Parece complicado poder conocer a alguien a través de sus creaciones. Reparar en cómo observa el mundo de una forma que lo hace único y que comparte con el resto a través de obras a las que da a luz porque sabe, o cree saber, que esa es la mejor forma de pedir la palabra y esperar el turno. El artista, casi siempre convencido de su mensaje, no espera ser entendido, pero sí escuchado. Y así, mediante ese ejercicio de voyeurismo artístico, al resto nos queda la esperanza de atender a estos autores para sentirnos más cerca no sólo de lo que inventan, sino de su propia naturaleza como seres humanos. Y funciona.

Jóhann Jóhannsson se ha marchado demasiado pronto y, como la muerte siempre aparece a destiempo, aún se acentúa más la sensación de que estábamos empezando a conocer a este músico de suaves maneras, creador de melodías refinadas y dueño de un oído privilegiado. Se había hecho escuchar, porque el cine de Hollywood es lo que es, un enorme megáfono dorado que pone el grito en el cielo. Así que hasta ese firmamento es donde parecía haber conseguido aproximarse Jóhannsson, que con la partitura para La teoría del todo (The Theory of Everything, 2014) captó las miradas de propios y extraños, amantes de la música del cine, y de la que no lo es. Con credenciales así, no es sorprendente que quisiésemos conocerlo más, pero se ha ido. Y es demasiado pronto.

Aunque el cine ya lo había visto venir, fue Denis Villeneuve quien decidió jurarle lealtad, como después se la juramos otros. El cineasta canadiense entendió en Prisioneros (Prisoners, 2013) que aquel hombre de barba rojiza y aspecto de intelectual bonachón tenía guardados varios ases en la manga y que las próximas películas necesitarían esa capacidad de transformación de los sonidos clásicos para acabar de definir su propia personalidad. Sicario (2015) fue la confirmación no sólo de la cinematografía total de Villeneuve, sino del entendimiento impagable entre el realizador y el músico. Después, La llegada (Arrival, 2016) elevaría esta colaboración a niveles en los que no existe la objetividad porque, a partir del nuevo hito, del binomio sólo se querría más madera, mucha más. Pero Jóhannsson se ha ido. Y es demasiado pronto.

Madre! (Mother!, 2017), algunos fragmentos de Blade Runner 2049 (2017) o The Mercy (2018) acabaron de meterlo en la dinámica del pluriempleo del cine. Sin embargo, el compositor no parecía verse afectado por la acumulación de trabajo, incluso reservaba tiempo para asistir a festivales o, como hace algo más de una semana, actuar en el L’Auditori de Barcelona y regalarle al público un elegante concierto con temas del disco Orphee (2016). Nadie imaginaba por aquel entonces que el artista de Reikiavik iba a morir a los 48 años de edad, cuando, en realidad, no habíamos tenido tiempo para acercarnos demasiado, para traducir su obra o para entender de veras los acordes de su asombroso neoclasicismo. Pero Jóhannsson se ha ido. Y es demasiado pronto.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum