Hace ya algún tiempo apareció una fotografía que suscitó la controversia en las redes cuando simplemente pretendía alardear de perspectivas visionarias para el futuro. La instantánea, tomada en el Mobile World Congress 2016 de Barcelona, quedó grabada en mi retina por culpa de la irónica sonrisa que Mark Zuckerberg (creador de Facebook) portaba mientras caminaba junto a cientos de individuos engalanados con gafas de realidad virtual ajenos a lo que ocurría en rededor. Una mirada progresista e inquietante –cuanto menos- que levantó ciertos debates en cuyas conclusiones la sociedad salía siempre bastante mal parada. Aquellas gafas abrían una puerta a un futuro aún más inmerso que nunca en la tecnología; una alegórico espejismo que resulta fácilmente reconocible en el punto de partida que toma Creative Control (2015).

El realizador Benjamin Dickinson firma aquí su segundo film independiente, primero en el que se atreve a ponerse la máscara de creativo total ejerciendo de director, guionista y protagonista. La cinta, liderada por un publicista adicto al trabajo y otras drogas, trata de desarrollar su potencial entorno a unas gafas de realidad aumentada (en montura de pasta) que bien podrían ser el modelo definitivo de las mostradas en aquella paródica postal que referenciábamos arriba. Estas gafas, apodadas Augmenta, serán el hilo conductor de una historia con intencionado recuerdo a las contaminadas y satíricas sociedades de Black Mirror (2011-actualidad) y ciertas pretensiones de grandeza indie delatadas por su admiración a la prodigiosa Her (2013) de Spike Jonze.  El cóctel resulta interesante a simple vista, planteando una premisa arriesgada con detonantes lúcidos pero, muy a nuestro pesar, queda lejos de explotar un debate antropológico con inquina hacia las nuevas tecnologías, o las relaciones en el mundo digitalizado, como hicieron sus referentes, para observar con recelo y desprecio los pecados de personajes criticando sus vicios, sus obsesiones y la conversión hacia el egocentrismo auto-idólatra.

En favor del espectador queda, sin lugar a dudas, una cinematografía cuidada, expresiva y sagaz, que sabe emplear el blanco y negro desarrollando técnicas de exposición de alto contraste combinadas con pálidos ápices de colores pastel que destacan fantasías y quimeras del protagonista en su obcecado mundo virtual. Este punto consigue equilibrar ciertamente la balanza y hacernos reconocer que los sencillos –además de elegantes- efectos especiales que hemos visto funcionan en la pantalla y enriquecen el resultado, aunque la consistencia del guion se derrumbe en sus personajes secundarios y su indecisión por diseccionar ideas globales o aspectos puntuales de sus personajes. Dickinson, al fin y al cabo, consigue construir un castillo virtual estiloso pero tan vacío como la propia concepción del mundo binario.

Lo mejor: su cinematografía en blanco y negro resulta reconocible; tan estudiada y bien ejecutada, como singular.

Lo peor: la continua sensación de estar viendo un capítulo de Black Mirror frustrado por su bajo potencial.

Por Carlos Durango