Warner tiñe su logo de azul, fundido a negro y el inminente título: declaración de intenciones. No hay ninguna transición que suavice el primer plano de la película, repentina imagen en la que unas octavillas caen desde el cielo de Dunkerque castigando a los soldados con la información que contienen: “We surround you. Surrender + Survive!” (Os tenemos rodeados. Rendirse + sobrevivir). Un acelerado tic tac, leit motiv de la banda sonora compuesta por Hans Zimmer, marca el paso de lo que se convertirá en un asedio constante al ejército aliado. Cuatrocientos mil hombres atrapados en la playa de la pequeña ciudad de la alta Francia, a diez kilómetros de Bélgica, pueden no regresar a casa jamás.

Christopher Nolan lo tiene claro. No hay lugar para el drama excesivo, tampoco para el efectismo innecesario. Quiere relatar los acontecimientos atrapando al público desde el primer minuto, sumergiéndolo en la catástrofe, ahogándolo en las aguas del mar del Norte. Intenta no olvidar ningún frente, así que construye una especie de película coral donde todos apuntan a lo mismo, empezando por un Winston Churchill al que nunca veremos: hay que sacar de allí a los soldados británicos, franceses y belgas. De esta forma, Nolan consigue dos objetivos: por un lado, resultar ligeramente pedagógico con un planteamiento más “aséptico” de lo habitual en su filmografía; por otro, causar impacto, objetivo primordial de una historia sencilla aunque importante históricamente, rodada en espectaculares 70 mm e IMAX, y que tiene un precedente en la mediocre película del mismo título que dirigió el televisivo Leslie Norman en 1958.

En su afán por quitarle voz a los protagonistas de este rescate crucial, con la intención de darle mayor fuerza a la descripción de los hechos que sucedieron, el director de Origen (Inception, 2010) o Interstellar (2014) da a luz una película eficaz, tensa y virtuosa en su faceta técnica. El derroche de medios tiene un resultado irreprochable y Nolan apabulla con el aspecto visual del film, obviamente, el pilar de una película que se apoya en la espectacularidad de la mayoría de sus secuencias. Sin embargo, según el metraje avanza y también las pequeñas tramas alrededor del evento principal, comienza a hacerse patente una sensación de falta de corazón. Como las frías aguas del océano, tumba de miles de soldados aliados, el largometraje es poseedor de un gélido carácter que lo convierte más en una crónica vigente y enérgica, que en un nuevo referente dentro del género del siempre apasionante cine bélico. Puede parecer una contradicción, pero en Dunkerque existe un exceso de “ruido” en detrimento de un guion con sentimiento y personajes de un trazado menos grueso que, además, da lugar a paradojas como que la intención de Nolan sea ser fiel a la historia evitando el melodrama y la manipulación extradiegética y, sin embargo, las machaconas notas del músico Zimmer martilleen sin piedad al espectador durante los 107 minutos.

Como se ha repetido hasta la saciedad (por si fuese algo fuera de lo normal entre muchos de los cineastas de nuestros días), Christopher Nolan tuvo influencias concretas a la hora de rodar su película que él mismo había enumerado en varias ocasiones. Con el dudoso fin de aumentar el hype, se le ha dado a este hecho una trascendencia mayor de la necesaria, pues, en perspectiva y siendo comparada inevitablemente, parece jugar en contra del resultado global. Dunquerke es una buena película de género, una experiencia a través de la subjetividad implícita en la primera persona como punto de vista (somos un soldado en tierra, un piloto en el aire, o un viejo marinero en el mar), una frenética lucha por la supervivencia y otra demostración de poderío de su director, pero está lejos de la significación de sus propios referentes (Salvar al soldado Ryan, Sin novedad en el frente o La batalla de Argel) y no acaba de funcionar en su pretendida vertiente intimista. Es innegable, y de agradecer, una intención manifiesta de narrar estos hechos históricos con veracidad y verosimilitud, pero a Nolan le cuesta no ser un elefante en una cacharrería. Esta vez, el estruendo resulta diferente, pues no hay fantasía ni aventura con las que soñar. Nolan decide ser directo y frío, aunque el logro se queda a medias, como al parar la cuenta atrás.

Lo mejor: funciona como experiencia inmersiva, tiene cierto rigor y un despliegue espectacular.

Lo peor: pese a su esforzado reflejo de los acontecimientos, hay una carencia de carácter e identidad propia.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum