Cuando en 2003 Gus Van Sant arrasaba en festivales con su lenta, contemplativa, hipnótica y cotidiana Elephant (a rebufo del éxito de Bowling for Columbine, 2002) poco podía imaginar que los recursos que usó para mostrarnos las horas previas de la matanza perpetrada por dos adolescentes en su colegio iba a tener imitadores temáticos y formales. Es el caso de esta Dark Night, película que narra la víspera del atentado cometido por James Holmes en Aurora, Colorado, cuando irrumpió en el estreno de El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008) más armado que El equipo A, y decidió emular a un Joker un tanto prosaico, y asesinó sin contemplaciones a más de una decena de espectadores, e hirió a unos tantos más.

Y es que la referencia a la (para muchos) obra maestra de Van Sant no es gratuita. El filme dirigido por Tim Sutton parece un calco en sus intenciones, no así en sus resultados. Con un ritmo (excesivamente) lento, el director nos da un reflejo de la rutina de un pueblo de los Estados Unidos, esos lugares en los que un alto porcentaje visten mono de gasolinera, y cuando viajan por sus capitales les tildan de rednecks. Encierra también una visión pesimista de la juventud y la omnipresencia de los medios sociales en una América post 11-S, una efervescencia tecnológica que nos aleja de nuestros entornos familiares, dejando al hombre solo ante un mundo nuevo en el que cada uno trata de adaptarse con desigual resultado. Pocos lugares comunes escapan a la crítica del autor: la incomunicación entre adultos, los fallos en el sistema educativo, la tiranía del físico en la imagen pública y su reflejo cuasi pornográfico…

Con una fotografía calmada, que podría ser el reportaje de un periódico amarillista acerca de la vida en el sector del desempleo, el filme alterna momentos de falso documental con recreaciones más o menos libres de los hechos. Recorre la vida de las víctimas en un retablo de actualidad en el ocio y las relaciones interpersonales poco comunicativas, y señala el nihilismo de una juventud cada vez más precoz. Narra con detalle la elaboración por parte del asesino del atentado, con un montaje de cámara fija y plano secuencia que pretende hacer cómplice al espectador, en un recurso que desarrollan infinitamente mejor directores como Haneke. Se apoya de forma desvergonzada en una música fácil y lacrimógena, rayando el emo, que no consigue que empatices más con los hechos narrados, sino que más bien profundiza en el aburrimiento que produce el devenir de los sucesos.

Una película fallida en sus resultados, no así en sus intenciones. Déjenme acabar este artículo simplemente señalándoles algo relevante para que no se lleven a engaño: si ven la película con la esperanza de por lo menos entretenerse con alguna escena de acción que refleje el terror y la sinrazón del ataque, váyanse olvidando, la película funde a negro en el momento en que el terrorista accede al cine, dejando una sensación de coitus interruptus a aquellos que esperábamos cierto ritmo tras el tedio de su, afortunadamente, corto metraje.

Disponible en Filmin.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader