En un momento en el que las comedias se caracterizan por guiones voraces, plagados de muestras constantes de sarcasmo, cinismo y escenas que se suceden de forma frenética, la directora francesa Lorraine Levy apuesta por una pieza de humor clásico, blanquecino y aparentemente inocente, donde sus personajes se presentan caricaturizados, exagerados y en unos preciosos parajes que incrementan esa sensación de candidez. Estos rasgos convierten el relato en una especie de cuento con sus respectivas moralejas.

Allá por los años cuarenta, Knock (Omar Sy, actor del que todos nos enamoramos un poquito a partir de su papel en Intocable), es un estafador que, por circunstancias de la vida, se convierte en médico. Tiempo después, llegará al pequeño pueblo de Saint-Maurice con un objetivo muy claro: hacerse rico a costa de la credulidad de sus habitantes. Todos caerán rendidos ante su carisma, porte y seguridad, y no dudarán en ponerse en sus manos para curar sus dolencias (sean reales o atribuidas por el convincente doctor). Su fama, estima e ingresos no pararán de crecer desde su llegada. Solo el cura del pueblo lo pondrá en entredicho, manifestando el choque aparentemente eterno entre ciencia y religión.

Sorprendentemente, es un giro dramático con tintes emocionales lo que transforma esta comedia, casi sainete, en una historia con sabor agridulce; el film muestra al doctor como un personaje bien dibujado, definido, apartado de las caricaturas que lo rodean. Así, la pieza crece en valor e interés y juega inteligentemente con el drama y la emoción en momentos precisos. En este sentido, cabe destacar el papel fundamental de Ana Girardot (Adèle). Su personaje, junto al de Omar Sy, también huye de la caricatura. Gracias a los dos, el público se dará cuenta de que está viendo un trabajo que va más allá, o al menos lo intenta, del humor simplemente amable.

Por otro lado, El doctor de la felicidad (adaptación libre de la novela Dr. Knock o el triunfo de la medicina, de Jules Romains, 1923) corre el riesgo de no alcanzar públicos masivos y posiblemente será tildada de aburrida o insulsa por algunos, sin embargo, queda claro que es una apuesta atrevida que trata de evitar de la comedia contemporánea menos trascendente. Aunque el humor resulte clásico y menos retorcido que el actual, no se deja, a través de estos intérpretes que rozan la pantomima, de percibir el cinismo, la hipocresía o el desconocimiento que caracterizan a gran parte de la sociedad de la época en la que se ambienta la película.

Aunque es posible que no trascienda en exceso (cuestión un tanto injusta), la película se convierte en un agradable paseo del que disfrutar gracias a las hermosas localizaciones, sus pintorescos personajes y un protagonista tremendamente carismático y convincente. Un paseo que se ve agradecidamente interrumpido por un trasfondo de crítica social y humana que, en su conjunto, emana todo el proyecto.

Lo mejor: Los mensajes que subyacen bajo una aparente comedia inocente.

Lo peor: Ese humor clásico y cándido hace que la película pierda gancho en algunos momentos.

Por Adriana Diaz.