfilm –tras su adquisición por parte de The Walt Disney Company– produciría una nueva trilogía de la saga Skywalker, perdí absolutamente el control y dejé muy claro a toda persona que aún no me conociese bien, que lo mío con Star Wars podría considerarse hasta patológico. Me hice con una nueva edición especial de la saga, saqué a relucir mi antigua colección de cintas de la trilogía original, reuní todo el material que tenía de las películas para exponerlo en mi habitación e inundé cualquier conversación que se prestase con comentarios de cada detalle que se iba conociendo sobre la producción, el rodaje o el reparto de la que eventualmente se convertiría en El Despertar de la Fuerza (Star Wars: The Force Awakens, 2015). El hype no hacía otra cosa que crecer con cada semana que pasaba. Y yo estaba encantado.

Fans de la saga en la Star Wars Celebration de 2015

Tanto es así que, cada vez que iba al cine y se emitía el tráiler de alguna de las nuevas películas –incluida Rogue One (2016)–, agachaba la cabeza y me tapaba los ojos con un automatismo que, aunque asustaba a mis acompañantes, no tenía otra finalidad que la de evitar cualquier tipo de avance sobre lo que estaba por venir. Muy pocos entendían que lo que pretendía era llegar al cine el día de su estreno –que, por supuesto, me cogería como día de vacaciones para no tener que ir a trabajar– y disfrutar con estas nuevas películas como aquel crío que una vez fui. Y lo conseguí: al evitar todo spoiler, toda conversación relacionada con la posible trama y toda noticia, debate o reportaje en Internet, me aseguraba de que la experiencia cinematográfica fuese única.

Porque lo fue. Todavía me acuerdo de la extraña sensación de incertidumbre que experimenté al entrar en aquella sala, infestada de fanáticos como yo, y respirar un apasionante –y generalizado– nerviosismo; aquellos segundos en los que el corazón se me paró al leer, en los créditos iniciales de El Despertar de la Fuerza, que «Luke Skywalker ha desaparecido»; o de la sacudida emocional que supusieron para mí los últimos minutos de Rogue One, que culminaron con aquel discutido –pero para mí apasionante– «Esperanza» pronunciado por Leia Organa. Ir al cine nunca había sido tan emocionante.

Por lo tanto, el estreno de Star Wars: Los Últimos Jedi (Star Wars: The Last Jedi, 2017) es un evento que, como supondréis, muchos vivimos con especial ilusión: ya sea por tratarse de un episodio más de la saga, por ser la última entrega que contará con la presencia de la recientemente fallecida Carrie Fisher o por las muy positivas primeras impresiones que ha generado la premiere de la película de Rian Johnson. Así que esperemos que «La Fuerza» nos acompañe este fin de semana en los cines. Yo creo que lo hará seguro.

Por Nicolás G. Senac
@JerryF_