En una de las primeras escenas de En realidad, nunca estuviste aquí (You were never really here, 2017) un Joaquin Phoenix en estado de gracia se tumba en el sofá de John Dorman para recibir los detalles de su próximo trabajo como matón a sueldo. Como espectadores, seguimos las indicaciones como si se tratara de una especie de convención entre espectador/ película, prestando atención a una escena expositiva sin demasiado interés con el único propósito de conseguir información sobre la trama ya que, aparentemente, estos detalles luego podrían ser relevantes. Sin embargo, mientras que el discurso sigue, la escena se comienza a romper en el momento en el que el protagonista agarra un puñado de caramelos y comienza a rebuscar entre ellos para encontrar uno de color verde. Cuando lo hace, lo aplasta creando una imagen hipnótica desde la perspectiva de Phoenix. Algo aturdidos por esta interrupción, volvemos a prestar atención al discurso, pero no somos incapaces de reengancharnos a él, ahora John Dorman está hablando sobre barcos. Emitimos un “¿qué?”; nosotros lo hacemos en nuestra cabeza, Joaquin Phoenix lo hace en voz alta.

Si hay alguna manera de describir En realidad, nunca estuviste aquí, sería con esta escena que se repite de una u otra forma durante toda la película, en la que la directora Lynne Ramsay (Tenemos que hablar de Kevin, Ratcatcher) realiza a la perfección algo que ya hizo en sus anteriores trabajos, desestructurando y mutilando espacios comunes a través de un ejercicio formal y sensorial  que utiliza lo epidérmico para llegar a territorios casi etéreos, dónde las subjetividades del espectador y el personaje protagonista se entrelazan en un ejercicio tan sutil como brutal. Ahora, el interés de En realidad, nunca estuviste aquí está en que la directora vuelve a hacerlo  dentro de los “límites” de un subgénero tan trillado y explorado como es el del thriller protagonizado por un antihéroe torturado que trata de redimirse. Esta deconstrucción no sólo se realiza a través de un guion (ganador en el Festival de Cannes) que toma varias derivas cuando es necesario pero que sabe mantener su coherencia a través de todo el metraje, sino que realmente destaca a través de las tergiversaciones de su propuesta formal y sensorial tanto en lo puramente visual como en lo sonoro (utilizando un diseño de sonido cuidado hasta el último detalle y la música saturada de un Johnny Greenwood pletórico). Situaciones vistas mil veces (tiroteos, peleas, flashbacks traumáticos…) se convierten en experiencias totalmente novedosas, dejándolas como visiones incompletas o fracturadas para convertir un relato aparentemente convencional en una especie de espejismo sensible a través de un manierismo que en muy pocos momentos roza lo excesivo o lo reiterativo.

Si el cine de Lynne Ramsay se ha articulado en torno a las heridas tanto físicas como mentales de un personaje y de cómo estas tienen un efecto en su subjetividad, parece que la directora escocesa es consciente de las heridas que preceden y condicionan su película, la sombra de Taxi Driver (1976), Oldboy (2003) o  Drive (2011)  persiguen a la película incluso desde su propia promoción. Es curioso ver cómo la única mención cinematográfica explícita y también sutil (ese cuadro de un pájaro detrás de Phoenix)  que se realiza en el film es algo tan aparentemente lejano como Psicosis (Psycho, 1960) como si Ramsay nos quisiera decir que la obra de Hitchcock tiene más en común con lo que estamos viendo (desestructuración del relato convencional, deconstrucción de la propuesta formal en escenas convencionales) que con sus supuestos predecesores espirituales de los que, precisamente, trata de desmarcarse pero con los que está unida irremediablemente.

El Taxi Driver del Siglo XXI”, reza una de las críticas que la promoción de la película ha decidido utilizar. Visto lo anteriormente dicho, parece que esté totalmente en contra de esta afirmación, sin embargo, si la obra de Martin Scorsese y el guion de Paul Schrader utilizaban en 1976 a un personaje torturado y una violencia explosiva para expresar la rabia contenida de una América que aún sufría la resaca de la guerra de Vietnam y el mandato de Nixon, En realidad, nunca estuviste aquí utiliza ahora un punto de partida y unos ingredientes similares para hablar de la era posmoderna, en que toda narrativa es cuestionada, dónde la subjetividad toma un papel fundamental y donde la masculinidad, la moralidad y las figuras arquetípicas se desintegran en un mundo que parece ir demasiado deprisa.

© Why Not Productions / Film4

A través de esta desarticulación, Ramsay acaba por descuadrarse de todo lo lo visto con anterioridad, y es que el título “En realidad, nunca estuviste aquí” parece una apelación directa al espectador, que trata de buscar nexos y agarrarse a obras o a situaciones ya conocidas para acabar dándose cuenta, totalmente desorientado,  que quizás lo mejor es abrirse a una obra totalmente subversiva pero igual (o incluso más) devastadora y visceral que otras aproximaciones al género.

Lo mejor: La subversión de los espacios comunes, no sólo desde la trama, sino desde lo puramente sensorial.

Lo peor: Un cierto subrayado cercano a lo convencional durante su tramo final.

Por Daniel Belenguer
@DeathSumer