Para que un concepto se mantenga vivo debe evolucionar. Su valor en el momento inicial se pierde con el tiempo, por lo que si sus fórmulas se mantienen inmutables su cuerpo queda vacío. Solamente si se transforma con nuevas aportaciones y perspectivas se puede actualizar su valor. Vivimos en una época en la que esa redundancia en la autoafirmación afecta a múltiples conceptos vinculados a nuestra realidad, por lo que a pesar de que en los medios de comunicación la presencia de estos sea extraordinariamente persistente, el sentido de su existencia se ve difuminado y el discurso a su alrededor, anulado.

Ante esta situación es de gran importancia que desde el territorio de un cine más o menos comercial El reverendo (First Reformed, 2017) aporte una perspectiva y una sensibilidad novedosa que permita refrescar y actualizar el pensamiento sobre la realidad que nos rodea, en este caso en relación a la problemática del cambio climático. Esta tarea se puede desempeñar desde distintos ámbitos. El reverendo lo hace desde el territorio de la espiritualidad, introduciéndose en una reflexión religiosa en torno a la posición existencial del ser humano ante un mundo en hundimiento como consecuencia de la acción de la sociedad, cuya posición impacta con la realidad indiferente que envuelve no solo a los personajes principales, sino a la misma película en el momento de su estreno.

Desde luego no se trata de una obra que tome una actitud activista o militante, pero Paul Schrader, como otros realizadores de su generación, trabajó ya en los años 70 desde una conexión con el contexto social de su época, y afortunadamente y al contrario que algunos de aquellos, no ha dejado de hacerlo. Por supuesto los universos humanos de las distintas películas manifiestan profundas transformaciones transcurridos cuatro decenios. Si el mundo que rodeaba a los protagonistas de películas como Taxi Driver (1976) o American Gigolo (1980) era un mundo dinámico, sujeto a impredecibles cambios y agitaciones, el mundo que envuelve al reverendo Toller es estático e indiferente, como también lo ha sido hasta ahora el mismo protagonista, motivo por el cual se ve abrumado por el descubrimiento de un oscuro futuro para el planeta. Y nuevamente, la actualidad y la urgencia del abismo que acecha ante el reverendo es tal que oscurece el visionado de la película casi tanto como la vida de aquel.

Es relevante que esta angustia e impotencia se despliegue en el fondo de una filosofía religiosa que queda fuera de nuestro pensamiento habitual y que no se suele conectar con fenómenos tan tratados desde la ciencia como es el que se introduce en la película. La espiritualidad en esta obra se conduce a través de la manifestación de unos movimientos interiores siempre presentes en los personajes en crisis que Schrader ha trabajado a lo largo de su carrera, pero hasta ahora de una manera sugerida. En El reverendo, los complejos pensamientos que revuelven a Ernst Toller se explicitan como reflexiones de una densidad a la que no estamos acostumbrados en salas comerciales, legitimadas aquellas como el seguimiento de un diario personal, y que mueven con gran intensidad el discurso filosófico de una película esencialmente contemplativa. De hecho, al mismo tiempo que envuelve la película en el pensamiento de Toller, Schrader busca introducir en su imagen una cualidad trascendental sobre la que él mismo escribió en 1972 su primera obra de relevancia en el campo de la crítica. Los planos de cerradas composiciones y estática posición privan a la mirada de los entretenimientos materiales que la imagen pudiera tener y permiten que, desde un estado de fijación, las transformaciones internas que viven tanto el reverendo como el discurso mismo de la película se hagan perceptibles. Es inquietante que una película con movimientos espirituales tan intensos solo nos ofrezca el pensarlos a través de las reflexiones verbalizadas, o percibirlos en el muy delicado tratamiento de la imagen, la narrativa y la interpretación, pero nunca verlos.

Sin embargo, aunque ciertamente es necesaria una gran habilidad para que un viaje de tanto alcance como el vivido en la película se materialice de una manera tan sutil, el efecto de inquietud ante transformaciones profundas que están teniendo lugar de manera oculta, invisible o latente, es presente solamente en momentos puntuales que se corresponden con los narrativamente significativos, pero no se sostiene a lo largo de toda la película, por lo que la rica y abrumadora fuerza sensorial que esta podría ejercer sobre el espectador, que además comparte el contexto social y ecológico con el reverendo, se ve estrechamente limitada.

© Killer Films / Arclight Films / Omeira Studio Partners

Por supuesto Schrader juega en su discurso con elementos tan dispares como el pensamiento más explícito y la sensación invisible, la emoción más cruda y la sencillez narrativa, y aspira con éxito a equilibrarlos de manera que el proceso del reverendo Toller resulte coherente. Sin embargo, el terreno en el que Schrader posiciona su película, relativamente convencional en comparación con algunos de los más significativos cineastas trascendentales, configura en el lenguaje de El reverendo un cierto carácter descriptivo y constructor de información dramática desde el que no se alcanza la profundidad espiritual que sí se puede percibir en ellos. Una narrativa más meditativa y visualmente centrada con la que ya han jugado otros cineastas de la periferia de Hollywood y que, por otra parte, se acerca a una estereotipación. Esta tendencia hacia una imagen transcendental institucionalizada es uno de los peligros a los que se enfrenta el equilibrio fílmico de la obra.

En cualquier caso, Schrader es un cineasta que trabaja habitual y conscientemente sus elementos sociales y espirituales desde ese mismo espacio y crea de forma coherente dramas sobre personajes conducidos hacia el abismo con una delicadeza natural, cotidiana y distendida muy propia de una aproximación al relato que casi constituye un formato personal, con su duración media de 110 minutos. Al mismo tiempo, al situarse en un territorio comercial vinculado a Hollywood y con carácter narrativo, consigue aportar a un cine cuyos códigos están en proceso de estancamiento y consiguiente pérdida de valor una profundidad, una sinceridad y un compromiso que pueden emocionar a cualquier persona entregada y atenta.

Lo mejor: Que desde el territorio de lo comercial se brinden nuevas perspectivas filosóficas para reflexionar sobre nuestra realidad presente.

Lo peor: La fijación a unos códigos narrativos impide a la película alcanzar el máximo despliegue de sus posibilidades sensoriales y espirituales.

Por Marc Pedrós