A principios del siglo XXI Estados Unidos sufría las iras del terrorismo islámico cuado Al-Qaeda decidió que secuestrar aviones estaba pasado de moda, y que lo mejor era estrellarlos contra los símbolos e ilusiones de toda una nación. El famoso fin de la historia de Fukuyama se evaporó para imponer una nueva realidad que llevó a todos los involucrados al extremismo. Cuando el 11-S y las Torres Gemelas cayeron, HBO llevaba más de 2 meses emitiendo la primera temporada de una pequeña joya llamada a ser uno de los pilares básicos de la Nueva Televisión, un producto que creció a la sombra de sus hermanos mayores en peso (Los Soprano, 1999), y que anticipó la llegada de otro prodigio del guión como sería The Wire tan solo un año después. Estamos hablando de las aventuras y desventuras de la familia Fisher en A dos metros bajo tierra (Six feet under).

La serie, creada por el enfant terrible de la época, Alan Ball (American Beauty, True blood) narra las vivencias de (qué poco atinado decir vivencias cuando hablamos de muerte) los Fisher, una familia asentada en Los Ángeles, que regenta una funeraria. El destino, esa fantasía creada por el hombre y que tan presente estará en todo el desarrollo de la trama de A dos metros…, el destino, como decíamos, querrá que el mismo día en el que el hijo prodigo de la familia vuelva a casa por Navidad, su padre y responsable de la funeraria, pierda la vida en un accidente, que servirá para que Ball tenga uno de los arranques de serie más potentes que se recuerdan. Reunidos en torno a la desgracia, los cuatro miembros vivos de la familia harán frente a la nueva realidad, en una batalla de caracteres en la que cada uno de los roles genuinamente vinculados a la clase media occidental están representados.

Con una estructura que prácticamente se repite en cada episodio, Ball toma la muerte como hilo conductor de sus ocurrencias, en un manual de fallecimientos que van desde el básico de anciano encontrado sin vida en su cama, hasta episodios más rebuscados y, en su mayoría, cómicos. Estos decesos y su repercusión en el ánimo de los Fisher, es lo que hará que aparezcan los climax dramáticos made in HBO: dudas existenciales, religión, sexo, moral, e incluso la propia identidad estadounidense frente a un nuevo siglo global y ajeno a las tradiciones de la sangre.

LOS PERSONAJES

Teñida de un humor negro y socarrón, que con el paso de las temporadas irá torciendo la mueca, A dos metros… sirve de excusa para que cada personaje represente un estado vital diferente, que les llevará a un constante enfrentamiento en el seno mismo de la familia y sus relaciones con quienes les rodean: amantes, compañeros de trabajo, rivales y clientes.

El matrimonio Fisher, formado por Nathaniel y Ruth, sustento de los pilares del hogar, que se rompe desde el principio, y generará en unos hijos aun jóvenes la inquietud de verse responsables de su propia vida. Ruth, interpretado majestuosamente por Frances Conroy, se topará de frente con los problemas de los que llevaba huyendo toda su vida cuando Hathaniel (brillante como siempre Richard Jenkins) fallezca.

A sus pesares se unen sus tres hijos: el rebelde Nate (Peter Kause), que toda la vida ha procurado escapar del entorno de su hogar, y que ejercerá de cabeza visible de los Fisher ahora que papa ya no está. Su visión new age de la realidad y su estilo de vida liberal chocará frontalmente con los de sus hermanos David y Claire, que han vivido siempre al amparo de la funeraria. David (Michael C. Hall aka Dexter) es el clásico ejemplo de hijo obediente, superado por la autoridad paternal, que esconde su homosexualidad detrás de una apariencia profesional y ultrarreligiosa, que será fuente de cómicos (y a veces muy trágicos) acontecimientos; Claire, (Lauren Ambrose, a la que no hemos podido ver en muchos más papeles de importancia en su carrera) es la otra arista de un triangulo inestable, representando el aliento adolescente en una familia clásica.

© Home Box Office / The Greenblatt Janollari Studio / Actual Size Films / Actual Size Productions

© Home Box Office / The Greenblatt Janollari Studio / Actual Size Films / Actual Size Productions

A su alrededor comparten desdichas y alegrías toda una pléyade de secundarios que rinden al mismo nivel que los principales. La nueva novia del primogénito Nate, Brenda (Rachel Griffiths) una mujer de su tiempo, liberada e independiente, que se enfrentará al tradicionalismo de los Fisher, sin poder ocultar algunos trastornos del pasado que finalmente serán protagonistas en las relaciones de todos los personajes de la serie. Rico Díaz (Freddy Rodríguez) el empleado del emporio familiar, un pequeño genio del embalsamamiento, a quien las rencillas y particularidades de sus jefes afectarán directamente en su vida familiar. Y por último, Keith (Matthew St.Patrick), un policía de calle, amante y dolor de cabeza del reprimido David.

Con todos estos mimbres, A dos metros… va desarrollándose durante cinco temporadas, en las que la oscuridad va cerniéndose poco a poco sobre los Fisher, incorporando historias y nuevos personajes que no harán si no aumentar su inestabilidad emocional y el buen hacer de su negocio. Y si alguno tropieza con alguna piedra en el camino, ahí está el espíritu del viejo Nathaniel (que se aparecerá en forma de espectro fumador en prácticamente todos los episodios de la serie para aconsejar a los que fueron su familia) para enmendar la plana.

EL FAMOSO FINAL

Si bien A dos metros… tiene un recorrido irregular en cuanto a su calidad a lo largo de su duración (arranca con dos temporadas fenomenales, perdiendo un poco el rumbo en la tercera y la cuarta, retomando el pulso en la quinta y última), lo cierto es que la empatía e implicación que el espectador toma con sus caracteres, conlleva una adicción a sus vivencias que le otorga a sus creadores manga ancha para forzar los guiones hasta extremos en ocasiones inverosímiles (desde toda la relación desarrollada por Nate con Lisa en la tercera temporada, hasta episodios en los que psicopatía y el terror rompen con el clima habitual de la trama).

(Contiene spoilers)

Sin embargo, llegados al episodio final, en el que Nate ya no nos acompaña, y en la que el resto de la familia trata de situar su futuro, Ball y su equipo de guionistas expían todos sus posibles pecados, con un desenlace que para muchos está considerado el mejor de una serie en esta nueva época dorada de la televisión.

Con la familia rota por el fallecimiento de Nate, y con las posibilidades de una nueva vida que esta conlleva, los guionistas cierran cinco temporadas de brillante desarrollo contándonos todas y cada una de las muertes de los protagonistas de la serie en un flash forward delicioso, montado con mimo y buen gusto, encontrando un dudoso equilibrio entre las personalidades reveladas por los personajes a lo largo del tiempo, y el final que les espera años después. Una escena imprescindible, cargada de poesía e ironía, para la que es altamente recomendable tener una caja de pañuelos de papel a mano.

(Fin de los spoilers)

Una piedra más en el muro de calidad que ha creado HBO con sus ficciones, una pieza inmortal, que siempre será contemporánea en su visionado, ya que trata los temas que han preocupado al hombre permanentemente: la vida, la muerte y la felicidad.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader