Un acierto. Fair Play (2014) parece, toda ella, un acierto. Ya desde el inicio, una primera escena que tan solo muestra a la protagonista haciendo footing, la película rezuma realismo. La secuencia, que está acompañada de una bellísima melodía y que a la postre concluirá en una muy destacable banda sonora a cargo de Miroslav Zbirka, ya deja entrever la calidad del film checo.

La película narra la historia de Anna (Judit Bárdos), una joven promesa del atletismo que se prepara para participar en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984. Vive con su madre Irena (Anna Geislerová), que también dedicó parte de su vida al deporte. Cuando las altas esferas descubren el talento de la chica, no dudan en incluirla en un proyecto de investigación de anabolizantes ilegales promovido por el estado. Las secuelas de ese producto, junto a la presión política, pronto empezarán a hacer mella. Al mismo tiempo que la joven atleta sufre los efectos de los anabolizantes y de sus durísimos entrenamientos, su madre se ve envuelta en un conflicto político que desembocará en un intrusismo total en la intimidad de su familia, así como devastadoras consecuencias que nos abren los ojos y nos muestran la dureza real de vivir sin libertad. Así, Fair Play se convierte en un largometraje de clara denuncia social contra un sistema dictatorial y opresivo, que poco a poco va ganando en suspense para acabar dándose la mano con el thriller.

Tan solo como concepto, tratar el tema de la censura y la falta de libertad en la República Checa junto al exigentísimo mundo del deporte de alta competición, con la presión y limitaciones que supone, parece un ejercicio arriesgado. El mundo político y el del deporte adquieren paralelismos muy interesantes que funcionan perfectamente en esta cinta que, en su conjunto, acaba por ejecutar un ejemplo de narración fluida y coherente. La película no descuida ningún detalle y en muchos momentos transcurre con una delicadeza exquisita: la banda sonora, las localizaciones, un gran trabajo de fotografía (obra de Baset Jan Strítezský), un guion muy trabajado y personajes bien dibujados, aportan su valor para que, en el caso de la protagonista y su madre, sus roles adquieran una profundidad que no necesita de largos diálogos ni puestas en escena melodramáticas; ambas actrices son cautivadoras y, en el caso de Judit Bárdos, su magnetismo con la cámara es del todo incuestionable.

Dirigido por Andrea Sedlácková, el largometraje es una buena muestra de cine independiente, en el que no son necesarias las grandilocuencias para brillar ni para mostrar la crudeza de vivir bajo un sistema dictatorial. La opresión, la tristeza y la falta de libertad se hacen evidentes a través de escenas cotidianas aunque la vida de Anna no sea la común de una chica de su edad. La primera parte de la cinta es propia del cine social más realista (y hasta cierto punto, costumbrista), pero cuando las tramas políticas van adquiriendo más peso, la tensión consigue acrecentarse y, sin perder ese trasfondo de crítica, crece el suspense y, en cierto modo, el largometraje se transforma y añade un plus de intriga muy de agradecer. La mutación de géneros funciona porque no se resienten los grados de realidad y sobriedad con los que se desarrolla toda la película; a tenor de esta virtud, la fuerza y personalidad de madre e hija consiguen dejar un leve sabor a esperanza dentro de ese sistema opresivo del que parece imposible escapar.

Puede verse en Filmin.

Por Adriana Díaz