En días de penoso protagonismo de la lacra del maltrato doméstico en nuestra sociedad, el cine tampoco ha obviado una realidad candente y dolorosa, reflejando en varios trabajos destacados una desgracia de la que está costando deshacerse. Ya sea por la ineptitud de las leyes ante las múltiples posibilidades estudiadas para su prevención o del propio miedo de las agredidas frente a la -absolutamente necesaria- medida de denunciar a tiempo, cargamos con una losa que quita vidas con una facilidad gravemente pasmosa.

Te doy mis ojos (2003), Perder la razón (À perdre la raison, 2012), Redención (Tyrannosaur, 2011), El color púrpura (The Color Purple, 1985) o Sólo mía (2001), son sólo algunos ejemplos de trabajos que se sumergieron, a través de formas y contextos diferentes, en los oscuros rincones del hombre y el abuso conyugal. Sin duda, un tema a tratar con extrema delicadeza, pues exige -o al menos debería hacerlo- la imparcialidad frente a la exposición de la violencia así como el tratamiento emocional del impacto que estas circunstancias acarrea. Para ello, como para la mayoría de disyuntivas sociales, el cine francés es uno de los grandes exponentes del naturalismo más veraz, virtud de la filmografía de un país entregado a las realidades urbanas por encima de las grandilocuencias de la ficción más pura.

Así, el debut de Xavier Legrand en el largometraje se hace eco de los problemas generados por un divorcio traumático, no sólo para la pareja, sino para los hijos, especialmente los más jóvenes. El director fija el objetivo hasta la claustrofobia para que el espectador tiemble junto al pequeño Julien -un sorprendente Thomas Gioria– y sienta su rabia además de su pavor ante una situación injusta que le ha mostrado a una edad tan temprana el carácter agresivo de su padre (un perturbador Denis Menochet). A través de ese acercamiento, Custodia compartida (Jusqu’à la garde, 2017) se revela como un ejercicio de madurez cinematográfica que se mueve, con una interesante fluidez narrativa, entre varios géneros: el cine social, el thriller y, seguramente, también el horror, lugar que transita durante un demoledor tramo final. Honesta en su descripción de personajes y minimalista en la puesta en escena, no hay lugar para la manipulación en su lenguaje, que parte de un guion sin complejos, de sensibilidad palpable y, afortunadamente, desprovisto de fuegos de artificio en su argumento.

De esta manera, Legrand hace aparición en el terreno del largometraje con una poderosa propuesta que no pasó desapercibida en Venecia (Mejor director y Mejor ópera prima) o San Sebastián (Premio del Público al Mejor film europeo). El director, formado en el mundo del teatro, decide acercarse a la tragedia griega que tanto le apasiona sumergiéndose en la mayor adversidad familiar con valentía y compromiso. Este atrevimiento no sólo es ecuánime con el propio realizador como autor, sino con un público que, a pesar del sofocón, agradecerá la ausencia total de las siempre cobardes medias tintas.

Lo mejor: Es, sin duda, una de las óperas primas más potentes de los últimos años.

Lo peor: La autenticidad de su relato, señales de una dolorosa realidad.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum