Que el documental está viviendo su edad de oro no es sólo una opinión, es un hecho constatado. El género con el que nació el cine ha creado subgéneros dentro de sí mismo: biografías, historia, naturaleza, denuncia, educativos y un largo etcétera.

En Las Estaciones nos encontramos con un documental que mezcla naturaleza con historia y ficción; es divulgativo y una obra cinematográfica realmente bella. Su sinopsis oficial nos dice que estamos ante un viaje a través del tiempo para redescubrir esos paisajes europeos que hemos compartido con animales salvajes desde la última Edad de Hielo. El invierno llevaba durando 80.000 años cuando, en un plazo de tiempo muy corto, surgió un bosque inmenso que cubrió todo el continente. La nueva configuración planetaria trajo una transformación; se estableció el ciclo de las estaciones. Esta aparentemente interminable etapa helada dio paso a exuberantes bosques verdes y el Homo Sapiens, que acababa de surgir, le dio la forma del campo que conocemos ahora.

Lo cierto que es que esa descripción no hace justicia a lo preciosista y hasta poética que es esta película, plagada de hipnóticas imágenes de montañas, lagos, bosques inmensos, y animales en su hábitat. Y es que no se trata de documental más de naturaleza, de esos que estamos acostumbrados a ver y cuya finalidad es, en muchas ocasiones, meramente educativa.

La cámara se convierte en un elemento más formando parte de las criaturas a las que vemos de cerca: desde el aire con las aves, a ras de suelo con los jabalíes o dentro de las madrigueras de los zorros. Con una increíble fotografía nos sumergimos en llanuras heladas, donde parece increíble que existiera y exista la vida; vemos caballos salvajes, osos, búhos, árboles que parecen no tener fin, y  los diferentes colores y texturas que se producen con el cambio de las estaciones. También destaca el uso del sonido: el que proviene de la propia naturaleza, el ruido provocado por los animales, el viento, la lluvia, los árboles… Es un mito eso de que sólo las ciudades son ruidosas. Por otro lado, aunque no se abusa de ella, la banda sonora hace mínima pero sutil presencia gracias al buen hacer de Bruno Coulais, responsable de la partitura de películas como Los mundos de Coraline (Henry Selick, 2009) o Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004) .  Por su parte, la voz sugerente de Elena Anaya que aparece por primera vez para abrir la cinta, después en un par de momentos más y para acabar cerrando el film, lleva implícito un mensaje de esperanza: el hombre todavía está a tiempo de salvar a la madre naturaleza.

© France 2 Cinéma / Galatée Films / Pandora Filmproduktion / Pathé

© France 2 Cinéma / Galatée Films / Pandora Filmproduktion / Pathé

Por el tema que trata, no lo podemos (o no lo debemos) poner a la altura de realizaciones tan excitantes y sugestivas como Searching for sugar man (Malik Bendjelloul, 2013) o Red Army (Gabe Polsky, 2014), por poner dos ejemplos de trabajos exitosos. Sin embargo, estamos ante una obra más emocionante de lo que muchos escépticos del cine documental puedan pensar y, aunque sin duda hará las delicias de los amantes de la naturaleza y los animales, también llegará al resto de público menos aficionado a esta, en apariencia, más manida temática. En Las estaciones, Jacques Perrin y Jacques Cluzaud, que no necesitan presentación tras sus dos anteriores y premiados documentales: su mirada se fue al cielo en Nómadas del viento (2001) y se sumergió en el mar en Océanos (2009), construyen un relato cuya narrativa utiliza elementos propios del cine de ficción para crear sensaciones de suspense, intriga o emoción, pudiendo incluso recordar al uso del lenguaje cinematográfico que hicieran en su día los grandes maestros del misterio.

Lo mejor: mostrar de una manera única la belleza de nuestro entorno y creer que podemos dejar de destruirlo.

Lo peor: que erróneamente parezca destinado solo al público aficionado al género documental.

Por Sandra Sedano
@ReggieHolly