Rocas áridas, cielos rojizos, luz eterna, mar en calma, intenso olor a pinos y sal que traspasan la pantalla. Con estas evocadoras imágenes comienza el documental Salvador Dalí: en busca de la inmortalidad, dirigido por David Pujol y producido por la Fundación Gala- Salvador Dalí.

Nos encontramos en el pueblo de Cadaqués, más concretamente en la zona de Portlligat, donde el genio nacido en Figueres pasó todos los veranos de su infancia. Ese paisaje se clavaría en su retina para siempre, inspirándolo durante toda su carrera, pese a los múltiples estilos con los que experimentó. Se convirtió, desde muy joven, en una figura internacional, sobre todo a partir de zambullirse en el novísimo surrealismo a finales de los años 20. La coyuntura política también ayudó para que la figura de Dalí se hiciera imprescindible en circuitos tan elitistas e importantes como París o Nueva York. Pero su amor a Portlligat no desaparecería nunca.  Allí era donde realmente podía crear e inspirarse, junto a su musa Gala. Solo la muerte de su eterna compañera haría que abandonara su querida casa, fruto de años de esfuerzo y creación, junto a esa pequeña playa.

El documental, a través de un amplísimo archivo fotográfico e imágenes inéditas del artista y voces en off que ponen de manifiesto sus cartas y pensamientos, consigue apartarnos del Dalí-personaje y mostrarnos su parte más humana, aunque con su espíritu visionario y completamente innovador resulta casi imposible que no vaya siempre de la mano. Pero sí conseguimos observar a un joven disfrutando de placeres banales como tomar el sol o compartir charlas y comidas con amigos (¡qué espectáculo debía producirse en ese pequeño rincón de marineros cuando aparecían personajes como Buñuel o Lorca). Tan pintoresco grupo, su relación con Gala (pieza clave en su vida y en el documental, siempre tan enigmática y en segundo plano, aunque fue la única mecenas que tuvo el artista), y las inquietudes artísticas del joven Salvador, tan difíciles de comprender para una familia tradicional, supusieron grandes desavenencias, sobre todo con su padre, un respetable notario de la zona.

Somos testigos a través de una carta escrita por su progenitor y narrada en voz en off de como nadie de su círculo familiar estaba preparado para la transformación inevitable del pintor multidisciplinar (durante la pieza, somos testigos de como él diseñó todas sus casas, de sus colaboraciones cinematográficas con Buñuel e incluso con Hitchcock). Del joven que retrataba a su hermana Lidia durante horas ya no quedaba nada. El personaje se estaba forjando y no había nada que hacer al respecto. Con un amplísimo trabajo de documentación, vemos como el joven artista se convierte en un ser estrafalario, lleno de fantasmas y obsesiones como la inmortalidad. Y es que él fue muy consciente de que solo a través del arte se convertiría en un ser eterno. Vemos a un Dalí que trabaja día y noche, que experimenta con todo tipo de técnicas, influenciado por diversas disciplinas: arquitectura, ciencia, arqueología…, todo podía convertirse en arte a través de su mirada inquieta y curiosa.

El documental se centra sobre todo desde su inmersión en el surrealismo, coincidiendo con su enamoramiento eterno hacia Gala (que también se convirtió en una necesidad absoluta) hasta 1989, año de su muerte en la casa Galatina, que él mismo diseñó e hizo construir al lado de su museo en Figueres. Este hecho, y sobre todo las declaraciones del ya fallecido pintor Antoni Pitxot (amigo de confianza hasta el punto de que tan solo él y su esposa Gala podían estar presentes durante los procesos creativos del artista), ponen de manifiesto la gran lucidez mental que acompañó al genio hasta el mismo momento de su fallecimiento.

Montse Aguer, directora de la fundación, y David Pujol, director y coguionista.

Otro hecho sorprendente y que nos ayuda a comprender las ansias de inmortalidad de Dalí, se nos muestra en el documental: un incendio en otra de las residencias del abanderado del surrealismo (concretamente en el castillo de Púbol, un regalo a su estimada Gala y cuya fase de restauración se nos enseña con detalle), obligó a que Dalí fuera ingresado en el hospital en el año 1982. Antes de llegar, hizo desviar a la ambulancia para recorrer, de noche y una a una, todas las estancias de su museo, donde estaba su legado; es decir, su pase a la eternidad. Durante el documental, asistimos a debates y explicaciones de diversos especialistas en la obra del ultra prolífico autor y, aunque son enriquecedoras, se convierten en las partes más lentas y aborrecibles de la pieza. El archivo documental, junto a la música clásica que tanto le gustaba a Dalí y sus propias imágenes creando, relatando su peculiarísima visión del mundo, junto a sus excentricidades (perdonadas siempre por su innegable talento) son lo que convierten verdaderamente este trabajo audiovisual en una pieza onírica, cargada de intensidad, que incluso nos hace replantearnos cuestiones como nuestro cometido en la vida. El de Salvador Dalí fue claro y conciso desde muy temprana edad: quería ser inmortal. Y su perseverante e incluso febril trabajo es la más grande muestra de ello. Creyente en Dios, pero no de la fe, sabía que solo su arte lo haría eterno.

Por Adriana Díaz