“Ser como la noche y el día”: expresión usada para enfatizar la diferencia que existe entre dos términos comparados.

Esto dice nuestro ínclito y siempre correcto amigo Diccionario de la Lengua Española. Desde su rectitud y frialdad, este nos habla de una noche y un día lógicamente opuestos, forzosamente incompatibles; sin embargo, la famosa magia del cine —que existe, lo juro— no entiende de reglas, convenciones ni diccionarios, y el gigante de los sueños, el estudio de animación Pixar, mucho menos.

A través de una puesta en escena que articula la eterna dicotomía forma-fondo de la manera más literal imaginable, el cortometraje de animación Día y noche (Teddy Newton, 2010) nos hace partícipes de una encarnizada lucha entre dos tiempos que habitan un mismo espacio: un pasado y un futuro separados por las doce horas que apartan al arcoíris de los fuegos artificiales, a las mariposas de las luciérnagas, a la decencia matinal de la locura nocturna. Doce horas que, en principio, parecen constituir un abismo insalvable.

La sencillez con la que se consigue plasmar tan original premisa es la que confiere a la pieza esa efectividad tan abrumadora. El condicionamiento mutuo entre las acciones del “antropo-formato” y lo contenido en él, obsequia a nuestra imaginación con maravillosos símiles sonoros y metáforas que nos hacen escuchar un frotar de ojos en el sonido de una bicicleta o ver un enfado en una manada de cuervos. Tras una alentadora secuencia de mensajes positivos tales como el orgullo de lo propio y el amor a lo desconocido, el clímax: por un segundo, noche y día son lo mismo.

Un viejo proverbio judío reza: “hasta un reloj parado da bien la hora dos veces al día”; pues bien, la noche y el día estaban equivocados hasta que una misma hora los unió para hacerles salir de su error. Un momento, además, en el que se nos muestra la sorpresa de ambos por el cambio acontecido… ¿Por qué se asombran?, ¿acaso no llevan viviendo ese ciclo diario desde el amanecer de los tiempos? Claro, de esta manera se nos explica que cada madrugada es, literalmente, un nuevo día: la mente inocente y virginal de cada mañana no conoce de más tiempo que el presente y no debe pensar más que en disfrutar de cada momento que le ofrecerá el nuevo día. Una efímera existencia de veinticuatro horas que es un lienzo en blanco sobre el que plasmar cada enseñanza y cada error, cada sentimiento, cada experiencia… Para el diccionario, es solo un día; para nosotros, una porción de vida.

Por Martín Escolar-Sanz