Ya desde su primera incursión en el cine, Ramón Salazar ha sido un director (a la vez que guionista) muy interesado por el universo femenino. Influenciado por el cine de Pedro Almodóvar, en aquella primera película, Piedras (2002), eran cinco las mujeres sobre las que giraba y se cruzaba la historia con el dolor como telón de fondo en lo que resultó ser un ambicioso, arriesgado e irregular drama con pretensiones. En La enfermedad del domingo (2017), presentada esta semana en la Berlinale, nos propone algo más intimista y pequeño. Al ser también guionista, el autor asume todos los logros, pero también los fracasos, así que en su propuesta de entrar en el juego, el público entrará, o no.

Anabel (Susi Sánchez) abandonó a su hija Chiara (Bárbara Lennie) con ocho años. Treinta años después regresa con la extraña propuesta de que pasen diez días juntas. Lo que parece una reunión para conocerse y estrechar relaciones, esconde otras intenciones de Chiara.

Pero no consigo conectar con el film porque lo que podía haber empezado de forma natural, arranca de manera forzada y artificiosa a través de unos personajes que parecen desprovistos de una vida anterior a los acontecimientos actuales, un dibujo de trazo simplón y algo torpe. A pesar del esfuerzo de las dos actrices -mención aparte para Lennie, magnífica- la película posee ciertos automatismos que ya aparecían en el primer largo del director (la gran dama un tanto idealizada, la chica de otra clase social, planos fuera de contexto a contraluz…) y que provocan que la relación entre ambas no fluya con realismo y sí de forma impostada.

Siempre he pensado que acometer el guion y la realización de un film es algo muy complejo, se necesita la capacidad de decidir con frialdad, un punto de autocrítica y algo de suerte para elegir con acierto qué escena se da por válida y cual no. Y es que hay decisiones en el film que resultan una lacra para el ritmo narrativo y para la verosimilitud del vínculo y la convivencia de las intérpretes: silencios prolongados forzosamente que impiden que los sentimientos sean veraces y no sólo impuestos por el texto. Es como si el director tuviese una película “de autor” en mente y el resultado hubiese sido el contrario a base de esos frenazos de las talentosas reacciones orgánicas de las actrices. En La enfermedad del domingo se acaba confundiendo un ritmo lento con el relato tedioso, lo que, inequívocamente, influye negativamente en el desenlace del film. Sólo algunas secuencias, donde la entrega de las protagonistas lo es todo, salvan los muebles de una película que tenía potencial para haber funcionado mucho mejor.

Lo mejor: Bárbara Lennie, que parece no tener techo.

Lo peor: La poca naturalidad del conjunto.

Por Javier Gadea
@javigadea