Desde que el 11-S azotase las conciencias y las incomprensiones alrededor del mundo, una especie de miedo se ha instalado en las sociedades. Un miedo ancestral, a lo desconocido, a aquello que se teme más por su invisibilidad que por su carnalidad, un miedo atávico a lo más cercano, tomando conciencia de que el mayor de los peligros puede acechar al otro lado de la puerta de casa.  Decía Isaac Rosa, autor del fenomenal libro El país del miedo que “es una situación paradójica porque somos la sociedad más segura de la historia y, sin embargo, somos la sociedad más obsesionada con la seguridad. Cuanto más seguros objetivamente estamos, más inseguros subjetivamente nos sentimos, y demandamos más protección.” En torno a esta idea del miedo irracional al entorno en lo que se centra la película Los demonios (Les demons, 2015).

La novedad que presenta el filme del canadiense Phillippe Lesage (su esperanzador debut tras las cámaras) es descubrir estos miedos a través de los ojos y las reacciones de un niño de unos 10 años. Y claro, no solo hablamos del terror que puede presentarse a pie de calle, o la posible violencia física del prójimo, si no que los miedos del excelente protagonista (Édouard Tremblay-Grenier, maravilloso a través de sus miradas y silencios) nos llevan hasta la intangible posibilidad de que sus padres se divorcien, que sus vecinos estén peor de la cabeza de lo que los demás creen, sin dejar de lado los típicos monstruos que a todos nos han acompañado en el sueño de nuestra infancia.

La trama explota cuando los miedos fantásticos del pequeño Felix empiezan a hacerse realidad, mucho más cerca de lo que él y su entorno piensan. La aparición de un pederasta mantendrá en vilo a toda la población, y llevará a Felix a ver encarnados los temores a los que tanto tiempo ha dedicado.

Como bien señalaba Lesage en el Festival de San Sebastián 2015, en la que la película participaba a concurso, “hemos tratado de dar a la película un aire de simplicidad. La vida interior es difícil de grabar y así nos dábamos tiempo para vivir y evolucionar con los niños”. Y es que la idea de filmar este episodio real nace de un caso que sucedió en su entorno durante su infancia.

Una muy buena película que quizá peque de ambiciosa en su duración, y de algunas pretensiones en sus planos secuencia, que no dejan explotar totalmente al argumento, pero a pesar de ello, mantiene al espectador en la butaca preguntándose qué ocurrirá con el pequeño Felix.

Lo mejor: el papel infantil de Edourad Tremblay-Grenier, y el nivel de angustia que puede sufrir el espectador si empatiza demasiado con los personajes.

Lo peor: algunos tramos reiterativos y una duración un tanto excesiva.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader