A lo largo de su carrera Michael Moore ha utilizado frecuentemente el discurso ensayístico para acceder al entendimiento de mecanismos de la realidad política que normalmente permanecen ocultos a simple vista, desempeñando a menudo el papel del crítico suspicaz que saca a la luz de forma muy sencilla y evidente elementos que de otro modo no hubieran llamado la atención. Así, en Fahrenheit 11/9 (2018) el realizador norteamericano se plantea el mismo propósito a cuenta del ascenso al poder del presidente Donald Trump. En su análisis de la carrera política del magnate desde sus inicios como candidato surgido en la televisión hasta la presidencia, Moore alcanza en momentos estadios ensayísticos muy lúcidos en su incisión y análisis sobre el proceso de construcción mediática de la figura de Trump y la relación de la misma con el las estructuras de poder establecidas en los Estados Unidos en las últimas décadas, constituyendo una reflexión coherente y ávidamente conducida por un director que no renuncia a su habitual ironía y, en ocasiones, perversión.

Sin embargo, la cohesión del relato no solamente requiere ser capaz de conectar los distintos elementos del mismo, sino también fijarlos bajo el paraguas de un límite claro y consistente. En este sentido, Moore abre en su trabajo numerosos espacios de pensamiento, algunos de ellos de enorme peso histórico, en los que no se introduce con la determinación y el compromiso que sería exigible o que, en otros casos, simplemente no es capaz de cerrar. En su cosmovisión de la realidad política de su país, el realizador despliega en la pantalla un amplio espectro de hechos, eventos, reivindicaciones, que apuntan a un universo entero, pero que en realidad acaban representando una cosmología desbordada por la incapacidad de establecer en su discurso límites de carácter natural. Por ejemplo, las largas secuencias reivindicativas en las que Moore se acerca a distintos movimientos de protesta encabezados por estudiantes, profesores y candidatos políticos emergentes constituyen largas fugas que escapan de las líneas de pensamiento propuestas y desarrolladas al inicio de la película, y se relacionan con estas de una manera evidente pero en virtud únicamente del valor ideológico asignado  por el realizador, en detrimento de una evolución natural y fluida. De esta forma, las secuencias responden más a la necesidad de sentar una base optimista sobre la cual justificar discursivamente la alerta lanzada al final de la película, tan ávida e inteligentemente construida como militante y artificiosa.

El ensayo fílmico juega con las ideas como ningún otro acercamiento audiovisual, pues se caracteriza por una mirada objetivista hacia los eventos naturales e históricos propios de cualquier narración, pero filtrándolos por el pensamiento individual propio de una película autobiográfica, con lo que se sustenta en el delicado balance de exponer ideas personales sobre hechos fácticos. El peligro de este trabajo es que si en él se aporta demasiada atención a estos últimos el ensayo resulta irrelevante como tal, pero si se anteponen aquellas en demasiada medida la obra se vuelve autocomplaciente. En este sentido, Fahrenheit 11/9 corre el peligro de que la voz de Moore adquiera un carácter casi divino, dentro del cual sus propias fijaciones ideológicas desplieguen un universo suficientemente invasivo como para bloquear la vivacidad de las realidades que se intentan analizar, vivacidad a la que el realizador se entregó con enorme franqueza en Roger and Me (1989) y que en los últimos años ha vendido a sus furias personales. Si Donald Trump es una figura que polariza, más intensidad adquiere la película, pero también más delicadeza sería necesaria para ejecutar un trabajo como el aquí se propone, algo difícil de conseguir si las convicciones políticas se combinan con una espectacularidad tan cuestionada por la propia obra como presente en ella.

Lo mejor: La capacidad de Michael Moore para desarrollar discursos reflexivos ingeniosos, dinámicos e incluso irónicos.

Lo peor: Que el partidismo que adopta la película traicione la profundidad y la espontaneidad que podría alcanzar.

Por Marc Pedrós