Si hay algo que caracteriza a las grandes obras cinematográficas, y quizás en particular a aquellas que son más valientes (y diferentes) en sus propuestas, es esa habilidad para desarrollar una honestidad con ellas mismas que se traduce en una autoconsciencia que acaba por representar gran coherencia entre el fondo y la forma. La fábrica de nada (A fábrica de nada, 2017), película portuguesa premio FIPRESCI en la Quincena de los realizadores en el pasado Festival de Cannes y Giraldillo de Oro en el último Festival de Sevilla de Cine Europeo, parece representar a la perfección esa transparencia y esa capacidad de llevar hasta las últimas consecuencias un atrevido y particular tratamiento que conecta a las mil maravillas con la historia que quiere explicar.

Film inclasificable, incluso dentro de la etiqueta de híbrido entre ficción y documental, e inspirado en un acontecimiento verídico, narra la historia de un grupo de obreros que ocupan la fábrica dónde trabajan tras descubrir cómo una noche se intenta desmantelar la maquinaria de la empresa, que pretende empezar a liquidar los puestos de trabajo de todos sus empleados. Su director, Pedro Pinho, realiza su primera película en solitario con una madurez que se asemeja a la de un cineasta veterano ya consagrado; el despliegue narrativo y formal de la película parece una respuesta contundente a aquella pregunta que todos los estudiantes de cine y jóvenes directores han recibido alguna vez: “¿Y tú, qué quieres contar?”. Como si de una contestación rebelde se tratara -una que contiene mil y una variantes- La fábrica de nada replica con gracia, frescura y originalidad crecientes.

A lo largo de todo su metraje la película parece estar poseída por el espíritu de impotencia y necesidad de alternativa que atraviesa a Europa, y su propio desarrollo busca de forma insaciable aquél atisbo de esperanza que encarna a lo largo de la obra, de forma brillante, el joven actor protagonista José Smith Vargas.  Así, la película se desborda de forma constante a través de una multiplicidad de recursos abrumadora (que no excesiva): voz en off, entrevista, juegos metacinematográficos, secuencias de cine directo o sorprendentes recreaciones de ficción con los verdaderos obreros que protagonizaron el caso real.

Visiblemente desmarcada de la mayoría de aproximaciones tradicionales a una historia real de este calibre, y que en España recordará al documental Numax Presenta (1980) de Joaquim Jordà, La fábrica de nada parece simbolizar a la perfección aquella famosa frase de Jean-Luc Godard: “No basta sólo con hacer cine político, hay que hacer cine políticamente”. Esta premisa recorre todo el largometraje y alcanza la sublimación en el número musical que éste contiene y que, curiosamente, le ha valido la etiqueta de “musical” en numerosas páginas de cine. Algo que, conceptualmente, no deja de representar a la perfección lo que significa La fábrica de nada: un “musical de obreros” en cuánto a todas las ideas que estos representan y transmiten y, por encima de todo, un verdadero festín en lo que al lenguaje cinematográfico se refiere; siempre al servicio de la plasmación de su denuncia (no sólo en relación a la situación de emergencia en los países de la Europa del sur, sino también respecto a la falta de reacción de la izquierda tradicional y de sus diferentes postulados).

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En definitiva, entre ambas variantes: la de la crisis del sistema y la de la falta de alternativas reales que se lleven a cabo, se sitúa el filme del realizador portugués, que va rebotando de idea en idea sin asentarse nunca en ninguna y de forma muy inteligente. El relato crea de esta manera una empatía con todos aquellos que sufren en sus carnes la crueldad del capitalismo neoliberal y la falta de salidas en otra dirección, a la vez que desarrolla un autocuestionamiento respecto a las propias intenciones del film (que en ocasiones es incluso autoparodia). Así, la película acaba por derivar en una negación de cualquier forma de utopía posible. Por el camino, no obstante, La fábrica de nada ha demostrado la posibilidad de romper con el orden establecido.

Lo mejor: El constante juego metacinematográfico que hace que la película trascienda de forma asombrosa.

Lo peor: Que su valiente apuesta de infinitas variantes se entienda como reiteración de una misma idea.

Por Martí Soler Arce.