Los prejuicios son muy malos para la vida en general. Una mente abierta y dispuesta a aprender y disfrutar es siempre un punto a favor y, obviamente, también lo es cuando acudes al cine. Pero soy humana y confieso que cuando leí la sinopsis de El ataúd de cristal (2017) el resultado final me generaba muchas dudas. Me encantaría decir lo contrario, que me ha sorprendido o asustado, pero desgraciadamente no ha sido así. La historia podría resultar novedosa e incluso ingeniosa, pero la extrema vulgaridad del guion tira toda opción por tierra. Utiliza un lenguaje que pretende aportar realismo y crudeza a la película, pero resulta manido, de mal gusto y plagado de tópicos en un intento de mostrarnos la contemporaneidad de la historia.

Amanda (Paola Bontempi) es una reputada actriz que acude en una lujosa limusina a la gala donde se le concederá un premio por toda su trayectoria profesional. Pero de pronto, ese sofisticado vehículo se convertirá en una jaula de la que no podrá escapar ni sobrevivir a menos que obedezca las órdenes de una voz distorsionada que le irá indicando todo lo que debe hacer si no quiere morir.

Si bien es cierto que la historia posee cierto grado de singularidad, teniendo en cuenta la dificultad de que casi toda la película transcurra en una única localización, que todo el peso interpretativo recae en una sola actriz, o que hay un juego interesante al intentar comparar continuamente la limusina con un plató, el film falla por ese tono facilón y sin brillo que sobrevuela el producto durante todo su metraje, frustrándose el intento de crear un clima lo suficientemente angustioso para construir un thriller psicológico que funcione. Para intentarlo, se dan algunos planos interesantes: cabe destacar el trabajo de fotografía a cargo de Jon D. Domínguez.

En lo que a interpretaciones se refiere y salvando mucho las distancias, la protagonista nos recuerda físicamente a la soberbia Julianne Moore; en otra de las secuencias, mientras ésta se encuentra tendida en el suelo negro de la limusina, podría visualizarse a Nicole Kidman en Dogville (2003). Estas comparaciones son, ante todo, a nivel estético, no interpretativo. Con todo y con esto, el trabajo de Paola Bontempi no es desdeñable (no olvidamos el esfuerzo cuando su personaje se desdobla en las últimas escenas, en un intento de metáfora sobre la cara más amarga del oficio del actor o actriz y donde también podríamos destacar un buen ejercicio de caracterización), pero tampoco logra transmitir del todo la angustia y el horror que debería estar sintiendo, aunque debo reiterar que de eso es más culpable un guion muy poco trabajado.

Tras varios cortometrajes de género, la directora Haritz Zubillaga decide dar el paso con esta ópera prima, por lo que se eleva el margen de error al tratarse de un debut y el bajo presupuesto con el que contaba la película. En ese aspecto, se ha hecho un buen trabajo de fotografía y ambientación, aunque resulta muy monótono. Lamentablemente, la falta de ingenio y la pobreza del libreto acaban por cargarse definitivamente este intento de thriller psicológico.

Lo mejor: Un aceptable trabajo de fotografía.

Lo peor: La vulgaridad del guion y lo previsible de su desarrollo.

Por Adriana Díaz