En su inquebrantable voluntad por construir una constante colección de desencuentros, frustraciones, broncas y sorpresas narrativas que volteen la relación de amistad de un grupo de viejos amigos, protagonistas de Las distancias (Les Distànces, 2018), Elena Trapé y sus co-guionistas Miguel Ibáñez y Josan Hatero se olvidan de lo más importante: hacer evolucionar el retrato colectivo de estos personajes hacia un lugar que no sea el territorio común del desengaño. ¿O quizás hubiera sido más atrevido intentar desbordar de forma más radical unos personajes y una trama colectiva de desencanto generacional, que no deja de estar limitada por una estructura y un minutaje convencional?

A todas luces la flamante ganadora del pasado Festival de Málaga (película, dirección y actriz principal)  finaliza de forma conservadora e inconclusa, pese a un grandísimo potencial representado en una muy sugerente sensibilidad tras la cámara de la directora barcelonesa y a la fuerza de Olivia (Alexandra Jiménez) como personaje protagonista. No se puede decir lo mismo del resto del reparto del filme, que en su conjunto se percibe un tanto descompensado. Especialmente falta de interés resulta la pareja formada por Guille (Isak Férriz), encarnando a un insoportable personaje al que la falta una capa de grises y con el que nunca llegamos a empatizar y Anna (Marta Ribera), única no integrante del grupo de amigos de toda la vida, que parece contagiar la incomodidad y desubicación de su personaje a su discreta actuación. Mucho más logrado resulta el personaje de Eloi (Bruno Sevilla), el indefenso y encantador “fracasado” por excelencia, que aporta una capa de matices interesantísima a este retrato coral, y que hubiera llegado más lejos en su potencial dramático (como el resto de personajes) sino fuera porque la trama gira de una forma un tanto obcecada en torno al personaje desaparecido de Comas (Miki Esparbé).

Pese a su refrescante y pesimista punto de vista respecto a lo volátil de la amistad (grupal), Las distancias parece sentirse cómoda en el territorio del diálogo coral, sin querer llevar más allá su propuesta a nivel dramático; signo de ello es el conservadurismo que se desprende del clímax del filme, en forma de breve discusión. Todo ello no deja de resultar un tanto frustrante durante ciertos tramos del metraje, en mayor parte a causa de cierta diversificación en el relato, consecuencia de la excesiva importancia de la trama que rodea a Comas, y que impide que lo primordial aquí: la historia de amistad y fracaso, fluya adecuadamente. Todo ello deja ciertos huecos que desmerecen las buenas intenciones iniciales del filme: como la falta de profundización en la relación de Olivia y Comas, o entre este último y Eloi.

No obstante, en su conjunto, Elena Trapé demuestra muy buen tacto a la hora de trazar personajes con pocos elementos y juega inteligentemente con el detalle y el lenguaje puramente cinematográfico; ese silencio y posterior seguimiento de Comas previo a su huida, ese anillo escondido y entregado a destiempo, el viejo CD que suena de fondo, o ese cúmulo de miradas de Guille a Eloi durante su paseo con Anna por un mercadillo. Tal vez si la trama y el planteamiento del filme se hubieran tomado menos en serio en la sala montaje, estaríamos hablando de una obra mucho más viva y cercana.

Lo mejor: Su melancólica mirada sobre la amistad.

Lo peor: Que la película no se desborde y no aproveche toda su fuerza dramática.

Por Martí Soler Arce