Me enfrenté a Demonios tus ojos (2017) con expectativas, me parecía sugerente la idea que proponía la última película de Pedro Aguilera, director de La influencia (2007). El film cuenta la historia de Oliver, un director de cine residente en Los Ángeles, que vuelve a España para retomar la relación con su hermana. Entre ellos surge la atracción y se verán inmersos en incestuosos juegos en los que hay mucho de dominación y perversión.

La película comienza manejando algo importante, una buena idea. Además, propone un juego atractivo para el espectador tocando conceptos bastante interesantes: la pérdida de la inocencia o la idea de manejar a alguien desde una sutil perversión aceptada por los dos protagonistas. La mirada del director se acerca de forma aséptica a los hechos y parece no juzgarlos, se aproxima como un voyeur más, porque llegados a este punto somos todos mirones incontrolables. Sin embargo, a partir de aquí, se acaban las buenas noticias, el conjunto empieza a hacer aguas.

El guion del propio Aguilera junto a Juan Carlos Sampedroempieza, comienza a tener agujeros insalvables, lo que supone que ciertas situaciones queden resueltas un poco “de cualquier manera”. Cuando en varias escenas estalla el conflicto, se deduce un libreto poco trabajado y, en dichas secuencias,  la interpretación de los actores resulta cercana a la improvisación, lo que da como inevitable resultado unos personajes planos apoyados en un texto poco sólido. Y me refiero a personajes planos porque hay una tendencia a buscar la verdad en la actuación desde la naturalidad mal comprendida, dando pie a unos diálogos muy ligeros y alejados de una verdadera interpretación, lo que deja, por así decirlo, vendidos a los actores.

En muchos filmes, y este es uno de ellos, hay un exceso de exhibicionismo “cultureta” que no dice gran cosa de los personajes o la historia, sino un “postureo” basado en la insistencia por mostrar ciertos libros o discos, o planos “al estilo Cassavetes” que más parecen onanismo del director que un sincero ejercicio de estilo. Otra particularidad que dice poco a favor de la cinta es la ausencia de un campo sonoro propio que ayude dar forma y personalidad a la narración, una discutible decisión del realizador que provoca una irritante falta de brío y determinación que hubiese dotado al film de mayor empaque e identidad propia.

Queda sensación de oportunidad perdida para haber podido hablar y mostrar temas escabrosos y haber hecho un franco análisis de esos oscuros y secretos deseos. A uno le vienen a la mente el Humbert Humbert de Lolita (1962) o el Gustav von Aschenbach de Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), pero claro, aquellas fueron perversiones para la posteridad.

Lo mejor: la idea y el concepto del film.

Lo peor: el guion, que da pie a un final atropellado y poco justificado.

Por Javier Gadea
@javiergadea74